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Cuaderno de viaje

El tren profundo

A las seis y media de la mañana, la ciudad de Huancavelica despierta. No por el canto de los gallos, sino por la bocina del Tren Macho que anuncia su partida hacia Huancayo.

Por José Santiago (Especial).

El sol se despereza y alumbra las vías. Los viajeros –muchos locales y algunos extranjeros– se acercan a la estación para iniciar la aventura por la sierra central de Perú. Ubicado en la vertiente oriental de la Cordillera de los Andes, este destino se distingue por la cultura que dejaron incas y españoles.

Al Tren Macho lo bautizaron así porque “salía cuando quería y llegaba cuando podía”, según explican quienes conocen la historia. En la actualidad la formación luce cuidada, aunque conserva cierta rusticidad. El 24 de octubre de 1296 se inauguró el ferrocarril Huancayo-Huancavelica y desde entonces, salvo por pausas de logística, recorre 128 kilómetros de montañas, ríos y pueblos. Pero, sobre todo, ejecuta una función social al integrar Huancavelica, región postergada por ausencia de confortables vías de comunicación, una geografía adversa y un pasado de sangre que dejó secuelas.

Un paisaje, muchos rostros

Con el tiempo, el tren ganó notoriedad y su atractivo turístico fue en aumento. Asomados a las ventanillas, los pasajeros fotografían los Andes y gozan de la riqueza paisajística. Entre flashes y ojos curiosos, van también un puñado de bostezos, aguayos cargados de mercadería y los rostros fatigados de quienes buscan ganarse el pan diario en agotadoras jornadas de trabajo.

A media mañana, el sol resplandece en los árboles. Laderas abajo, el murmullo del río Ichu acompaña la conversación de las personas y su apacible cauce. Después, la formación atraviesa el pueblito La Mejorada y los rieles se disponen a ir paralelo al río Mantaro, un elemento más de un cuadro que, visto desde lejos, parece pintado al óleo. Entre pendientes y bajadas breves, la locomotora escupe el humo denso hasta ganar velocidad, y el cielo se mancha con una nube negra. Otra vez el traqueteo de los vagones altera el silencio.

María mueve las manos con astucia. Sus dedos hilvanan agujas y el tejido para su nieto cobra forma. “Mientras se viaja, vamos adelantando trabajo”, comenta entre risas y toda la concentración se vuelve a posar en el futuro abrigo. A unos asientos de distancia, una señora balancea la cabeza. Quizás en su sueño aparezcan pesadillas de un tiempo oscuro, cuando entre los ’80 y el 2000 se desató un conflicto armado interno con la aparición del Partido Comunista del Perú (PCP) –Sendero Luminoso–,  que inició una “guerra popular” contra el Estado, el más violento en la historia del país. El PCP cometió delitos de lesa humanidad y fue responsable del 54% de víctimas fatales y desapariciones, según la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Además, la organización informó que Sendero Luminoso asesinó a 11.021 individuos y estuvo detrás de 1.543 desapariciones. Las víctimas, en su mayoría, fueron autoridades locales, dirigentes comunales, militantes de organizaciones políticas y campesinos. En total, en todo Perú murieron y desaparecieron alrededor de 68.280 personas.

Huancavelica olvidada

Durante el trayecto, el Macho atraviesa túneles, 15 puentes y hace paradas en las estaciones de Yauli, Acoria, La Mejorada, Izcuchaca y Tellería. Adentro, la capacidad es de 370 pasajeros, que pueden elegir entre la primera clase (1,30 dólares el pasaje) o el vagón bufet (2 dólares) con servicio de restaurante a bordo. Como la aventura se enriquece al experimentar costumbres culturales de la zona, probar la comida típica resulta imperdible. En las paradas trepan, como raíces surgidas desde la tierra, “seños” (así les dicen a las vendedoras) ofreciendo choclos con queso, bizcochuelos, chicharrones de pollo o chancho acompañados por cancha (maíz tostado) o mote. Mientras uno se acomoda en asientos de madera o caño metálico, algunos tapizados, el ambiente concentra diversos olores: fritura, polvo en suspensión, cuerpos sudados y mercadería fresca; todo removido por ráfagas de viento que se cuela en las ventanas.

Atrás queda Huancavelica, la tierra del “Perú profundo”. Aquí la gente se dedicada a la producción agropecuaria o la minería. El 95,1% de la población vive afectado por la pobreza y ocupa el último lugar en el índice de desarrollo humano de Perú. Según el censo de 2007, 18,9% de la población mayor de 15 años no tiene nivel educativo y 35,4% sólo alcanzó el primario. Y hay más: la tasa de analfabetismo es de 20,1%, incrementándose a 25% solamente en área rural. Pese al avance de la globalización, no olvidan sus costumbres ni su lengua: el 67% habla kichwa.

Afuera, surgen pueblos de pocos habitantes y silencio de sobra: Cuenca, Pilchaca, Mariscal Cáceres, Ñahuimpuquio y otros más que Google Maps no registra fácilmente. Pueblitos con una iglesia modesta, algunos perros, casas de barro con puertas descascaradas y carteles viales que alertan detenerse y prestar atención al paso del tren.

La travesía puede ser al revés: salir desde Huancayo hacia Huancavelica. Muchas personas –trabajadores, en su mayoría– lo utilizan como medio de transporte diario y duermen durante el trayecto para llegar descansados a sus compromisos. Y los que no dormitan aprovechan para conversar o jugar, como lo hace una niña con un mazo de cartas. Cada tanto espía por la ventana y vuelve a su juego. Allí busca una complicidad ingenua del azar, sin saber que después le tocará barajar en serio y la vida le repartirá cartas para vivir en su Perú profundo.

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