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El médico cordobés que aspira conquistar los picos más altos

El cordobés Claudio Gallardo aspira a conquistar los picos más altos de cada continente y los dos polos llevando el mensaje de Estrellas Amarillas en pos de la concientización vial.

Por Lucía Argüello (Especial).

Claudio Gallardo es un médico de 48 años cuya lucha por la vida excede el consultorio. La impactante visión del Aconcagua durante un viaje familiar a Chile en 2012 y, más tarde, la experiencia cercana de pacientes que habían perdido a un ser querido en las rutas, fueron el germen de un ambicioso proyecto por el cual este cordobés oriundo de Arias se propuso alcanzar la cima de las montañas más altas de cada continente (incluyendo los dos polos) llevando el mensaje de la campaña nacional Estrellas Amarillas por la prevención de siniestros viales.

En 2013 escaló el Aconcagua, el pico más elevado de América, y pronto le siguieron el Kilimanjaro (Tanzania) y el Denali/McKinley (Alaska). Este año retomó el desafío con el Elbrus, en Rusia, y de yapa incluyó el Eiger y el Cervino, dos picos enclavados en los Alpes que son considerados entre los más difíciles del mundo.

Sin embargo, para Claudio la cumbre no está en la cima de ninguna montaña sino en su casa, con su familia, desde donde avizora la próxima meta (la Pirámide de Carstensz) y relata los pormenores de esta gesta que no sólo enarbola la bandera de la vida sino también las de la aventura, la autosuperación y el encuentro con uno mismo.

-¿Cuál fue la montaña más difícil que escalaste hasta ahora?

-Físicamente, el Denali/McKinley, en Alaska. Hice el ascenso yo solo en seis días, pero mientras bajaba, cuando estaba a 12 kilómetros del campamento base, me agarró una tormenta y me enterró tres días y medio en la nieve. Encima, el Denali/McKinley está en pleno Ártico, es la montaña más fría del mundo (tiene 37 °C bajo cero de promedio) y yo había llevado una carpa ligera, de una sola tela, para reducir el peso del equipaje. Así que estuve tres días encerrado en la carpa sin poder avanzar porque no se veía nada. Salía solamente a sacar la nieve con una palita para que no me aplastara. Lo único que hacía era jugar con la bolsa de dormir, un aburrimiento terrible. Y ni te cuento lo que te trabaja la cabeza; pensás de todo.

-¿Y a nivel técnico?

-A nivel técnico la última, el Eiger, en cuanto a exposición y verticalidad fue la más difícil. Era escalada pura. Había lugares donde tenías que pasar por el filo de la montaña y no te entraban los dos pies juntos. En un momento la pared del risco hace un ángulo de 90° y tenía que pasar de un lado a otro a ciegas, con el vacío abajo. Y aparte, constantemente te caen rocas que se van desprendiendo desde arriba. Por eso la hice con un guía. También quise escalar el Cervino, pero tuve que descender antes de alcanzar la cima por las malas condiciones climáticas.

-¿Qué cumbre recomendarías para los principiantes?

-Creo que una montaña que se disfruta mucho es el Kilimanjaro, en Tanzania, porque no es muy exigente ni muy técnica. Es muy recomendable para gente con poca experiencia en el montañismo. Aparte es obligatorio ir con guías nativos del lugar, pero aun así no es una expedición cara (cuesta 3 mil dólares aproximadamente). El entorno es impresionante. Pasás por una zona de selva y formaciones muy raras de plantas autóctonas que por ahí le dan un aspecto lunático a la montaña. Arriba tenés glaciares (a pesar de estar casi en el Ecuador) y, por último, el cráter (porque el Kilimanjaro es un volcán), que pocos se esfuerzan por ver pero es increíble. Las culturas nativas también son algo digno de conocer. En África compartí un tiempo con las tribus masái y fue una experiencia muy enriquecedora. Y ni hablar de la diversidad de la fauna. He conocido 25 países y, si me preguntan a qué destino volvería, respondería que a África, porque es muy diferente a todo; la combinación de cultura y naturaleza es única. Es un continente místico, sorprendente, exuberante e inexplicable.

-¿Qué es lo que más disfrutás del montañismo?

-Estoy 14 horas por día trabajando, sentado en una silla. La montaña es un espacio que te permite encontrarte con vos mismo. Cuando estás solo a tanta altura, sentís que no sos nada ante la inmensidad y eso te enseña a valorar la vida. Aparte aprendés muchísimo: el montañismo es un conjunto de formaciones física, técnica, idiomática, cultural, geográfica, climática, etc. Hay que estudiar cada montaña porque cada una es distinta; es un aprendizaje permanente. Yo creo que viajar así, creciendo, aprendiendo, conociendo culturas y paisajes que nunca imaginaste, no tiene precio.

-¿Qué le dirías a alguien que quisiera emprender una travesía similar a la tuya?

-Primero, que tiene que estar muy decidido, porque esto no es una carrera; es mucho más. Es un desafío tanto físico como mental y espiritual. Hay que aprender muchas cosas, hay que saber evaluar cuándo subir, cuándo parar, cuándo bajar y, sobre todo, hay que saber esperar. Lo principal es siempre preservar la propia seguridad. Hay que tener paciencia y determinación. Con voluntad, se pueden lograr muchas cosas. Y sólo aquellos que se arriesgan a ir muy lejos sabrán cuán lejos pueden llegar.

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