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El formoseño que unió Argentina con Alaska en moto

Inquieto y carismático, Matías Hardy recorrió el país y después el continente sobre dos ruedas. “En estos viajes me desafío a mí mismo”, dice. Su próxima travesía: África.

Por Gabriela Sibilla (Especial).

Matías Hardy se salió del molde desde muy chico. Este rubio alto creció a orillas del Pilcomayo, en un pequeño pueblo de Formosa, entre mangos y mosquitos. Heredó la pasión de su padre por las motos y desde que tuvo equilibrio se movió en dos ruedas.

Polifacético y desopilante, aún no llega a los 40 pero ya fue modelo, actor, conductor de tele y orador, y estudió abogacía y sistemas. Tan inquieto como carismático, ha vivido muchas vidas y, por lo que cuenta, cae siempre bien parado. Un ejemplo de esto fue su rápida y cuasi milagrosa recuperación tras caer a un precipicio a finales del 2017.

Los desafíos de Matías van sumando kilómetros y dificultad. Aquel primer viaje por la ruta 40 resulta un paseo de fin de semana comparado con la travesía de unir América de sur a norte, objetivo que tuvo su broche de oro en 2016, cuando tomó su foto junto al cartel que reza “Welcome to Alaska”. Mientras prepara su próximo recorrido por África, hablamos con él y le hicimos 10 preguntas para conocer su historia.

–¿Cómo surge la idea de unir América de sur a norte en moto?

–A los 20 años hice un viaje de mochila por Brasil, Colombia y Venezuela, y en el camino me crucé con motoqueros que me inspiraron. Empecé a hablar con ellos –muchos venían incluso desde el Caribe andando–, me animaron y me hicieron ver que esta idea era posible. Así fue como convencí a un amigo, con quien ya había viajado por la ruta 40, para que se sumara. Que él accediera fue fundamental. Los dos necesitábamos un cambio, estábamos anestesiados con la rutina que teníamos y queríamos patear el tablero drásticamente. Comenzamos a armar la moto y a buscar recursos, gente que nos ayudara. Conseguimos auspicio de algunas empresas, que nos daban alojamiento y comida, y a cambio empezamos a pensar qué podíamos aportar con este viaje. Así surgió la idea de relevar el acceso al agua potable en las comunidades que visitáramos. Mi compañero de ruta es ingeniero hidráulico; el aportó su conocimiento y yo traducía esa información en imágenes para volverla más accesible. Todo lo que relevábamos se comunicaba a través de nuestra web de viaje. Acercábamos a las comunidades más necesitadas pipetas potabilizadoras que nos habían donado. Fue un trabajo en conjunto con quienes confiaron en nosotros.

–¿Cuál fue el lugar más bonito que encontraste en el camino?

–Es muy difícil decidirme por uno, hay muchos paisajes que jamás se borrarán de mi cabeza. Pero entre los más lindos destaco el Salto del Ángel en Venezuela, dentro del Parque Nacional Canaima. Es un lugar con mucha mística y acceder ahí es un desafío interesante. 

–¿Qué vas buscando en estos viajes?

–En estos viajes me desafío a mí mismo, a mi capacidad de adaptación y de despojo. Busco entender la complejidad de la vida y conectarme con las diferentes culturas sin prejuicios, entendiendo que hay tantas formas de vivir la vida como personas en este mundo. 

–¿Cuál fue la peor experiencia durante el viaje?

–A pocos meses de iniciar el viaje por América, cuando nos encontrábamos en el cruce de Bolivia y Brasil, tuve un accidente grave. Pasé la noche en un hospital y luego me trasladé a un convento de mojas que me adoptaron por unos días, me curaron y cuidaron mucho. Fue un momento bisagra en el viaje, debíamos decidir si continuar o no. Fue una situación difícil que supimos capitalizar.

–¿Cuál es el mejor recuerdo?

–Entre los mejores recuerdos destaco la sorpresa que nos daba cualquier mínimo detalle. Una noche podíamos estar durmiendo en una plaza y al día siguiente ser invitados a una fiesta lujosa, sin escalas. La predisposición y la apertura que te genera este tipo de viajes son increíbles.

–¿Qué diferencias encontrás entre hacer viajes en grupo y emprender viajes solitarios?

–Quizás el primer viaje sea recomendable hacerlo acompañado. Es un apoyo, las alegrías se multiplican, los obstáculos se minimizan. Pero viajar solo en moto es una experiencia única, es un verdadero viaje interior. Uno pasa varias horas arriba de la moto y por momentos parece que entramos en un estado de meditación dinámica. Es la mejor manera de descubrirse y conectarse con uno mismo y con lo que nos pasa.

–¿Qué es lo más lindo de viajar en moto?

–Lo más lindo es la sensación de sentirse libre. Para quienes, como yo, disfrutamos de manejar la moto, es un placer incomparable. Me conecta con el entorno; voy mirando el cielo, la ruta, tengo una visión panorámica de todo lo que pasa a mi alrededor. Eso no puedo conseguirlo con ningún otro medio. Me gusta sentir los cambios de temperatura en el cuerpo y los olores del camino.

–¿De qué se trata el próximo desafío por África?

–Este viaje lo vengo planeando desde 2012. Estaba previsto para iniciar en 2017, pero tuve un accidente muy importante hace unos meses y me fue imposible. Costó recuperarme, pero quedé con fuerzas para continuar con mi propósito. Iniciará en Sudáfrica y durante seis meses recorreré el continente por el lado este hasta llegar a Egipto. Luego cruzaré a Israel vía ferry para terminar en Italia. La moto me espera en Ciudad del Cabo, donde ya me contacté con gente del lugar que me ayudará a gestionar visas y papeles importantes. Llevo tecnología que me permite registrar toda la experiencia e incluirla luego en el documental que estoy preparando junto con el material del viaje por América. 

–¿Cómo se costean estos viajes?

–Generalmente trabajo duro los años previos a iniciar el viaje. Esos ahorros que puedo generar son la base para el comienzo. Durante el viaje soy austero, utilizo redes de viajeros como CouchSurfing y Motoclubes, realizo trabajos temporarios e intercambio comida o alojamiento por unas billeteras ecológicas que fabrico. Hay que tener confianza y creer en nuestras capacidades.

–¿Un consejo para quienes tienen ganas de hacer algo así y no se animan?

–Estoy convencido de que, cuando uno realmente quiere y desea algo, no para hasta conseguirlo. En mi caso, necesito escuchar a mi yo interior y dejarme fluir. Esto es algo que mucha gente no entiende. Pero en lo personal, si no arriesgo y salgo a conocer el mundo, mi vida pierde su esencia. En síntesis, si es realmente lo que querés, tarde o temprano vas a dar el paso.

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