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El cordobés que encontró el éxito a 200 metros de la cima del Everest

Ricardo Birn no se dejó intimidar por el gigante del Himalaya. Considera que el intento fue un aprendizaje y planifica una segunda vuelta a la montaña más alta del planeta.

Por Evelina Quinteros (Especial).

De las siete cumbres más altas de todos los continentes que este montañista cordobés se propuso alcanzar, ya tachó cinco. Cuando llegó la hora de subir al Everest, en la cordillera del Himalaya, el licenciado en educación física Ricardo Birn (49) decidió, tras una serie de complicaciones, que el éxito se encontraba a 200 metros de la cima. Hoy proyecta un nuevo viaje para completar la distancia faltante; esta vez, con un conocimiento mayor de la montaña.

-¿Qué significó la experiencia del Everest?

-Su significado se divide en dos partes. Por un lado, desde el punto de vista deportivo, subir el Everest es como ir a jugar el Mundial. Dentro del proyecto Siete Cumbres, en el que se trata de alcanzar los picos más altos de los siete continentes –con montañas de diferentes condiciones, características y dificultades–, Everest les gana a todos por su altitud, su dificultad técnica y lo que significa escalar un “ocho mil”. No por nada es la montaña más alta del planeta y el sueño de todo montañista. Por otro lado, en esta actividad deportiva no tenés rivales, árbitro ni reglas: es por eso que, desde la parte filosófica –la llamaría yo–, supone un aprendizaje mucho mayor que otras montañas. Allí estás casi dos meses en los que el estrés, la comunicación con vos mismo y la toma de decisiones se multiplican en relación con otros desafíos; y es donde terminás probándote y aprendiendo cosas que van mucho más allá de la performance deportiva.

-¿Cómo se planifica una travesía al “techo del mundo”?

-En mi caso, uno de los primeros pasos fue acumular varias experiencias de montaña para decir “estoy en condiciones de escalar el Everest y llevar a cabo esta meta”. En 2011, cuando ya había alcanzado dos cumbres del proyecto, me dirigí hasta el campo base para ir conociendo ese mundo, y volví teniendo en cuenta varias complicaciones. Una de ellas fue la cuestión económica. Sabía que, cuando llegara el día de conseguir “sponsoreo”, tendría que dejarla entre las últimas. Primero, para ir aprendiendo más a medida que escalaba otras montañas; y segundo, para ir sumando confianza en mí y en los sponsors que me podían ayudar económicamente. Fueron dos años de búsqueda de financiamiento, donde aparecieron instituciones fuertes como la Agencia Córdoba Joven y la Agencia Córdoba Deportes y otras empresas privadas que pudieron aportar equipos o materiales necesarios para la escalada. Además, la preparación física y emocional es importantísima. Un psicólogo deportivo, una nutricionista y un licenciado en educación física sistematizaron mi entrenamiento previo durante un año y reforzaron mi autoestima para tratar de conseguir ese objetivo.

-¿De qué manera se escala una montaña de tales dimensiones?

-Cuando llegás al pueblito de Lukla emprendés el recorrido hasta el campo base. Está a 5.300 metros de altura y es el lugar donde transcurrís la mayor parte del tiempo. Allí pasás una semana hasta que el cuerpo se acostumbra a otra altitud. Luego, los días se distribuyen entre el campo 1, 2,3 y 4, donde se va subiendo y bajando hasta el campo base para lograr una correcta aclimatación. Cuando la meteorología indica la fecha con menor rigurosidad climática, se sube hasta la cumbre. Hay muchos estilos para ascender: Everest, como muchas otras montañas, suele tener una ruta normal –que son las que elijo yo siempre–, y existen otros caminos pero con más dificultad técnica, menos concurrencia de gente y menos asistencia en logística.

-En esta aventura ¿cuáles fueron los principales personajes y escenarios que te acompañaron?  

-Sin duda, el campo base fue el lugar donde más tiempo transcurrimos. Es una “mini ciudad” donde conviven cerca de 2.000 personas de todo el mundo, que se arma a principios de marzo y se desarma a fines de mayo o principios de junio. Son casi dos kilómetros repletos de carpas (hay comedor, cocina, baños y ducha y una carpa individual para cada alpinista). En esta experiencia te acompañan los sherpas, que son los pobladores de la región que ayudan a cargar con el tubo de oxígeno, la carpa y los equipos; los porters, que transportan la mercadería junto a los yaks (una especie de toro con extenso pelaje); los cocineros y los kitchen boys, que ayudan a servir la comida. Además, estás rodeado de montañistas de todas las nacionalidades y casi siempre te topás con algún número uno de esta actividad a nivel internacional.

-¿Qué les aconsejarías a aquellos que desean tener una experiencia similar a la tuya?

-A los que se inician en esta actividad del montañismo: disfruten el proceso. Esto va desde el momento en que diseñan la logística y arman la mochila a todo el viaje y la expedición. Es importante que valoren los aprendizajes de cada aventura más allá de los resultados obtenidos y que respeten el lugar –cuidando el medio ambiente, provocando el menor impacto posible– y a los pobladores de la zona, su cultura y religión. Y, por último, que la pasión que los moviliza les permita soportar el esfuerzo que demanda cada ascenso. 

Segunda oportunidad 

Para completar la sexta cumbre de su proyecto, Ricardo Birn realizará otro intento en llegar a la cima del Everest entre abril y mayo de 2018. Esta expedición invita a amantes del trekking de montaña a sumarse junto con él en una travesía de 17 días para llegar al campo base y, para quienes lo deseen, escalar el monte Lobuche. Visitando Katmandú acompañado de un guía de habla hispana, se realizará un recorrido por la región, sus templos y lugares emblemáticos. Luego, en avioneta se llegará hasta Lukla, el primer pueblo donde comenzará el trayecto hacia la cordillera del Himalaya y al campo base, para luego emprender el regreso y continuar transitando por la capital nepalesa. En Facebook: 7 cumbres. Ricardo Birn. 

Rituales de montaña 

Antes de ascender al Everest se realiza la “puja”, una ceremonia con un lama o monje tibetano que bendice a los alpinistas, pide “permiso” a los dioses de las montañas para que permitan ser escaladas y solicita buen clima y un camino seguro. Consta de una parte espiritual y emotiva y al finalizar se convierte en una celebración donde se brinda y se llevan ofrendas de oraciones y alimentos para que la travesía sea un éxito. Ninguna expedición ni sherpa inicia la subida a esta montaña sin antes haber realizado la “puja”. 

Los costos 

Escalar el Everest tiene un valor promedio de 50 mil dólares, dependiendo de la agencia elegida. Las hay más costosas, con una mayor garantía en servicio (por ejemplo, la ventaja de contar con un guía profesional en todo el recorrido) a un valor de entre 60 mil y 70 mil dólares; y de bajo costo, como la que utilizó Ricardo, que le implicó valerse por sus propios medios a la hora de tomar decisiones. El dinero se divide entre el pago a los sherpas, implementos, permisos e impuestos gubernamentales de Nepal, entre otros gastos.

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