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En pareja

Dos cordobeses y una historia de amor con propuesta de matrimonio en París

Sonia y Osman se conocieron en la primaria. Después de algunas idas y vueltas, años de relación a la distancia, hijos y viajes de por medio, sellaron su historia de amor con una propuesta de matrimonio en el café de la película Amelie, en París.

Por Redacción Voy de Viaje.

Creen que aunque la vida los haga esperar, siempre los sorprende con momentos mágicos. Una historia de película que empezó en Córdoba y se selló del otro lado del charco. En primera persona, Osman Albang, uno de sus protagonistas, cuenta cómo llegaron a vivir uno de sus momentos más felices: 

“La vida tiene muchas vueltas, y es real que muchas veces, por más vueltas que uno da, el destino nos lleva a lugares donde ya estuvimos, y a gente con la que hemos compartido más de lo que creemos.

Nos conocimos cuando teníamos seis años en la primaria y compartimos siete años de nuestras vidas -para mí, de los más importantes-, donde uno conoce la esencia de las personas. Luego, en la secundaria, cada uno fue por caminos diferentes (como normalmente sucede), pero en la universidad nos cruzamos un par de veces. Ella termina su carrera, va a hacer un máster a España y ahí finalmente se queda a vivir.

Mi vida en Córdoba seguía su rumbo; tuve un hermoso hijo, y de esa manera, con miles de historias en paralelo, nuestras líneas seguían escribiéndose cada una en su libro.

Un buen año, red social de por medio, aquellos compañeritos de primaria se juntaron en un grupo con otros, para compartir recuerdos y una que otra juntada. Desde ya, Sonia por la distancia no estuvo en las juntadas, pero algo comenzó a despertarse desde el volver a sentirse cerca de alguna manera.

Asimismo, luego de un año en el que ocasionalmente nos escribíamos, al llegar diciembre -mes en el que ella viajaba a Córdoba a visitar su familia-, por primera vez en muchos años parecía que nos íbamos a ver.

Ella me escribe disculpándose porque en 40 minutos ya se iba de Córdoba. Estaba en casa de su mamá y a punto de salir; le pregunté si no tenía drama de que pasara a darle un abrazo y, si bien le pareció raro, me dijo que fuera.

Muchas cosas no sabíamos del otro: anécdotas, desamores, o que yo estaba en un momento delicado económicamente y justo ese día estaba mudándome, pero allá fui. Con los últimos pesos que tenía tomé un taxi, porque no me daban los tiempos, y en 20 minutos resumimos muchos años. Antes del abrazo, le pedí que cerrara sus ojos y que confiara en mí. Se llenó de dudas, pero lo hizo: tomé su mano, puse algo en ella y, cuando la abrió, me observó con desconcierto. '¡¿Un dedal?!', dijo ella. Sonreí y le dije: 'Es un beso de Peter Pan, es lo único que puedo darte para que te acompañe a donde vayas'.

Un año más pasó. Nos escribíamos, pero la distancia a veces hace que uno siga su vida en sentidos diferentes. Cuando ella vuelve, quedamos para tomar algo: aquel famoso 24 de diciembre de 2012, el día en que el mundo según algunos se terminaba, nuestra vida juntos comenzó. (He de confesar que nuestro aniversario es el 16 de diciembre, pero esa es parte de otra historia por contar).

No fue fácil tratar de pensar en una relación donde ella vivía en España y yo en Córdoba; yo con un hijo, distancias y demás. Pero algo había en claro, una sensación que nos llevaba a sentir que había mucho más por delante.

Ella se fue, estuvimos unos meses unidos por la tecnología y, con un gran esfuerzo y muchísima ayuda, viajé. Vivimos nuestra luna de miel de novios, y los planes siguieron creciendo. Había una idea de, según se pudiera, viajar de un país al otro hasta poder vivir juntos. De repente, todos los planes cambiaron; juntos regresamos a Córdoba al mes y medio por razones de salud de un familiar, y ella se quedó a vivir aquí.

Nuestra historia de amor, vestida de tantos colores, fue realzando sus matices, y así fue que buscamos a Felipe, nuestro 'poroto'.

De pronto, una gran amiga de ella nos invita a su casamiento en Sevilla y, locura de por medio, decidimos ir con nuestro bebé de cinco meses, aprovechando para visitar a sus amigos y dar algunas vueltas.

Pasamos por Estambul, una bella ciudad con personas grandiosas que nos recibieron muy bien y trataron a Feli como a un rey. Un mediodía, nos sentamos a almorzar en pleno centro histórico, frente a la mezquita Santa Sofía. Le pedí que cerrara los ojos y, para su asombro, al abrirlos había un dedal en su mano, que fugazmente logré ver en un bazar y conseguí sin que se diera cuenta. Sus sonrisas me llenan de felicidad.

Madrid nos abrazó con amigos y recuerdos. Fue cuando aterrizábamos en París que nos esperaba una barra de Toblerone con un vino blanco en el departamento. Dejamos las valijas y nos pusimos en marcha para caminar sus calles. Como ella conoce París, era la guía turística: hay tanto por ver y el tiempo siempre es tan poco. Así mismo, lo importante es sentirlo, vivirlo y contemplarlo.

Sus pérgolas prontamente nos estrecharon sus brazos; íbamos con nuestro pequeño Feli en cochecito por sus recovecos, museos, lugares emblemáticos, metros y colectivos. El primer lugar que quería conocer era el Café des Deux Moulins, nuestro mítico bar de la película Amelie (El fabuloso destino de Amélie Poulain), favorita de Sonia y una de mis preferidas. ¡Allá íbamos!

El sueño de estar en ese lugar tan romántico es indescriptible. Éramos parte de la película, parte de París, nuestras vidas e historia.

Pedimos crepes de Nutella con banana y un par de gaseosas. Charlábamos como si fuera nuestro bar habitual; ella me preguntaba por qué transpiraba tanto y yo sólo contaba lo emocionado que estaba. Comimos el manjar, sacamos muchas fotos y, una vez más, le pedí que cerrara los ojos… ella sonrió.

Me acerqué por un costado de la mesa, le tomé la mano y, con mi voz al oído y de rodilla, le pregunté si deseaba casarse conmigo. Al abrir los ojos, en lugar de un dedal, ella vio un par de anillos en su mano. Simplemente no lo podía creer, dijo '¡sí!'.

Ese día estaba impregnado de magia; visitamos el puente Pont des Arts, donde los enamorados dejan sus candados con sus nombres. Dejamos nuestro SooS (Sonia y Osman) para el infinito, e inclusive tuvimos la fortuna de leer en las nubes del Sena un corazón muy bien marcado. Cuando me preguntó cómo y cuándo sería la boda, le dije que mi idea era hacer algo tranquilo en Córdoba, para luego tratar de hacer algo en una playa, como ella siempre me contó que era su sueño.

A veces la vida nos sorprende, a veces nos hace esperar; pero siempre, siempre, hay momentos mágicos que nos suceden. Algunos llegan, a otros los creamos. Son parte de la maravilla cotidiana, de los sueños, de los deseos y destinos.

Finalmente, a nuestros 39 años nos casamos en diciembre del 2016, los cuatro vestidos de blanco. Mi hijo mayor nos entregó los anillos en una reunión muy emotiva y simple, entre gente querida. Hubo tenues luces y nuestro tema principal para bailar el vals fue La valse d’Amélie.

Habernos vestido de blanco no fue casualidad: si bien el vestido de novia fue sorpresa para mí, sabíamos que esos mismos trajes son los que vamos a usar los cuatro en pocos meses, cuando volvamos a casarnos este año en las playas de Valencia; pero también es otra historia más por contar acerca de nuestro de amor. La magia sigue sucediendo.

Te amo, Sonia.

Osman”.

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