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Playas

De postal: Playa del Carmen y Tulum

Playas, ruinas célebres, cavernas secretas y más. Un viaje para descubrir el varieté que ofrecen estos ya consagrados destinos mexicanos.

Por Pablo Bertorello (Especial).

“One, two, three, ¡now!”, dice un joven cuerpo a tierra empuñando una Canon. Clic. En el aire, cuatro afroamericanos quedan inmortalizados para decorar algún portarretrato de regreso a casa. Más allá, una pequeñita de un año y medio, portadora de unos ojos azules asesinos, corre a pura sonrisa encantada por el paisaje y luego se detiene a jugar con su balde en la arena. Clic. Por otro lado, tres europeas treintañeras se divierten con sus flotadores gigantes de animales mientras saborean unos mojitos y disparan infinidad de selfies. Clic.

Postales dispares, con viajeros de todas las edades, se diversifican en el ancho de Playacar, la zona hotelera de Playa del Carmen cercana al centro. Una especie de barrio privado donde los resorts de 4 y 5 estrellas conviven con casas residenciales y alojan a turistas que hablan varios idiomas.

DATOS ÚTILES. Información útil para enamorarse de Playa del Carmen y Tulum.

Hace unos 25 años, la ahora meca turística era un tranquilo pueblo de pescadores donde los viajeros abordaban las embarcaciones para ir a Cozumel, destino de buceo de fama internacional. Tanto creció que en 1993 se independizó y pasó a ser cabecera de un nuevo municipio. En 1992 tenía 10 mil habitantes; en 2003, eran 50 mil. Hoy superan los 200 mil. Además, con el tiempo, “Playa” se convirtió en un destino tan apreciado por los argentinos que desde hace varios años tienen su propia comunidad.

Pero no todo se limita a los all inclusive y la indiscutible belleza de un mar diáfano que también se puede disfrutar en las playas céntricas. En las cercanías, dentro del estado de Quintana Roo, también hay selva tropical, cenotes, manglares, ríos subterráneos, islas y ruinas mayas. Mucha, mucha atracción junta, agolpada en un litoral de 200 kilómetros. Por eso, alquilar un auto para ir y volver por la autopista, plagada de rinconcitos que se pueden explorar casi al azar es una excelente idea.

Y, como no puede ser de otra manera, mientras el día exige rutina de playa y relax, cuando cae el sol el movimiento se muda a la adoquinada Quinta Avenida, el corazón de la ciudad: una calle peatonal que corre paralela al mar, de unas 20 cuadras de extensión y a 200 metros de la costa. Sobre ella hay desde puestos callejeros hasta tiendas de marcas multinacionales de varios pisos, así como mucha oferta de suvenires, ropa, joyas, bebidas y comidas típicas para disfrutar al paso, en bares o restaurantes. Siempre hay música y buena onda. En la llamada “Vieja Quinta”, que son las primeras cuadras y más ruidosas, están las tiendas más populares; en la “Nueva Quinta”, el ambiente es más bohemio y tranquilo.

Hacia el otro poblado

Luego de un recargado desayuno con café, jugo, omelette y frutas, llega el momento de rumbear unos 60 kilómetros hacia el sur, a Tulum. Es un destino eco chic, sin alojamientos todo incluido ni shoppings. Es más: en la franja costera muchos hoteles racionan la electricidad, ya que tienen autosuministro.

Entre hospedajes boutique, posadas rústicas, exquisiteces locales, cenas con velas y lecturas de playas, transcurren las estadías en Tulum. La calle principal del pueblo, a unas 30 cuadras del mar, no es glamorosa, pero ofrece lo necesario: mercados, farmacias, bares y poco más.

Lo único masivo por aquí son las ruinas mayas, visitadas a diario por contingentes que llegan desde Cancún y Playa del Carmen. Menos espectaculares que las de Chichen Itzá, son famosas por estar frente al mar, aunque no son las únicas. Amén de cualquier comparación, en la entrada se puede contratar un guía para entender cómo funcionaba esta ciudad construida entre los años 900 y 1500. Ellos dan su versión de la cosmogonía maya y ayudan a ver los detalles: formas de serpientes en columnas, nichos con dioses grabados en las piedras y frisos con mascarones zoomorfos.

La foto que nunca falta es la del castillo principal, con sus doce metros de altura al borde de un acantilado. Entre casas, adoratorios y templos, en total hay doce construcciones y una muralla. Todo para ver sin tocar, bajo un sol que generalmente no perdona. La cereza del paseo es bajar a la playita y entrar al mar esmeralda y templado para, desde allí, contemplar las construcciones que asoman como vigías eternos.

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