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De las ruinas a la gloria

En mayo de 1945, Berlín era una gran ruina. La Potsdamer Platz desapareció bajo los intensos bombardeos aliados a causa de la proximidad del búnker de Hitler.

Por Redacción LAVOZ.

 

En mayo de 1945, Berlín era una gran ruina. La Potsdamer Platz desapareció bajo los intensos bombardeos aliados a causa de la proximidad del búnker de Hitler. Esta mañana el cartel indica el lugar en la intersección de In den Ministergärten y Gertrud-Kolmar-Straße.

“Lo vi cuando se encerró en su habitación”, dice Rochus Misch, el único sobreviviente del último refugio del dictador.

El panel indica el lugar, fren­te a un estacionamiento de un complejo edilicio, a metros de la Ópera de Berlín, de un spa tailandés y de un puesto de salchichas calientes. Se escucha el trino de los pájaros, pero las ramas negras de los árboles, blancos de nieve, están vacías.

A 300 metros, los rusos avanza­ban bajo la Puerta de Brandemburgo en llamas. Esa noche del 30 de abril, en una ceremonia discreta, Hitler se casó con Eva Braun. Horas más tarde, los esposos se suicidaron. Rochus Misch vio los cuerpos sin manchas de sangre antes de ser quemados. Misch pasó a las órdenes de Joseph Goebbels, el ministro de la Comunicación y fue testigo de cómo Marta Goebbels, la esposa del ministro, peinó a sus seis hijos, les dijo que irían a ver al tío Adolf y los envenenó.

Aquí, abajo, a ocho metros bajo tierra, detrás de las paredes del búnker de 2,5 metros de espesor, Rochus Misch vio el cuerpo inanimado de Hitler.

A 35 kilómetros al norte de Berlín, este mediodía frío, el campo de concentración de Sachsenhausen duele en el cuer­po de cada visitante.

Arbeit macht frei, se lee en la puerta de rejas de la entrada. Era la frase de bienvenida de todos los campos de concentración: “El trabajo libera”.

Sachsenhausen fue construido en 1936 por prisioneros trasladados de otros campos. Himmler, el más cruel de los jerarcas nazis, decía que ese espacio debía ser el prototipo, el modelo perfecto, de un campo moderno, ideal y extensible en cualquier momento.

Este campo se convirtió en una prisión de trabajo ejemplar donde hasta 1945 pasaron 220 mil personas de más de 20 nacionalidades. Aquí se encerraron y padecieron, gitanos, homosexuales, prisioneros políticos, alemanes y judíos, prisioneros de guerra. Aquí murieron miles de soldados soviéticos, masacrados en serie hasta que el campo se reconvirtió después de la guerra, capricho o justicia de la historia, en una prisión para los soldados nazis. Hubo más de 60 mil, algunos murieron desnutridos o por enfermedades aparejadas. El campo del terror funcionó hasta 1961, rodeado de alambres de púas y muros.

Estos muros, un día, empujaron los límites de la humanidad al precipicio en la llamada mansión de la conferencia de Wannsee. “La humanidad da un paso cada 700 años”, decía Hitler.

Ahora, el lago de Wannsee es líquido. Quedan unos pocos fragmentos congelados. Una pareja de patos se pasea hambrienta sobre el agua helada de color azul oscuro. Las hojas de los árboles se abren a la primavera. El jardín tiene los bordes recortados, dibujos versaillescos con sus proporciones obsesivas. El silencio es absoluto en este barrio residencial de mansiones seculares, en la periferia chic de Berlín, en Zehlendorfm, sudoeste de la capital.

De un ómnibus blanco bajan turistas alemanes de más de 70 años. Hombres y mujeres que eran adolescentes el día de ese invierno de 1942. Esa noche fatídica, en la suntuosa mansión, se decidió la solución final. Un grupo de altos funcionarios del Tercer Reich, comandados por Reinhard Heydrich, decidieron el plan de deportación y exterminio de los judíos de Europa.

En el salón se exponen los rostros de los autores intelectuales del holocausto. Hombres puros, ejemplares de la raza aria. Medían más de 1,85 metros, rubios, ojos azules. Sementales políticos capaces de engendrar bebés sanos y arios. El régimen aceptaba bajo esas condiciones la poligamia. Los hijos serían propiedad del Estado, de Hitler.

El informe de la reunión estuvo a cargo de Adolf Eichmann (1906-1962), el director de la SS, la seguridad del Reich y principal mentor de la solución final. Eichmann sería uno de los encargados y coordinadores de la deportación desde sus oficinas de la calle Kurfürstenstrasse 115/116, en el oeste de Berlín, donde hoy brilla el cabaré Kleine Nachtrevue.

Eichmann fue uno de los anfitriones de la conferencia de Wannsee. Integró en 1934 las SS; en 1945 fue arrestado pero escapó y en 1950 viajó a Italia, vía Austria, y se embarcó hacia Argentina, como muchos otros nazis. Se instaló en Buenos Aires bajo el nombre de Ricardo Klement. En 1954, Simon Wiesenthal, el célebre cazador de nazis, localizó e identificó a Eichmann en Buenos Aires.

En mayo de 1960, Eichemann fue capturado y secuestrado por el Mossad, el servicio de inteligencia israelí, en la famosa Operación Garibaldi. Fue sentenciado en un proceso televisado en Israel a la pena de muerte en 1961, y ejecutado el 1 de junio de 1962.

La suerte de los nazis fue diversa. Muchos vivieron, tal vez aún, prófugos en Argentina, Brasil o Paraguay, otros fueron capturados y muchos, liberados después de cumplir condenas.

Berlín, hoy, ocupa el tercer lugar de la capitales más visitadas de Europa, después de los clásicos del viejo continente: Londres y París. Berlín, hoy, es la capital del país más poderoso de la Unión Europea, a poco más de 20 años de la caída de un muro que desgarraba cualquier idea de futuro. Pasaría casi un siglo, sangriento, para revivir les années folles. Berlín, hoy, es libre.

 

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