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Cuaderno de viaje

Curaçao, un tesoro poco conocido en el Caribe

La isla reúne los ingredientes de las playas caribeñas perfectas, arquitectura holandesa y un idioma dulce como su gente.

Por Andrea Molina (Especial).

Queríamos viajar a una de las exquisitas playas que ofrece el Caribe, pero poder disfrutar también de una ciudad y de su cultura, lejos de lo que engloba la experiencia all inclusive habitual. Nos ofrecieron Curaçao.

Siempre pensé que Curaçao era sólo un licor azul, y que era brasilero. Googleé y me encontré con que se trataba de una isla que estaba bastante lejos de Brasil: más bien se ubicaba al norte de Venezuela.

Nos prometieron un mar paradisíaco y se quedaron cortos, porque reunía todos los ingredientes del mar caribeño perfecto: agua en perpetua y transparente calma, clima ideal y arena blanca. Sin embargo, el destino tenía muchísimo más para sorprendernos.

Explosión de color

Hoy, Curaçao es un territorio autónomo del reino de los Países Bajos, pero fue colonia española y holandesa, sufrió invasiones inglesas y recibió a una gran cantidad de inmigrantes judíos expulsados de Portugal y de Brasil. Esto, sumado a las poblaciones originarias que habitaban en el lugar y a la gran cantidad de esclavos provenientes de África, explica su rica y diversa cultura.

De su época de colonia holandesa, sin dudas lo que más se destaca son las construcciones, especialmente en la zona céntrica: podría verse como una versión libre de Ámsterdam en el Caribe. Suena extraño pero funciona muy bien en realidad, una arquitectura holandesa tropical.

Uno de los sellos característicos del Caribe es la explosión de colores que se ve en la comida, las flores, los paisajes y las vestimentas de la gente y, en eso, Curaçao no se queda atrás ni un poquito. 

En ese sentido, otro rasgo muy propio del lugar es que cada casa está pintada de un color distinto, nunca blanco. Cuentan que un antiguo gobernador holandés se quejaba de las fuertes jaquecas que le causaba el resplandor del sol en las paredes blancas y ordenó que todos pintaran sus casas de colores. Al fallecer descubrieron que, en realidad, era dueño de la fábrica de pinturas. Sea como fuere, la costumbre quedó arraigada, e incluso en algunos cementerios pintan la tumba del mismo color que la casa del fallecido.

En el centro de Curaçao también hay varias obras de arte urbano y puede resultar un juego entretenido salir a caminar e ir descubriéndolas. En pocas cuadras convive lo tradicional con lo más contemporáneo.

El centro

Willemstad es el centro de la ciudad y concentra bares, hosterías, boutiques y mercados. Esta parte está dividida por la bahía de Santa Ana y tiene un gran puente flotante que une Punda y Otrobanda. Cada área es bellísima para recorrer, pero quizás la mejor vista sea la que se obtiene desde el puente, hacia ambos lados. Varias veces al día, esta construcción se “abre” para dar paso a las embarcaciones y es todo un espectáculo. Existe un ferry que cruza de forma gratuita y resulta un lindo paseo sobre el agua.

Por otro lado, entrar al mercado es un revuelo para los sentidos por los colores y las variedades de las frutas tropicales que se ofrecen, los menús que venden, los artículos para el esoterismo que se pueden encontrar y también los suvenires tradicionales. Un verdadero cambalache, propio de su riqueza y heterogeneidad cultural.

Playas para todos

La isla tiene una superficie de 444 kilómetros cuadrados y gran parte del territorio es virgen y natural. Existen decenas de playas distintas para disfrutar, y muchas de ellas son públicas. Entre una y otra se deben recorrer algunos kilómetros y el paisaje sigue siendo sorprendente.

Se caracterizan por su diversidad: hay algunas con más vegetación, una es reconocida por un enorme cerro que la gente utiliza para tirarse al agua, otra es muy extensa y tiene arena blanca... en fin, hay para todos los gustos.

Llegar y ver el mar es impresionante, pero la experiencia con todas las letras empieza una vez que uno se sumerge en el agua. Ahí, la fiesta de colores continúa y es obligatorio llevar antiparras para apreciar la variedad de peces y corales. ¡Incluso es posible quedar metido en un cardumen!

“Bon bini”

Otra cosa que encanta de Curaçao es su idioma. No es español, holandés ni portugués pero tiene algo de cada uno de ellos. Se llama “papiamento” y lo comparte con las vecinas islas Aruba y Bonaire.

Cuentan que fue creado por los esclavos negros traídos de las colonias con el objetivo de que sus amos no los comprendieran. Su lengua es dulce como su gente: “Bon bini, dushi” (bienvenida, querida) es algo que escuchamos varias veces. Pero el idioma no es un problema en este lugar, ya que la mayoría de los curazoleños, además de papiamiento, habla holandés, inglés y español

En cuanto al licor, efectivamente es característico de la isla, ya que fue creado y se elabora en el lugar a partir de un destilado de cáscaras de naranjas amargas. Pero su color es variado, y se lo puede encontrar en azul, rojo, naranja o verde. Como todo en Curaçao.

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