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Ciudades

¿Cuál es el país más chico de Sudamérica?

Prácticamente inexplorado por los argentinos, este exterritorio holandés tiene mucho por descubrir. Diversidad cultural y religiosa e inmensas porciones de selva son sus señas de identidad.

Por Leandro Blanco Pighi (Especial).

El país más joven y pequeño de Sudamérica –se independizó de Holanda en 1975 y tiene unos 163.270 kilómetros cuadrados– es una de esas incógnitas del mapa que tienen mucho por contar.

Rodeadas de agua –el océano Atlántico y los ríos Marowijne y Nickerie envuelven al país–, sus fronteras se acotan por la presencia de la selva, al punto tal de que la mayoría de la población habita en el área costera, al norte de Surinam. En esa zona, Paramaribo, la capital, concentra a casi la mitad de sus habitantes.

DATOS ÚTILES. Información útil para visitar Surinam.

Mixtura cultural

Con los primeros pasos ya se hace notar la diversidad que habita en este pedacito sudamericano de clima tropical. Los autos andan por el lado izquierdo de las calles. El holandés predomina en todas las conversaciones, condimentadas con inglés y francés. El comercio, para no perder la costumbre, está invadido por migrantes chinos.

La arquitectura también forma parte de este cóctel. Predomina un estilo colonial exquisito, retazos que perduran del dominio holandés. El paisaje urbano está enmarcado con construcciones de madera de tres o más niveles, techo a dos aguas y paredes cubiertas de colores.

Libre culto

En el centro de Paramaribo se manifiesta una imagen peculiar. Sobre la calle Zwartenhovenbrug, el lente de la cámara capta lo que el mundo desea desde hace años y el alma aplaude. Una mezquita posa junto a una sinagoga a escasos metros de distancia. La Estrella de David saluda a los símbolos del islam sin inconvenientes. Es un ícono de tolerancia; un triunfo de los dioses.

Caminando por la ciudad también se pueden encontrar iglesias católicas y templos hindúes, como el Arya Dewaker, que se lleva todos los aplausos.

Paisajes exóticos

A pesar de su reducido tamaño, no alcanza un puñado de días para descubrir cada escondite surinamés. Las caminatas por los mercados municipales son un deleite. Frutas, colores, sabores y olores se mezclan generando un placer sensorial inigualable.

Imperdibles también son los atardeceres sobre el río Surinam. Desde el Fort Zeelandia (una fortaleza construida por los británicos en el siglo XVIII) se pueden absorber los últimos rayos de luz de cada día, mientras la vista se siente engalanada con el puente Jules Wijdenboschbrug de fondo.

Por otro lado, la paradisíaca playa Matapica, ubicada al este de Paramaribo, es de cita obligada. Así como también se puede visitar la Reserva Natural Galibi, donde –según la época del año– es posible ver tortugas marinas.

Y si de ser argentino en el mundo se trata, armar la ronda del mate en el parque Palmentium se convierte en una experiencia indispensable. Como su nombre lo dice, plagado de palmeras, este espacio invita a descansar los pies tras el recorrido por la ciudad.

Competencia de pájaros

Aunque el dato pueda resultar curioso, uno de los países que dice presente en Surinam es Indonesia. El flujo migratorio a este destino trajo consigo también las costumbres de pueblos lejanos.

Cada domingo, de seis a nueve de la mañana, se dan cita en la plaza principal de Paramaribo decenas de personas. Se disputan un trofeo. ¿El torneo? Canto de aves. El ganador –propietario de la mascota enjaulada que más y mejores sonidos emita– se lleva su respectivo premio a casa.

Surinam es un rincón de suelo americano pintado con colores de todo el globo que aguarda ser explorado. Habrá que sacar pasaje para develar sus misterios.

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