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Cuaderno de viaje

Cuaderno de Viajes: Una Cusqueña en la Plaza de Armas

Como en Jerusalén, Roma, México o El Cairo, en Cusco también el pasado forma parte esencial del presente.

Por Pablo Bertorello (Especial).

"No dejes de sentarte en la plaza a tomar una cerveza y contemplar el escenario”. Eso me dijo una libriana, sin preámbulos, apenas le conté que emprendía viaje hasta el Machu Picchu.

Llegué a Cusco (o Cuzco) en auto, previas noches en Purmamarca y Arequipa y luego de transitar, por Chile, un camino largo pero paisajísticamente apabullante. En realidad, fueron dos caminos del mismo calibre; porque el de regreso, por Bolivia, también me cautivó. Otro gancho al mentón para coleccionistas de imágenes y experiencias en tierras inhóspitas.

Poner pie en el ombligo del imperio inca del Tawantinsuyo, la capital del antiguo Perú, a 3.500 metros sobre el nivel del mar, es sentir cómo el aire se vacía de oxígeno y se carga de dioses, de pasiones y de resignaciones; y cómo, desde lo alto, apostado en la cima del cerro Pukamoqo, el Cristo observa todo.

Con idéntica idea, miles de turistas llegan cada año para recrear el trayecto que conduce a la ciudadela mística y comprobar cómo lo indio y lo español se funden mágicamente y dan paso, con el turismo, a las señas del mundo global. 

Allí, en la ciudad y en el mismo lugar donde hoy hay parejas que se besan junto a la fuente y artistas ambulantes que ofrecen por unos cuantos soles distintas pinturas, los españoles decapitaron a Tupac Amaru I y II, en 1572 y 1781, respectivamente. El último de estos fue un mestizo llamado José Gabriel Condorcanqui Noguera, quien encabezó la mayor rebelión indígena anticolonial de América.

Como en Jerusalén, Roma, México o El Cairo, por aquellos lados también el pasado forma parte esencial del presente. Y amén de ciertas precisiones, la concepción debiera acentuar con unanimidad que, aunque parte de la historia pueda quedar oculta bajo tierra –tal como ocurrió con los templos sobre los que se levantaron iglesias, palacios y casa señoriales–, no debe ni puede desconocerse e ignorarse.

En Cusco hay mucho por hacer, ver, sentir y descubrir, casi siempre rodeado de viajeros que llegan dispuestos a calzarse el poncho y el chullo (clásico gorro de lana con orejeras) para sentirse más a tono con las memorias, o en muchos casos –seguramente en la mayoría–, para figurar en las redes sociales.

Basta con andar y desandar sus adoquines para confirmar que ya casi no quedan tabernas rústicas, de fogón y de paredes tiznadas, en las que se comían los guisos populares más picantes y los parroquianos se emborrachaban con la brava chicha de maíz fermentado, como las que supo mencionar José Uriel García en su ensayo La caverna de la nacionalidad; pero sí hay “pizzerías, McDonald’s, restaurantes vegetarianos y comida fusión, y proliferan por doquier los modestos albergues para mochileros que vienen a darse un baño de espiritualidad bebiendo mates de coca (o masticándola)”, tal como señaló Mario Vargas Llosa.

Alrededor de ese nuevo y viejo mundo, más allá de una imponente edificación renacentista construida con bloques de piedra volcánica saqueados del templo de Saqsaywaman, hay una peatonal que corre entre muros incaicos y artesanos; y en la intersección con la calle Choquechaka es posible encontrarse con un reconocido café. Allí no se regala nada, pero siempre hay una larga fila porque los jóvenes extranjeros lo consideran uno de los mejores lugares para comer barato. También existe un barrio de artistas, con casitas coloniales y unas arterias tan angostas que obligan a los taxistas y a los peatones a turnarse en el recorrido, concierto de bocinazos mediante. Pero tolerar ese barullo tiene su premio al llegar a la plazoleta donde reposan los artesanos y ebanistas.

La lista de cosas es extensa y en sus alrededores se multiplica. Tan de relato y esencial es Cusco que hasta contempla siete calles particulares, cuyos nombres empiezan, precisamente, con ese número: Siete (Culebras, Ventanas, Angelitos, Diablitos, Borreguitos, Cuartones y Mascarones). Sin olvidar a los toritos de Pucará que posan sobre los techos de musleras.

Más allá de los gustos y atracciones particulares, es casi invariable que, mientras uno más se involucre con el punto geográfico donde nace el mando del sol, se acreciente la percepción de lo religioso y lo sagrado, que flota en el ambiente y que cada viajero debe vivenciar a su modo. Entre tanto y tanto, también es inevitable la puñalada al alma de muchos cusqueños, entrados en edad y con semblantes dolidos, que se sientan a esperar una limosna debajo de cualquier pórtico.

Estuve cinco días; conocí lo mencionado y muchísimo más. En todo momento los sentidos fueron cacheteados y quizá por eso es que conservo en el bolsillo de lo intangible uno de esos viajes que son para siempre.

Eso sí, el combo de lo conocido llegó después de hospedarme, caminar a paso flemático hasta la Plaza de Armas y tomar una Cusqueña bien fría, a tono con el efecto climático nocturno.

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