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Cuaderno de viaje

Cuaderno de Viaje: Viento, William Wallace, tartán y viento otra vez

La Ciudad vieja de Edimburgo reúne los elementos que todo el mundo identifica con Escocia.

Por Marcela Marbián (Especial).

Edimburgo es una ciudad bellísima. Lo digo yo, pero además –y esto es lo que cuenta– es una de las elegidas por el portal de viajes Rough Guide.

Se trata de un lugar donde el viento está siempre de temporada. Esos días, al parecer, fue especialmente intenso. Por eso, pensando en que no se disfrutaría como corresponde, los encargados del Castillo decidieron que durante esas jornadas la entrada al edificio sería libre.

La Ciudad vieja reúne, definitivamente, los elementos que todo el mundo identifica con Escocia. Yo fui cantando Mull of Kintyre en mi mente todo el tiempo, ya que, si bien el lugar al que se refiere la canción no está en Edimburgo, las gaitas, los peñascos y el hecho de saberme un poco la letra lo ameritó.

En esa zona de la capital escocesa, un gaitero ambulante se guarecía del vendaval debajo de un pórtico. Llevaba la vestimenta de rigor: kilt, medias tres cuartos con pompones y un pesado abrigo que se quitó mientras interpretaba el segundo tema. Amigo gaitero, sólo por hacer afinar ese trabajoso instrumento ya se merece unas libras.

Otra característica del lugar son los estampados a cuadros, que se llevan todo el protagonismo. En verde y negro o en rojo y negro, aparecen en todo lo que uno se pueda imaginar: vestimenta, calzado, boinas, lencería erótica, capotes para animales y un sinfín de etcéteras.

En ese punto reparé en que, al visitar un lugar tan bello, cada vez que levantaba la vista me decía: “¡Qué lindo es!”. Y parece que, en mi caso, lo expresaba en voz alta: mi acompañante me lo escuchó decir a razón de cinco veces por día.

Y es que por aquí la gente es muy amable, y una gran parte de los pobladores tienen ese porte pétreo que recuerda a William Wallace. Es su máximo héroe, el que dirigió al país contra la ocupación inglesa. Dato: Wikipedia, dentro de sus páginas de búsqueda, incluye la llamada “Anglofobia”, donde enumera a los países que la sienten y explica el por qué. Dentro de esa lista figura Escocia.

Ciudad integradora

Para los escoceses, la guerra es cosa seria: ubicado en el Castillo de Edimburgo, el Museo Nacional de la Guerra de Escocia hace un repaso por los más de 400 años de historia militar del país. Pero, contrariamente al belicismo, Edimburgo es una ciudad integradora en todo el sentido de la palabra. Eso genera un bienestar esperanzador, o al menos eso fue lo que sentí.

Además, debido al bajo porcentual de natalidad y al aumento de la esperanza de vida, es común ver a varones y a mujeres que aún trabajan aunque sobrepasen la edad jubilatoria. Hay adultos mayores manejando colectivos o atendiendo las cajas en supermercados, y de más está decir que realizan sus tareas excelentemente.

Esta adaptación no se da sólo a nivel etario; se puede ver a jovencitas conduciendo mulas por los salones repositores y a jovencitos sugiriendo vestimenta en las tiendas de ropa. Y todo bien. Porque está bien.

Dardos y cervezas

Con la inquietud eterna de meternos en las entrañas de los lugares, buscamos algún pub de esos que el turista promedio no elegiría. La aplicación Foursquare nos llevó a uno que, a decir verdad, no era de lo más glamoroso, y no tenía nada de lo que ofrecían en la página.

Había un grupo de varones gritones, nada para comer y, eso sí, vasos de a metro con una cerveza de esas que provocan alegría de vivir. Allí se nos acercó Struma, una sesentona con nombre y estómago potente que, después de abrazarme y bendecir mi condición de madre, se quejó del lugar donde le había tocado nacer y del que ya no podía irse.

Mientras, el encargado del bar desplegaba una pantalla gigante a la que los parroquianos iban acercándose. ¿Veremos fútbol, rugby? ¿Tal vez un recital? Nada de eso. Lo que apareció en pantalla fue un torneo de dardos. Disculpe, Struma, pero debemos ir a comer algo.

Edimburgo es bello con ganas. Con su viento castigador, sus santos bebedores, las gaitas por monedas, el tartán por doquier y los torneos de dardos.

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