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Cuaderno de viaje

Cuaderno de viaje: Una lupa sobre el Brasil profundo

Otra mirada sobre Brasil, un lugar que es algo más que Carnavales y caipirinhas. Alagoas muestra el costado pacifico de estas latitudes, propio de una tierra de pescadores. 

Por Catalina Bonacossa.

El surco de una gota transparente dibuja el vidrio de la Trafic blanca que nos lleva de Maceió a San Miguel de los Milagros. Entre curva y curva esquiva gotas más pequeñas y me deja ver el paisaje desbordante del norte de Brasil. Allí, entre el verde intenso, aparece una pequeña comunidad, donde el tiempo parece tener otra medida, otro ritmo. Las mujeres están en la puerta de sus casas quietas, como si en vez de personas fueran estatuas a las que la humedad del lugar les surcó las arrugas y les anudó un pañuelo en la cabeza. 

La furia de la globalización se frenó en algún sector de la ruta que aún no puedo reconocer. Tal vez, se asustó ante la fortaleza blindada de palmeras y arbustos o, quizás, no pudo entrar porque simplemente aquí el paisaje vale mucho más de lo que se puede ver en un plasma de 50 pulgadas 4k. Es que por estas latitudes se acostumbra a que haya un televisor en una plaza y que la comunidad se acerque a la tarde a ver todos juntos un programa. 

Mientras tanto, durante el día, pescan, tejen y esperan. Supongo que ven ir y venir a estas camionetas blancas cargadas de turistas bañados en HawaiianTropic ansiosos por disfrutar del mar, de la arena y del sol que ellos tienen todos los días y que ya debe formar parte de su rutina diaria. 

El latir del Brasil profundo

Aquí todo va en cámara lenta, en slow motion. Hasta la pequeña gota calma su andar. La Trafic avanza por los callejones finitos y pienso que la tierra madre de Pelé y de Neymar es algo más que carnaval. Al menos, en el litoral de Alagoas, se puede ver a esos vestigios culturales de las familias de pescadores que cultivaron durante siglos el arte de la paciencia, de la espera. Y aunque resulte increíble, ese latir del Brasil profundo se puede ver a tan sólo media hora de una gran ciudad turística como Maceió. Ese híbrido cultural que resulta ser Alagoas es, simplemente, alucinante. 

En media hora, uno puede ver desde un all inclusive hasta una posada y en el medio, comunidades que viven de otra forma, alejadas del brillo y de la luz de las megaciudades. Me pregunto quién quiere más cuando tiene semejante calma para alimentar el alma. 

El camino se abre y se pueden ver algunos cuerpos flacos como alfileres, que vagan en cuero o mallas. Realmente no hace falta nada más para ser feliz. 

A la Trafic la pasan motos que, a medida que avanzan, esquivan algunos pollos que comen cerca de la ruta. En 25 años, nunca me senté en la vereda de mi casa a mirar los perros andar, a ver la gente pasar. Pienso que nunca frené y que, tal vez, podría ser feliz sin mi celular, sin mi televisor, si tuviera un lugar como éste de patio. Entonces, empiezo a valorar la pausa, el stop de los habitantes de esta tierra virgen. 

Escucho la voz en off del guía y, a medida que avanzamos, solamente puedo pensar que ojalá esto se mantenga así, a cámara lenta. Que nunca los invada a estos extraños seres en constante quietud la voracidad que impulsa la modernidad. Que el verde siga siendo verde y que el mar siga siendo transparente. Que los lugareños sigan desbordando calma, incluso cuando algún turista venga con aires de conquistador y les insista para que traigan su menú más rápido. 

Despacito

En un momento, me da miedo, incluso, la presencia de esta Trafic en el sendero. Me pregunto si estaremos invadiendo la meca de la paz. Creo que hasta el sonido de los pájaros puede llegar a ser invasivo para un lugar tan sereno como este. 

Dicen que Alagoas es tierra de “ta-lentos”, así separado, porque la gente es de andar despacio. Y aunque parezca un chiste, déjenme decirles que está basado en hechos reales. El lugar es ideal para aquellos que vivimos con ansiedad y hacemos cualquier cosa por tomar una bocanada de aire que nos inunde de esa idea posmoderna del “aquí y ahora”.

La gota continúa su recorrido hasta el final de la ventana y el sol comienza a aparecer entre las nubes de Alagoas. Los rayos colorean las casitas, y algunos cuerpos que estaban en pausa comienzan a mover ciertos músculos de la cara, de las manos.

El haz de luz hace arder el agua que estaba sobre la calzada de la ruta y el vapor comienza a inundar la geografía. Pienso mi última hipótesis sobre Alagoas: aquí, la velocidad no se mide, no es necesario, pues la paz es reina y señora en este paraje. 

Creo que hay dos caminos: o te amansa el paisaje o te doma la calma de sus habitantes. 

Y eso, para los que buscamos descansar durante las vacaciones, es francamente exquisito. 

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