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Cuaderno de viaje

Cuaderno de Viaje: Un show de Broadway, un viaje de ida

Cómo se vive una obra en el mágico mundo teatral de Nueva York, contado por un “primerizo” en este tipo de experiencias.

Por Sebastián Roggero (Especial).

Aviso: a esta nota la escribe un periodista deportivo cuya única idea de show se relaciona con el programa de Tinelli.

El folleto dice “You change the world when you change your mind”. Y si bien la frase es fácil de entender (“cambiás el mundo cuando cambiás tu mente”), en la puerta del teatro nadie dimensiona cómo ese mensaje terminará clavado en el alma a la salida del recinto, casi dos horas después. Son las 20 del 12 de octubre de 2016 y la fila en la puerta del teatro Al Hirschfeld, de la calle 47, casi avenida 8, muestra la cara de feligreses que creen que van a presenciar algo “milagroso”, “eso” que alguien les recomendó que fueran a ver con fe. Porque ir a un show de Broadway es una experiencia única que hay que vivir en una ciudad igual de única: Nueva York.

El boletero recibe a los afortunados en tener entradas (no son baratas) y los saluda como si les estuviera abriendo las puertas de la habitación presidencial del hotel más caro de Manhattan. La alfombra roja y la armonía de cuadros (que parecen ser arte de alta gama) le dan a la antesala del teatro una marca de glamour y excelencia. O algo así es lo que piensa quien está acostumbrado a ver “paisajes teatrales” más llanos, de esos con mesas pintadas con marcas de cervecerías y un escenario bajito de cemento en el que algún que otro valiente hace su actuación de stand up a puro remo.

Como en los cines de otros tiempos, todos son acompañados a sus butacas y reciben con voz de mayordomo el saludo “sir” o “miss” por parte del acomodador, que extiende la mano en forma de veneración como la que recibe un rey en las películas de temática medieval.

Caen las luces y un actor que está lejos de la estética del galán hollywoodense (entrado en kilos, pero también en empatía) hace un “sketch” de mimo tan sublime que queda claro que hay que apagar el celular. Dejarlo en vibrador sería una falta de respeto para el acto de un minuto y pico que regala ese crack.

Y arranca la música, envolvente como la de un recital. Y arrancan los bailarines y bailarinas, con contorsiones y firuletes armoniosos, cautivantes, asombrosos y varios adjetivos más que podrían rellenar el resto del párrafo. Y, aunque haría mucho más abundante la descripción, esa montaña de palabras cumpliría un acto de justicia al elogiar la obra.

Ahora sí canta un galán de los de novela, de los que tienen onda. Retumban aplausos y algunos “ohhh” de señoras paquetas que miran el show luciendo las maneras de esas mujeres que tomaban el té en la película Titanic.

Todo impacta; todo lo que sale del escenario cautiva. Las luces, los diálogos, la escenografía… todos son balazos que perforan la resistencia de quien se niega a creer en el milagro del teatro y su poder de conquista. Todo “es poco” hasta que aparece un artista de piel negra, el gran protagonista de la historia. El tipo es Messi en la Champions, está en estado de gracia y de gracias, parece pleno en el papel, nacido para cantar la canción Sex is in the heel (¡busquenlá en Youtube!).

Y ya nada es igual luego de este Messi en acción en el escenario, que tiene un rostro con facciones similares a las de Eddy Murphy (y también su gracia). Después de él, todo en la obra es un volar de los sentidos. Hasta el final de la historia, que está basada en hechos reales, se pone cada vez mejor. Sin “spoilear”, basta con decir que se trata de un niño que quería ser bailarín y un niño que no quería ser zapatero. Ambos terminan haciéndose felices mutuamente: uno disfrutando de lo que siempre quiso ser y el otro, de lo que nunca quiso.

La obra se llama Kinky Boots y, después de la marca que nos dejó a todos en el teatro, fue imposible no googlearla para saber más de ella y de sus actores. Ganó varios premios y es una de las más galardonadas en el Mundo Broadway (espectacular zona de teatros en el Midtown de Manhattan). El actor que la rompe toda, que provoca que se lastimen las palmas para felicitarlo con aplausos, se llama Stephane Duret. 

“You change the world when you change your mind”, es el mensaje del folleto, que luego de la velada ya tiene otro valor en cualquier humano que la haya visto. Ya impactó, aunque en realidad es Kinky Boots lo que cambia el mundo de las personas porque cambia su manera de pensar. Por eso, la gente sale del teatro eufórica, como cuando los hinchas del fútbol dejan una cancha después de ganar 1-0 con un gol sobre la hora.

Claro que, después de la obra, ninguno de los asistentes irá a dormir. Están en Nueva York, la ciudad que nunca duerme.

*Aviso: el periodista deportivo se enamoró del teatro y entendió que Tinelli no es show. Show es lo que vio en Broadway.

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