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Cuaderno de viaje

Cuaderno de viaje: Turísticamente correctos

Está de moda asociar el término “viaje” con las palabras “experiencia o “descubrimiento” pero, más temprano que tarde, nos descubrimos haciendo las mismas cosas en distintos lugares.

Por Gastón Ribba (Especial).

Las palabras también envejecen. El término “moda” alguna vez fue sinónimo de tendencia, estilo y sus correspondientes en inglés, francés o italiano con los que hoy se construyen etiquetas con numerales.

La moda es en realidad un concepto estadístico. Es el que expresa un dato con frecuencia máxima absoluta en una medición. Cuando dos datos se repiten en estas condiciones se crea un intervalo modal, un valle de altura entre dos cerros en términos geográficos. Esto ya nos acerca a una postal turística. O a un retrato robot, como gustan decir los sociólogos y los periodistas. Cuando tres o más datos vibran con igual intensidad, el valle se transforma en una meseta y los matemáticos dictaminan la extinción de la moda.

El lector se pregunta hacia dónde vamos y hace bien. Viajar está de moda. Si el deseo de trasladarse se toma como dato, hará un pico en cualquier medición motivacional. Cuando uno abre ese parámetro, puede encontrar distintas modas y ahí es cuando la montaña se abre en vallecitos hasta aplanarse. Porque las motivaciones que nos llevan a otros lugares son básicamente las mismas. Eso se observa con claridad en las métricas de las redes sociales y se expresa a través de las imágenes y los textos que producimos a partir de cada viaje. Sin distinción entre viajeros vocacionales o profesionales.

Este texto invita a reflexionar sobre las trampas de la razón. Un tal Spinoza dijo alguna vez que las cosas no nos parecen lindas porque son buenas sino que se nos antojan positivas porque nos gustan. Y parece que nos gustaran siempre las mismas cosas. Es posible realizar operaciones matemáticas entre colores. Azul índigo más blanco es igual a Grecia. Turquesa más blanco da como resultado Islas Turcas y Caicos o Cayo Guillermo. La misma paleta de colores de los macarons que se sirven en los cafés de diseño se replica en la indumentaria para deportes de montaña y en los espacios especialmente diseñados para selfies como el Centro Cultural Recoleta.

Es difícil hoy que una cervecería artesanal de Villa La Angostura o de Hernando no replique a un original de Berlín o de Nueva York. Está de moda asociar el término “viaje” con las palabras “experiencia” o “descubrimiento” pero, más temprano que tarde, nos descubrimos haciendo las mismas cosas en distintos lugares. Hasta los viajeros más extremos transitan por senderos ya caminados.

En los últimos días, una de las tendencias en redes sociales fueron las fotos simuladas en lugares que nunca fueron visitados. Retratos robot que colocan a alguien en el viaje de otro. En ese extremo, el placer íntimo de la experiencia es reemplazado por la gratificación egoísta a través del efecto producido en otros aun a costa de la verdad. Sin traspasar ese límite moral, todos pisamos el palito cuando subimos a nuestros perfiles o enviamos por servicios de mensajería una postal de manera inmediata, como si fuésemos corresponsales de guerra ante la inminencia de un combate al cierre de la edición, muchas veces a costa de no disfrutar un minuto más de un lugar o una situación que ya no se repetirán.

En sus inicios, Facebook tenía un diseño heredado de estas páginas impresas. Organizaba las publicaciones en columnas. Uno podía jugar al periódico intercalando fotos y textos. Este cronista, venido de otro siglo, todavía sube imágenes en blanco y negro. Muy pronto se presentará un nuevo diseño que lo acercará a Instagram, a un proyector de diapositivas.

Los viajeros de mayor edad recordarán ese dispositivo de la era analógica. Era toda una ceremonia la proyección de imágenes después de un viaje. El chorro de luz, la familia y los amigos apiñados en el sillón. El Cucú de Carlos Paz, el Zapato de Capilla del Monte o la fachada de Notre Dame sobre la pared del living. Una tía sosteniendo la Torre de Pisa. Sí, ya había fotos de personas que sostenían la Torre de Pisa en el siglo pasado.

Algunas modas nunca mueren. Hoy las imágenes se proyectan desde la soledad del teléfono pero son muy similares. ¿Nos estaremos volviendo turísticamente correctos? Una pregunta para el ocio, ese espacio donde la imaginación puede quitarse la corbata o el mameluco y andar en patas.

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