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Cuaderno de viaje

Cuaderno de viaje: Salento, la esencia más allá del café

Puede ocurrir que camines por Colombia y no vuelvas a salir nunca más.

Por José Santiago (Especial).

Puede ocurrir que camines por Colombia y no vuelvas a salir nunca más. Que atravieses Mocoa, San Agustín o el cielo roto de Popayán si trepás al país desde el sur. Puede ocurrir también que abraces Salento y el viento traiga olor a café, y que Alejandro Dávila, un viejo artesano y sabio, te haga preguntarte cuándo fue que te olvidaste de vos.

Quindío es uno de los tres departamentos, junto con Caldas y Risaralda, que componen el Eje Cafetero, una de las regiones al centro-occidente más promocionadas del país. En Quindío el municipio de Salento atrapa no sólo por su clima templado y las fincas cafeteras, sino también por conservar una apacible lentitud del tiempo.

Caminar por ahí revela al menos dos sensaciones: que se ha caído dentro de un cuento de realismo mágico o bien que se está inmerso en una maqueta de arquitectura colonial antioqueña, en la que 8.000 habitantes circulan en cámara lenta sin el vértigo del sistema imperante.

Vamos al grano

El Valle de Cocora es un tour inevitable por su amplia biodiversidad, aunque la ambición desmedida del hombre la haya puesto en jaque. Allí está la cuna del famoso árbol nacional colombiano: la Palma de Cera, con una altura de hasta 60 metros. Desde el “centro” del pueblo hasta la entrada se llega en los jeeps de colores que aguardan a los extranjeros alrededor de la plaza Simón Bolívar, donde el Libertador-estatua permanece heroico. El recorrido combina trechos montañosos, de piedemonte y valles y una reserva de colibrís, todo enclavado sobre la cordillera central de los Andes. Desde ahí se abre un camino hacia el Parque Nacional Los Nevados, pero ese es otro capítulo.

“Estoy enamorada de Salento. Tiene una magia particular”, le dice a Voy de Viaje Catalina, chilena flechada por el sitio. La magia de la que habla la alimentan también aventureros como ella, que exploran el mundo y comparten en el sentido profundo del verbo.

Hay muchas fincas para visitar en las que se produce café: opciones turísticas, coquetas y austeras. Más allá del interesante proceso de elaboración, conmueven las manos ásperas de don Elías, que habla de la vida en su finca con un impulso que sólo tienen los hombres que miran la muerte de cerca y no temen.

El pueblo descansa sobre una meseta del río Quindío y, cuando uno trepa por la calle Real –la principal del lugar–, surge el legado de casas antiguas de bahareque y tapias de barro, donde sobresalen grandes puertas de madera con marcos de colores vivos, patios amplios, largos corredores y solares tales como en la colonización antioqueña, con sus típicos balcones. También confluyen sobre las cuadras galerías de artesanías más modernas o negocios con un halo hippie.

Yo adivino al parpadeo

El bar Café del Alma tiene forma de barco y uno navega sin mar mientras algún artista ofrece su show musical. Resta tomar un “tintico” y leer a Salento, porque hay lugares hechos para ser leídos en el rumor de su gente, desde el mirador del Alto, en los locos que hablan con los perros. Si el espíritu nocturno se asoma por el bar Danubio –entre los más regionales– se puede perder el control. Adentro los tipos beben cerveza Colombia o Club y tragos de aguardiente, y recobran el equilibrio con los tacos de pool. Su dueño ama el tango, y Gardel se escucha en el local. Hay vinilos, posters y retratos del tanguero fallecido en Medellín. También se puede vagabundear en otro “bolichón”: la fonda A Donde mi a Apá, con más de 18 mil temas de todos los géneros en vinilo, que se escuchan en un antiguo equipo de sonido a 78 revoluciones por minuto y le dan un tinte todavía más bohemio.

La bandeja paisa, uno de los platos típicos –compuesta por arroz, frijol, carne, plátano frito y huevo, acompañado con arepa– es exquisita; aunque la trucha servida con patacón también es irresistible. Los menos pudientes –y quizá los más afortunados– saborean una ensalada fresca de rúcula, apio, micsuna y albahaca extraída de la huerta del gran Alejandro Dávila, artesano/docente/filósofo que vive en una aldea donde varias familias venden sus producciones. 

Mochileros invaden su casita y lo ayudan en la construcción de sus pesebres u otras obras, todas con materiales reciclados. Él enseña su oficio y habla de dilemas existenciales, de la historia violenta y generosa de su país, del clima herido por el hombre, del peligro cuando la tecnología domina al ser. Ha cruzado la frontera de la histeria y el consumo desmedido.

–El arte es una posibilidad para que los niños se descubran y encuentren talentos. La tecnología hizo que se metan más en las tabletas que en la motricidad fina; en trabajar la arcilla, la plastilina. Se pierden de tener vivencias– dice, acompañado por sus dos gatos.

Salento, más allá de sus atributos, es también un regreso a la esencia que a veces se aturde y se nos cae por el camino. A los 60 años, Alejandro responde con qué sueña para su vida:

-Con el momento que estoy viviendo.

-¿Cómo se hace para soñar con el momento que estás viviendo?– pregunto.

-Si yo sueño, es como si veo el futuro, y el futuro es ya.

-Pero, ¿cómo se logra?– insisto.

-Hay que hacerlo. Si lo siente, lo hace y ya.

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La Voz.