Buscar Buscar Comentar Comentar Enviar por email Enviar por email Menu Menu Red de sitios Red de sitios Reloj Reloj Reloj Reloj Twitter Twitter WhatsApp WhatsApp Facebook Facebook Pinterest Pinterest Instagram Instagram Instagram Instagram Tumblr Tumblr Google+ Google+ Reproducir video Reproducir video Pausa Pausa Ver Ver Expandir Expandir Video Video Imagen Imagen Lista Lista Compartir Compartir Enviar Enviar Anterior Anterior Anterior Anterior Siguiente Siguiente Siguiente Siguiente Cerrar Cerrar Cerrar Cerrar Voy de Viaje Voy de Viaje En Familia En Familia En Pareja En Pareja Con Amigos Con Amigos Solos Solos En Avión En Avión En Auto En Auto Tips de Viaje Tips de Viaje Gastronomía Gastronomía Exóticos Exóticos Ciudades Ciudades Playas Playas Teens Teens Cuaderno de Viaje Cuaderno de Viaje Bus Bus Crucero Crucero Aventura Aventura
Cuaderno de viaje

Cuaderno de viaje: Quilotoa, la laguna que fue volcán

Las fotos “googleadas” quedan absurdas cuando se contempla en vivo este espejo de agua en los Andes ecuatorianos.

Por José Santiago (Especial).

"¿No van a ir a la laguna de Quilotoa?”, pregunta una señora en la terminal de Baños, en la provincia de Tungurahua. El mapa de Ecuador, ajado por el viaje, indica que el desconocido anzuelo está a 152 kilómetros hacia el norte. La idea de ir hacia el mar puede esperar. Por si hiciera falta, la mujer da la estocada decisiva: habla de un volcán convertido en un inmenso espejo de agua. Y el destino cambia de repente.

Primero hay que llegar a Latacunga para acceder a uno de los paisajes más impactantes del país. Una vez allí, hay que tomar un bus que atraviesa la sierra andina y cruza los pueblos Pujilí y Zumbahua hasta llegar al poblado de Quilotoa después de hora y media. La mirada se asombrará al reconocer en el trayecto el volcán Cotopaxi. Ni hablar de unos minutos después, cuando aparezca la comentada laguna. Las fotos “googleadas” quedan absurdas cuando se la contempla en vivo.

El Quilotoa es el volcán más occidental de los Andes ecuatorianos y dentro de su cráter se formó una caldera con un diámetro de unos 3,5 kilómetros. Hace 800 años explotó por última vez y ahora hay una especie de embalse con agua turquesa y verdosa producto de sus minerales. La elevación que ostenta sobre el nivel del mar –entre 3.800 y 3.900 metros– la vuelve implacable. 

Hay dos posibilidades al ingresar: sacarle una foto panorámica desde el mirador del pueblo, donde sobran hostels y restaurantes con cuy o sopas cremosas como platos principales, o asumir el desafío de descender hacia la orilla de la mancha líquida. El trayecto implica estado físico y fortaleza mental, porque después habrá que trepar todos esos metros a una altura que marea y quita el oxígeno.

La geografía del cono fue formada por flujos de lava y material piroclástico. Uno cruza senderos montañosos y los rostros de los lugareños confirman la presencia de sangre originaria. Muchos de ellos viven del cultivo en casitas con pequeñas parcelas y el pastoreo de llamas u ovejas. Otros, en cambio, aprovechan el turismo como fuente de ingreso. Ofrecen comidas regionales, guías especializadas o cabalgatas, ya sea para trasladar personas o montar sus equipajes hasta el margen del gran charco. Hay que ver cómo van y vuelven al trote por los 440 metros que separan el mirador de la entrada de la superficie del agua a cambio de algunos dólares. Pueden hacer el trayecto –que para el visitante lleva unas dos horas y media sólo de descenso– en mucho menos tiempo y durante ocho horas por día.

Pequeños en la grandeza

Si la lluvia no amenaza se puede caminar en soledad por algunos sectores que bordean el lagunar y encontrar fauna silvestre como chuquiraguas, sacha chocho o mortiño. Otra opción es avanzar por el diámetro del cráter, lo que implica unas cinco horas hasta rodearlo. La niebla y el frío juegan su partido, pero si el sol vence a las nubes la imagen se vuelve colosal: el reflejo de los rayos pega sobre el agua y la postal queda sin adjetivos.

Acampar a la vera de la laguna no tiene desperdicio ni costo. La noche muestra su poder al cubrirlo todo, el rumor del agua llega apenas, el cielo estrellado le recuerda al hombre su pequeñez y le destroza cualquier delirio de grandeza. La voz de un hombre nativo trae vestigios de la historia. Pasará la noche junto con los suyos y aprovecha la fogata porque la temperatura descendió varios grados. Prepara un brebaje de yuyos y alcohol para calentar el cuerpo. Y habla, alumbrado por las llamas, de otro tiempo.

Una de las leyendas indica que supo aparecer en la laguna un dios llamado Quilotoa (que habitaba la superficie del agua), considerado el rey de las erupciones de todos los volcanes y un ser que destruía todo a su paso. Alguna vez se peleó con otra deidad llamada Toachi, que vivía debajo del agua y le tenía envidia porque podía reflejar el color del cielo; y ambos produjeron grandes desastres en el sector.

Cuando cae la tarde y quedan pocos visitantes, se puede adivinar el burbujeo de manantiales que le dan un toque místico al sitio. Adentrarse en kayak genera intriga y miedo por los 250 metros de profundidad que guardan mitos ancestrales del imperio inca. Caerse al agua helada puede traer mucho más que un resfrío.

El sitio web Twisted Sifter considera a Quilotoa como una de las 15 lagunas volcánicas más hermosas del mundo. La tonalidad varía con las horas, la posición desde donde uno se encuentre y la luz natural. El silencio lo inunda todo y, en caso de pernoctar, habrá otro regalo: abrir la carpa a media mañana del día siguiente, asomarse y encontrar el manto azulado a los pies.

Comentá esta nota

2016. Todos los derechos reservados.
La Voz.