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Cuaderno de viaje

Cuaderno de viaje: por qué Zanzíbar no es lo que parece

Razones para viajar al este de África, un destino sólo apto para curiosos y aventureros.

Por Noelia Maldonado.

Podría arrancar diciendo que Zanzíbar es el paraíso en la tierra –de hecho las fotos lo insinúan- o que es uno de los “diez destinos imperdibles de todo el mundo” por sus accesibles precios.  Pero no, nada de eso sería cierto. ¿Entonces por qué alguien querría cruzar el Atlántico y llegar hasta esta pequeña isla del Índico si no es lo que parece?

Entonces, ¿por qué alguien querría cruzar el Atlántico y llegar hasta estas pequeñas islas del Índico si no es lo que parece? La respuesta es sencilla: porque sí. Porque vale la pena viajar, conocer y experimentar. Porque África justifica el esfuerzo más allá de lo que todos dicen, y muy a pesar de eso también.

Escuché la palabra “Zanzíbar” un año atrás. Había salido de la boca de una eximia viajera, quien aseguraba que, aun habiendo recorrido las más bellas y exóticas playas del mundo, la más linda de todas se encontraba en este archipiélago de la costa oriental del "continente negro", que es una región semiautónoma de Tanzania. 

Cuando llegamos, lo primero que pensé fue que me había estafado, mentido o que yo claramente no era la viajera que pregonaba ser. Pero con el correr de los días pude comprender por qué alguien puede poner en su “top 10” este destino olvidado a la buena de Dios.

Aprender de lo local

Zanzíbar es un lugar ideal para aquellos viajeros que no buscan postales perfectas ni servicios de lujo, si no que quieren contacto con la vida local, por más difícil y complicada que esta sea. Los primeros días en la isla principal los pasamos en la zona de Jambiani, en medio de un caserío al que llegan muy pocos turistas (y los que arriban lo hacen con “un dato” de alguien que vino antes).

Para dar con nuestro muy humilde hospedaje, tuvimos que alzar en el taxi a dos chicas musulmanas que estaban caminando entre las polvorientas calles bajo el abrazador sol del mediodía. Ellas, en lugar de indicarle al chofer cómo llegar, se subieron al auto y nos acompañaron porque el trayecto era tan inexplicable como inentendible aún entre locales. No se quedaron tranquilas hasta que cruzamos los palmares y los ranchos y entramos en la llamada “Casa de Simón”. Allí nos despidieron con una sonrisa cariñosa, aunque no hubo abrazos posibles.

En cada paseo por el barrio y la playa los niños se nos colgaban de las manos y llamaban nuestra atención. Contrariamente a lo que muchos piensan, la mayoría de los pequeños africanos no piden dinero, sino tiempo para jugar. 

La vida local se despliega en su máximo esplendor cuando cae la tarde y todos abandonan sus obligaciones para tomar por asalto las playas. Es muy fácil distinguir entre viajeros y locales. Los primeros se tiran en la arena en los horarios de mayor calor; los segundos disfrutan el suave sol del ocaso con la sensación de sus deberes cumplidos.

Mientras las mujeres -dentro de sus costumbres- se sumergen todas tapadas en el cálido océano Índico, los hombres juegan al fútbol. En un mismo equipo puede haber más de una camiseta con el nombre de “Lionel Messi”. Y cuando se enteran de que hay argentinos alrededor no paran de gritar “¡Maradona, Maradona!”, entre toque y toque.

Turismo masivo

Para experimentar algo más convencional, nos mudamos a la zona de Nungwi. Se trata de un poblado ubicado en el extremo norte de la isla, que ostenta las mejores playas de toda la región y galaxias vecinas. Los tonos del mar no tienen descripción posible entre los sustantivos y adjetivos de la paleta de colores que nos enseñaron en la escuela.

Los hoteles allí son de capital extranjero y sus servicios intentan estar a la altura de los precios. Llegamos a un hospedaje bastante mal calificado en internet, pero con lugar vacante como para asistir a toneladas de viajeros desprevenidos y apurados por desempacar. 

La ubicación era excelente y todo venía muy bien hasta que un día comenzaron los cortes de luz y, posteriormente, los de agua. Por supuesto, los resort de primera línea tenían sus propios generadores. Aunque de más está decir que conseguir wifi se transformó en una gesta tan heroica como absurda.

¿Pero quién quiere internet cuando tiene un mar con infinitos colores por clasificar? Me gustaría decir que nadie, pero el ser humano es así: casi siempre sueña con lo que no tiene. Durante la rutina del año añora playas deshabitadas. Cuando está en ellas busca enchufes para cargar el celular y conexiones de buen ancho de banda, con la excusa de poder avisar a los allegados que se está “bien”. Y de nuevo otra pregunta: ¿quién no lo estaría en un entorno así?

En suma, ninguna de las razones que hacen de Zanzíbar un destino increíble tiene que ver con lo material. En África nada de eso está bien distribuido y es probable que uno sienta todo el tiempo que el dinero se le escapa de las manos. 

Sin embargo, en Zanzíbar se puede ver una bola de fuego caer sobre el Índico todas las tardes a la misma hora. También es posible nadar con delfines, mirar a los niños jugar en la playa y charlar con las tribus locales sobre la sencilla vida africana. Nada de eso tiene un precio equivalente en papel moneda. Para todo lo demás, se puede ahorrar mucho tiempo o usar esa conocida marca de tarjeta de crédito.

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