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Cuaderno de viaje

Cuaderno de Viaje: Por el Nilo con los ojos bien abiertos

Un recorrido en un barquito blanco por el misterioso río. Papiros, desierto, pájaros invisibles y agua helada.

Por Marcelo López (Especial).

"El Nilo es el mayor río de África y fluye en dirección norte a través de diez países —Burundi, Ruanda, Tanzania, Uganda, Kenia, República Democrática del Congo, Sudán del Sur, Sudán, Egipto y Etiopía— hasta desaguar en el extremo sureste del mar Mediterráneo formando el gran delta del Nilo, sobre el que están situadas las ciudades de El Cairo y Alejandría”.

Hasta ahí, Wikipedia.

“El Nilo es un sueño, una película de los años ’60, un libro de Agatha Christie, un misterio que fluye desde las páginas de montones de libros y horas de cine hasta desaguar en la más inmensa nube imaginaria de todos aquellos que vimos a Elizabeth Taylor, a Richard Burton, a Cleopatra, a Marco Antonio, a Moisés o a Hercules Poirot”.

Hasta ahí, la ilusión.

El barquito es blanco y ancho, no muy grande; apenas lo suficiente como para acomodar a los que vamos en él, que no somos más de 10. Ahí, a un costado, quedó el crucero atado a un montón de cabos en el puerto de Asuán. Salimos navegando el río Nilo, el mismo que venimos bajando desde hace cinco días, pero ahora vamos en esta barcaza blanca que se mueve entre otras iguales y se somete a la corriente intensa mientras un par de artesanos improvisan en el centro del barco una especie de puesto de venta. Todo en Egipto está en venta, todo es regateo, todo espera ser comprado.

A la izquierda, sobre una roca enorme, está el hotel donde se alojaba Agatha Christie: el Old Cataract, dice Walid, nuestro guía. El hotel responde desde la altura con una arquitectura sólida en blancos y marrones, tan inglesa como es posible en un lugar como ese, en medio de África, a doscientos años de distancia. Seguimos navegando pero para mejorar la vista nos subimos al techo, donde esperan un par de sillones de mimbre. Sí, dos sillones de mimbre en el techo de un barco, navegando el Nilo.

Desde arriba, entonces, abrimos los ojos tanto como es posible para absorber la experiencia, las imágenes, los olores y las sensaciones, como si fueran aire y la memoria pudiera inflarse. Necesito verlo todo, conocerlo todo. Que no se me olvide nada.

Como si se trata de uno de esos juegos artificiales de Orlando, nos abrimos, navegando, a un brazo del río que se transforma en ancho y oscuro. Se convierte en una callecita acuosa serpenteante entre papiros altísimos, arena amarilla, pájaros invisibles y piedras de todo tamaño.

Mis hijos preguntan por los cocodrilos que prometió Walid. Son como las brujas: “que las hay las hay”, pero no vemos ninguno. La vegetación va ganando el escenario, los árboles del costado se agigantan y, junto con el rumor de los remolinos, nos alejamos de 2017. El barquito blanco sigue curso, firmes nosotros en las sillas de mimbre, en el techo del barco, los ojos tan abiertos, en el Nilo.

Después de un par de curvas en donde parece que vamos a quedarnos atascados, nos abrimos paso hacia un remanso amplio en el que el paisaje cambia nuevamente. Ahora, a la izquierda siguen las piedras, los árboles, los papiros enormes y los pájaros, igualmente invisibles, pero a la derecha el cielo celeste aparece detrás de una duna enorme, amarilla y larga como la vista del águila que más ve. Entonces es el Nilo y el desierto. El barquito se aproxima a la costa para acercarnos a la arena. Walid me prometió algo único y diferente, y estamos ahora en el centro mismo de una promesa cumplida. La arena del Nilo se siente tan suave que la duna que todo lo rodea podría ser de algodón, y uno se obliga involuntariamente a respirar despacio por miedo a que todo desaparezca. En la costa, un par de vendedores nos ofrecen pequeñísimas lámparas de vidrio con los cuerpos transparentes llenos de arena del Nilo. Como si hicieran falta recuerdos para recordar, pienso; y por las dudas compramos un par. Otra vez la necesidad de la gente y el placebo de venderlo todo.

Subimos otra vez al barco, al techo, pero ahora despreciamos las sillas de mimbre para saltar desde ahí al agua del río más famoso del mundo y sorprendernos otra vez. ¡Nunca imaginé que el agua fuera tan fría! En medio del desierto, bajo el sol inclemente de África, el cuerpo del Nilo tiene la temperatura exacta para sorprender a cualquiera que sólo lo haya imaginado.

Saltamos una y otra vez, sin poder creer dónde estamos. Si no fuera por los chicos que siguen preguntando por los cocodrilos que prometió Walid, que por suerte no vimos, que como las brujas no existen pero “que las hay, las hay”, todavía seguiríamos saltando al Nilo.

En la playa de la duna gigante e interminable, en el medio de Egipto, en un lugar sin tiempo nos esperan los camellos para que subamos y recorramos el camino hasta la aldea del pueblo Nubio. Pero esa es otra historia.

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