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Cuaderno de viaje

Cuaderno de Viaje: Núremberg

Entre las calles góticas de esta ciudad alemana se esconde una plaza con una historia para contar.

Por Augusto Porporato (Especial).

Supe del muchacho por primera vez en la adolescencia. Alguien me regaló un libro, ese libro disparó una curiosidad, esa curiosidad se cebó en la búsqueda de datos históricos, esos datos históricos acrecentaron una leyenda y esa leyenda me llevó este mes de mayo a visitar una ciudad alemana que de otro modo, sin ese tesoro secreto, quizá nunca hubiera visitado. Aquel libro, una extraña obra de teatro, se llamaba Kaspar.

Núremberg ha sido desde entonces, en mi imaginación, mucho más que la ciudad donde en 1946 se condenó a los asesinos nazis de la Segunda Guerra. Distinguida por su arquitectura medieval, esas construcciones de piedra oscura coronadas por refulgencias de oro, y cruzada por un río sereno, la villa bávara muestra la hermosa Iglesia de las Mujeres, el castillo Kaiserburg y el Mercado Central como los puntos destacados de su coqueta Altstadt. Con un mapita de la ciudad como guía, que había encontrado tirado en la calle, me sorprendió que el lugar preferido apenas estuviera referenciado por un par de palabras casi invisibles de tan pequeñas y apretadas. Hice un círculo con una lapicera y calculé cuánto me llevaría llegar caminando hasta ahí.

La historia dice que una tarde de mayo de 1828, en una plaza de la ciudad, un zapatero se encontró con un muchacho a quien nunca había visto. El desconocido habrá tenido unos 15 o 16 años, pero parecía no saber hablar ni entender lo que pasaba. Ante las preguntas del perplejo zapatero, el muchacho reaccionó entregándole una carta. En ella aparecía escrita, debajo de su nombre, una descripción siniestra de una de las mayores crueldades psicológicas jamás imaginadas: hasta ese día había vivido encerrado en un sótano, no había tenido contacto con ningún ser humano y había sido alimentado por unas manos anónimas que le pasaban agua y pedazos de pan por debajo de una puerta. La carta agregaba que solía jugar con un caballito de madera. El muchacho se llamaba Kaspar Hauser, el mismo nombre de la plaza que yo buscaba por las góticas calles de Núremberg.

¿Qué esperaba de una plaza que tuviera el nombre de semejante epónimo? ¿Un monumento a la orfandad, a la deshumanización de un individuo? ¿Una alusión velada, una conmemoración? 

Como muchas ciudades europeas, la “ciudad vieja” de Núremberg es una pequeña parte del territorio cuyos límites han quedado cercados por una muralla de piedra, antigua protección contra las hordas enemigas que culmina en su punto más alto con el castillo donde vivían sus reyes. La muralla de Núremberg rodea en forma de anillo los edificios más importantes de su pasado lejano. El mapa proponía laberintos de callecitas entrecortadas hasta llegar a la plaza Kaspar Hauser. Felizmente la plaza aparecía cercana a la muralla, así que decidí ganar tiempo eligiendo el camino circular que la bordeaba.

Esa mañana, antes de salir, me di cuenta de que el mundo estaba oscuro, amenazante de lluvia. Por las referencias de mi mapa, supe que el camino trazado no me conduciría a ninguno de los atractivos de la ciudad. Sí vería el río y algunos de sus puentecitos, que junto a las casas apretadas de las orillas conforman la particularidad de su paisaje medieval, una escenografía que la pálida luz diurna haría embellecer para afinar ese clima de túnel del tiempo que tanto buscamos los turistas en Europa. Kaspar Hauser también formaba parte de ese catálogo atemporal. Lo extraño es que Núremberg no parecía valorarlo como lo valoraba yo, algo que de algún modo reencendía mi curiosidad.   

Unas dos horas después creí haber pasado de largo de la plaza. Mi falta de orientación ni siquiera era enmendada por indicaciones cartográficas. En un negocio de Lebkuchen (las exquisiteces de la ciudad) me detuve a preguntar.

–¿Plaza Kaspar Hauser? –me contestó, descreída, la bonita vendedora–. No, no la conozco.

–Raro. Estoy seguro de que está cerca.  

Una vez más comprobé que la amabilidad hacia los turistas es un rasgo habitual entre los alemanes. Anne (a esa altura ya sabía su nombre) dijo que no me preocupara. Buscó un mapa (yo había escondido el mío, avergonzado de mi desorientación) y enseguida encontró el lugar. Puso un dedo encima, que tapó todo el nombre, y me dijo que tenía razón, que estaba cerca. Que con cruzar un puentecito más y doblar en un cañadón a la izquierda encontraría lo que buscaba. Insistió en que nunca había oído hablar de esa plaza. “¡Y eso que trabajo a dos cuadras!”, dijo. Le agradecí con mucho entusiasmo, hasta estuve tentado a decirle otras cosas. Pero, al final, sólo le compré una lata de Lebkuchen.

Cuando las expectativas son tan altas, a veces la realidad termina empobreciéndolas. No pasó así con mi Kaspar, aunque no sería por encontrarme con algo extraordinario. Fue el modo como fui descubriendo el secreto lo que indemnizó mis fantasías. Lento y moroso, con la sorpresa contenida, como quien abre un regalo: un hotel, en medio de la plaza, llamado Kaspar y con un caballito de madera como logo; luego una fila de tres casas a un costado con las características descriptas en uno de los tantos datos históricos que había leído; finalmente, en una de esas casas, la que terminaba en una esquina ochavada, un cartel, empotrado en la pared.

En letras no muy grandes, el cartel decía: “En este lugar fue visto por primera vez Kaspar Hauser, y donde el vecino Georg Leonhard Weickmann le habló en el 10 de la plaza Unschlitt”.

Claro, de pronto comprendí: fue por eso que la vendedora no conocía el lugar. La plaza no se llamaba Kaspar Hauser. Un engaño de los mapas, al menos del mío, que había encontrado tirado en una calle. ¿Habrá tenido la plaza el mismo nombre en el mapa de la chica, ese que ella, llamativamente, había tapado con el dedo? De cualquier modo, el misterio no deslucía la astucia del recurso publicitario. Pero que no parecía dar ningún resultado en aquella plaza vacía de turistas. 

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