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Cuaderno de viaje

Cuaderno de viaje: No hay estafa cubana que por bien no venga

Cada país tiene sus propias formas de engañar a los turistas. Las de Cuba incluyen habanos y músicos de Buena Vista Social Club.

Por Paz Azcárate (Especial).

En diciembre de 2016, en el comedor de un hostel, compartí un vino con una médica rusa y una traductora china que estaban, igual que yo, de paso por Chicago. Con Anastasia y Jiani (no parece hacer falta aclarar cuál era cuál) tuvimos una de esas amistades rápidas y furiosas de gente que se encuentra viajando: durante tres días fuimos las mejores amigas, recorrimos juntas la ciudad y hablamos pestes de nuestros dirigentes y maravillas de nuestras madres patria, como todas las personas del mundo lo hacen cuando viajan al exterior.

Anastasia había visitado China en los últimos meses y nos contó la forma en la que quisieron estafarla durante sus primeras horas en Beijing. Jiani avaló: es muy improbable que como turista sufras un episodio de violencia en la capital china, pero es frecuente que, siendo turista, alguien que te encuentre en la calle te invite a “tomar un té tradicional para contarte todo sobre su cultura y saber más de la tuya”. A partir de ahí, el modus operandi es el siguiente: te sentás en una cafetería con uno o dos locales, pasan las horas y, cuando los temas de conversación se agotan, un mozo te acerca una cuenta que equivale a casi todo el presupuesto de tus vacaciones. 

Mi nueva amiga rusa, que había leído sobre esta metodología amabilísima de estafa, estaba advertida de que si te negabas a pagar la cuenta la cosa se ponía un poco más tensa. Es por eso que, cuando frenó a mirar el mapa en una esquina de Beijing y dos chicas la invitaron a jugar al intercambio cultural, ella frunció el ceño, cerró su mapa y largó unos cuantos insultos en su lengua materna.

Esta historia me había generado muchísima curiosidad por las formas de estafas a turistas que se usan en cada país o en cada cultura. Me pareció relativamente revelador pensar que esas maneras asiáticas de formalidad llegaran tan lejos como para convertir en una tarde de té algo que en otro país podía resolverse en menos de cinco minutos simulando tener una pistola debajo de la campera. Era una forma amable de ser asaltado: una producción con guion, montaje y gran elenco. Esto es tan válido en todo el mundo que a NatGeo le dio tela para cortar durante los 20 episodios de Turistas en la mira (Scam city), la serie que puede verse en Netflix en la que Conor Wood recorre el mundo para mostrar cuáles son las formas más comunes de estafar a quienes viajan en cada país.

Así es más o menos como “formas en las que podrían querer estafarme” se convirtió en un punto a investigar antes de viajar a un país por primera vez. Y fue lo que hice un año y medio más tarde antes de viajar a Cuba: averiguar cuestiones relacionadas con la moneda –hay una para turistas y otra para locales–, las formas de acceso a internet para poder seguir trabajando –es carísimo y sólo hay en unos cuantos puntos específicos– y, al fin, investigar cómo es que iban a intentar estafarme.

Las respuestas fueron unánimes: Cuba es un país seguro que cuida de forma específica el turismo –la segunda industria que más ingresos le reporta luego de la exportación de jóvenes médicos– y es muy difícil que tengas una mala experiencia en relación con la seguridad. Pero, como se dijo, cada país tiene su forma de sacarle una tajada extra de moneda internacional al turista y Cuba no está exenta.

¿Cuáles son las formas cubanas de “scam”? 

Hay al menos dos formas de scam (estafa) muy populares en Cuba. La primera es una invitación a conocer una fábrica de habanos que, sin importar la época del año en la que vayas, tenés la oportunidad de visitar durante una suerte de “festival” en el que los precios están súper rebajados. Nada muy extraño: te llevan con la historia de que vas a conseguir habanos buenos, bonitos y baratos y, una vez ahí y con la idea de estar haciendo el negocio del año, los turistas se llevan varias cajas de habanos de muy baja calidad a precios estándar. Es tan inocente que con algo de flexibilidad casi podría ser considerada una estrategia de marketing muy elaborada. 

La segunda no es tan creativa y en una escala moral hipotética está más cerca de ser una mentira pura y dura que de entrar en la categoría de “maniobra publicitaria”: en una casualidad espectacular, uno de los músicos de Buena Vista Social Club tocará esa mismísima noche en un espectáculo que podría costarte 50 euros pero que, sólo por esa noche, tendrás la oportunidad de ver por 5. Esta forma de estafa –el término le queda un poco grande, vamos a llamarle “engaño lucrativo”– es sumamente eficiente porque todos los turistas saben que la orquesta es internacionalmente conocida y está compuesta por músicos muy talentosos, pero muy pocos de ellos podrían decir el nombre de uno de sus integrantes. Opera ese impulso del turista de no querer perderse ningún must de la ciudad y de volver a casa con la idea de haber burlado un circuito turístico tradicional para haber hecho algo auténticamente cubano.

Uno podría preguntarse quién es tan tonto como para caer en ese juego. Bueno: heme aquí.

Una metodología que sí

La primera tarde en La Habana caminábamos hasta la zona de la costanera y un hombre nos empezó a hablar de Argentina: decía tener una hermana que había vivido en Córdoba, a la que le había encantado el mate, el fernet y el dulce de leche. Caminó con nosotros tres cuadras y nos reveló dos datos que pretendían ser muy interesantes para turistas argentinos (o sea, con presupuesto ajustado): un festival de cooperativas de habanos terminaba ese mismo día, con muy buenos precios, pero además, esa misma noche tocaba uno de los músicos de Buena Vista Social Club y teníamos la oportunidad de verlo por unos pocos euros. Voilá. Qué emoción: igual que Anastasia recién llegada a China, habíamos detectado nuestro primer intento de engaño lucrativo. Y lo habíamos evitado.

Escenas más o menos parecidas se repitieron en los días que siguieron. Mantuvimos nuestra conducta ignorándolos con amabilidad: “No, gracias”, “Ya hicimos planes”, “Ya compramos habanos”. Fuimos turistas atentos y responsables, hasta que un sábado a la tarde nos acercamos al Museo de la Revolución luego de su horario de cierre. Nos quedamos mirándonos las caras unos minutos mientras recalculábamos el itinerario cuando un hombre y una mujer que estaban sentados hacía rato en esa esquina se nos acercaron. Nos dieron información útil sobre el museo, indicaciones para movernos por el barrio y algunos datos de interés sobre La Habana Vieja, como un listado de paladares (una suerte de bodegones para comer comida casera a precios razonables) por la zona. Quizás porque llevábamos un rato hablando y nos parecieron muy amables o bien porque los mojitos del mediodía habían hecho muy bien su trabajo, aceptamos la recomendación de ir a un bar donde habría música en vivo y no se cobraba entrada. Lo único que había que abonar era una consumición. Hacía calor, estábamos cansados y no teníamos planes. Aceptamos que nuestra nueva pareja amiga nos acompañara hasta la esquina de O’Reilly y Compostela, a pocas cuadras de la esquina del museo donde los habíamos encontrado sentados. 

Seguimos hablando todo el camino y nos contaron que íbamos al cumpleaños número 89 de Amaranto Fernández, pianista y “antecesor” de Buena Vista Social Club. Por lo que entendíamos, nos iban a presentar a alguien que tanto podría ser el padre, el maestro de música o un vecino mayor de alguno de los músicos, o bien un buen señor que cumplía 89 años cada día para engordar las propinas del bar Viñales. Nos sentamos en una mesa con las dos personas que nos habían llevado. Se quedaron unos cuantos minutos y, después de que pidiéramos las cervezas más caras y calientes que habíamos tomado en toda nuestra estadía, se fueron. Vimos a Amaranto, el hombre que había antecedido a alguien (o a nadie), que tocaba muy bien el piano y que bailaba con gracia. Lo acompañaba una orquesta chiquita pero muy a altura de las habilidades argumentativas de la pareja que nos había depositado en ese bar. No hubo investigación que fuera suficiente para evitarlo porque, de todas las estafas que podría revelar Scam city, esta resultaba bastante agradable.

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