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Cuaderno de viaje

Cuaderno de Viaje: Máquinas de Berlín

Sachsenhausen no fue un punto más en la cartografía nazi: fue un campo modelo, el espejo de Auschwitz. Recuerdos en primera persona de una visita.

Por Sebastián Dinolfo (Especial).

Usted sabe que hay dos motores en las crónicas de viaje: uno es como un cuento para irse a dormir; el otro, el golpe que nos despierta. Mientras hacía esta nota sobre el campo de concentración Sachsenhausen en Berlín se me fundió uno de esos motores, pero me dejó estos dos recuerdos a mitad de camino entre un sueño y una pesadilla.

El brujo

Sachsenhausen no fue un punto más en la cartografía nazi: fue un campo modelo, el espejo de Auschwitz. Se abrió en 1936, y al principio sólo fue pensado como un campo de trabajo y de destino de presos políticos, pero dos años más tarde recibía judíos, gitanos, gays, testigos de Jehová, prisioneros soviéticos. La fosa se cavaba a mano pelada si hacía falta.

Nos agrupamos alrededor de un mapa que muestra la arquitectura del lugar, un triángulo equilátero con edificios dispuestos en abanico y una torre central desde la que se podía controlar cada rincón del campo. Heinrich Himmler, jefe de la policía alemana, supervisó personalmente el desarrollo de los trabajos. Estaba orgulloso del campo modelo y, pese a que la cerveza le agujereaba el estómago, nunca rechazaba un brindis en honor de Sachsenhausen.

Largamos el recorrido y el guía, un español barbudo que estudiaba Historia y vivía hacía 10 años en Alemania, nos decía algo sobre ser respetuosos y no andar metiendo selfies alegremente –uno no quiere creer que haga falta explicar eso, pero así es–. Lo escuché por arriba porque estaba más interesado en la botella rota que se exponía junto con una carta de un exprisionero del campo. Me acerqué a leer con cuidado, como si alguna frase me pudiera traicionar.

“Quiero volver a casa. Estoy en el KZS (campo de concentración Sachsenhausen) desde el 9 de marzo de 1937. Hoy es 19 de abril de 1944. ¿Cuándo volveré a ver a mi amada en Frechen, Colonia? Sin embargo, mi espíritu sigue intacto. Las cosas tienen que mejorar pronto. Anton Engermann, nacido el 6 de octubre de 1902”. Tuve la sensación de que Anton escribía con la seguridad de que íbamos a leer su carta y, sobre todo, de que esas palabras podían conjurar su destino. Así fue: Anton se salvó, vivió hasta 1983 y hoy una calle alemana lleva su nombre.

Las llaves

Durante el recorrido teníamos siempre a nuestra izquierda unos pinos altos, un buen espacio para ver pensando en otra cosa. No nos dimos cuenta de en qué momento el amarillo del día se desvaneció y se acabó el bosque. Enfrente teníamos la puerta del campo, una sola hoja abierta y 15 letras mayúsculas de hierro: “ARBEIT MACHT FREI” (el trabajo los hará libres).

El español nos decía que con ese justificativo surgieron los campos en Alemania; el trabajo se entendía como un proceso de “reeducación” y “resocialización” de los detenidos. Nada se decía sobre la explotación en condiciones infrahumanas ni sobre los proyectos “especiales” que se desarrollaban y que se cobraron la vida de buena parte de los aproximadamente 100.000 internos que murieron en Sachsenhausen.

En medio del campo, se instalaba el patíbulo. Se formaba en una larga línea a los reclusos y se los ejecutaba a la vista de todos; esas matanzas podían durar horas y los mismos prisioneros eran los encargados de la disposición final de los cadáveres en las fosas comunes. Cuando llegaban las fiestas de fin año, las SS montaban un árbol de Navidad en el mismo lugar.

Nos contaron sobre la vida en el campo: las deshoras en penumbras, el hacinamiento, los trabajos forzados y esa mala atmósfera de cada paso dominado por la amenaza de la tortura o el fusil. En ese encierro, las pequeñeces definían la vida: una cuchara escondida, un abrigo rescatado, saber esperar el mejor momento para aprovechar la porción de comida del día. Otro ejemplo: la elección de las literas –distribuidas en tres espacios: abajo, al medio y arriba– podía hacer que se aliviaran un poco las condiciones de vida. “¿Cuál elegirían?”, preguntó el guía. ¿Cuál elegiría usted?

Sólo quienes sobrevivían al primer mes en el campo sabían estas cosas. Entre ese grupo de internos nacían solidaridades, que se fortalecían aún más entre los pocos que lograban llegar al año de cautiverio. Un prisionero con experiencia sabía que la mejor litera era la del medio; en la de abajo se sufría el paso de la humedad porque apenas estaba despegada del piso de madera y en la de arriba hacía frío y se filtraba el agua de lluvia. El tiempo y la confianza eran las llaves para sobrevivir.

Sachsenhausen testimonia muchos de esos gestos de unidad, que también encontraban formas más sutiles. Los prisioneros que trabajaban en la cocina del campo escracharon las paredes con dibujos de unas papas dándose un baño, unos peces que se abrazan, un ramo de flores. El humor, la ironía y los colores en la cáscara de esos muros era su forma de decir que no renunciaban a su humanidad. 

Uno de los sobrevivientes de la masacre nazi dijo: “Es imposible comprender que de repente eres libre”. Sachsenhausen nos ayuda a comprender lo impenetrable de esa frase a partir de la experiencia de la memoria viva que confirma, como dijo Galeano, que para la angustia de los ingenieros del horror, la máquina de la muerte, a veces, también produce vida.

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