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Cuaderno de viaje

Cuaderno de viaje: Islas Cook, la tierra de los cuatro tiros

Sesenta kilómetros cuadrados de un paraíso increíble, salpicados por el destino y la obstinación de los volcanes.

Por Marcelo López (Especial).

En la inmensidad del océano Pacífico, William Wigmore presiona el gatillo de su pistola cuatro veces. Todos los tiros dan en el cuerpo del maorí More Uriatua, quien cae muerto. Wigmore se queda con la tierra que alquilaba, pero todos saben que no le pertenece.

1912. Metua, la hija del muerto, vuelve a la tierra de sus ancestros y lanza una maldición: “Ningún negocio prosperará allí hasta que esa tierra no sea devuelta a sus verdaderos dueños”. Todos creen que la mujer está loca. Mientras tanto, Wigmore, que es blanco, se libra de una condena segura por asesinato. El paraíso también tiene privilegios.

1913. Las cosechas de Wigmore fracasan. Primero son los ananás.

1914. Las cosechas siguen fracasando. Después, los cocos y otros intentos más.

1915. Wigmore está en bancarrota y la vida se complica en Rarotonga. Lo mejor es volver a los orígenes por algún tiempo. Allá van los Wigmore. Nueva Zelanda los espera. 

Los años siguen como números simples y nada prospera en la tierra donde murió More Uriatua. Todo falla, una y otra vez.

1987. Inversores italianos contactan al gobierno de las Islas Cook para construir un hotel cinco estrellas, bajo la licencia de Sheraton, en la isla de Rarotonga. El lugar elegido es “la tierra de los cuatro tiros”.

1990. El sol está alto. Es el momento previo al inicio de la construcción: acto protocolar, piedra fundamental, primer ministro, empresarios, vecinos y la presencia repentina del nieto de More Uriatua, el muerto de los cuatro tiros, que llega sin que lo vean. Para asombro de todos, clava su lanza en la placa que conmemora el comienzo de la obra y renueva la maldición. La policía lo retira como puede, ¿la maldición continúa? 

1993. El hotel está al 80 por ciento de su construcción, pero todo se detiene. Al parecer, el dinero de los italianos sería de la mafia, del lavado, de las drogas. El Gobierno de la isla es el garante. Los italianos (la mafia) se van. El hotel queda incompleto y “el paraíso” asume una deuda de 120 millones de dólares.

Pasan los años y la penuria de una nación para pagar las deudas no tiene pausa. Son 15 mil habitantes. Lentamente, los 120 millones se van pagando, como se puede. El edificio sigue ahí, sin terminar. El paraíso también, pero más hermoso que nunca.

2008. Un grupo inversor japonés se propone completar una obra que ya está siendo consumida por la jungla. Pero antes de poner un centavo, el mundo se derrumba y allá van las posibilidades de renacimiento del hotel cinco estrellas de Rarotonga.

2009. Un nuevo intento, otro grupo hotelero. Buscan a la nieta del muerto de los cuatro tiros, Amoa Amoa, que desde sus 70 años se niega una y otra vez a levantar la maldición: “Hasta que no sea devuelta a la familia de More Uriatua no se levantará la maldición”, asegura. Aunque nadie cree en ella… nada funciona.

2012. El hotel, ahora, será casino. Ya está la cadena hotelera que lo va a terminar y la que va a poner a rodar las cartas, las máquinas tragamonedas y la ruleta. Los habitantes de la isla se reúnen y dicen “No, no habrá casino en las Islas Cook”. Los inversores se vuelven sin negocio ¿Aliviados porque no tuvieron que sufrir la maldición?

2014. Ahora sí parece que el destino se tuerce. Está todo encaminado para que nuevos inversores, de una vez por todas, terminen con ese hotel y le den a la isla su primer cinco estrellas. Sin embargo, el grupo inversor termina desarmado por problemas con la justicia en Nueva Zelanda.

2018. Estoy ahí, en Rarotonga, sobre la tierra de la maldición, del famoso Sheraton que nunca fue, en un pequeñísimo paraíso en medio del Pacífico sur. Las cabras pastan en lo que debería ser el parque. La playa hermosa no tiene sombrillas ni paradores, pero el mar es tan cristalino que solo parece un reflejo. 

Las fuentes están llenas de agua de lluvia; las paredes, cubiertas de enredaderas y grafitis; los vidrios, rotos; los caños, expuestos como venas cortadas. Por cinco dólares, podés recorrer el cuerpo muerto del hotel, que espera y escucha la historia del tipo que paró con el pecho los cuatro tiros de William Wigmore desatando una maldición interminable…  “hasta que la tierra sea devuelta a la familia de More Uriatua”.

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