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Cuaderno de viaje

Cuaderno de viaje: Experiencia "low Cost"

Volar será tan común como tomar un trolebús y económico como ir a Pajas Blancas con el termo, mate y galletas a ver despegar los aviones.

Por Gastón Ribba (Especial).

Tengo seis años. Recorto siluetas de aviones y azafatas de publicidades del Reader’s Digest. Mis preferidas son las de Braniff International, aerolínea extinguida en los años de las primeras guerras del petróleo. Fuselajes pintados por Alexander Calder y Salvador Dalí. Uniformes diseñados por Tucci. Faltan treinta y pico de años para que desarrolle una teoría: el futuro ocurrió entre el 23 de junio y el 20 de julio de 1969, entre el primer vuelo oficial del Concorde y la primera huella humana en la Luna. La primera transmisión de Arpanet tuvo lugar entre esos días. Eso que después llamaríamos internet y hoy casi no nombramos. El futuro es un estado de ánimo. Pienso mientras viajo a mis seis años en un “triple siete” de Alitalia anunciado a Roma. Butaca 36J. Pasillo de emergencia. Pagué un extra para que mis piernas viajaran un poco más cómodas y algo más para que mi teléfono no quedara ciego y mudo. Las azafatas de Braniff cubrían sus cabezas con globos de plástico como los que usaban Los Supersónicos de Hannah y Barbera para que las turbinas no arruinaran sus peinados mientras desfilaban por las pistas. Los interiores de los aviones de Braniff iban del naranja al ocre y de ahí al violeta y al verde como los cerros de Humahuaca, las aldeas entre el Sahara y el Congo, los colores que Pierre Cardin o Yves Saint Laurent llevaron de África a París. A mi izquierda un rabino acomoda los nudos de su manto. El personal de cabina de Alitalia ha vivido los años dorados del jet set. Aclaración para los sub cuarenta: así se llamaba a la farándula internacional en aquellos años de vasos de cristal, servilletas de tela y cubiertos de metal a bordo. Dos de cada tres azafatas llevan canas con el mismo orgullo con que los DC10 llevaban sus fuselajes de aluminio pulido. Los comisarios de a bordo lucen panzas encorsetadas en chalecos rojos como el Chianti. Tengo seis años otra vez. Una de las azafatas es un clon de mi abuela. La que me sirve el yerbeado mientras recorto los aviones de colores que sueño para mi futuro. Pelo corto gris lata. Cuando la acompañaba a la peluquería, metía la cabeza en una turbina y me miraba a través de una pantalla de plástico. Ojos gris acero. Viajar es un estado de ánimo. El rabino se cierra el sobretodo y apoya su libro sagrado sobre el saliente de la puerta que ahora es su muro. El sonido de la turbina y el murmullo del rezo hablan el mismo idioma. Soplos de aire caliente. Tengo veintidós años. Todavía se puede fumar en los aviones. Las tazas y las cucharas ya son de plástico. Los uniformes de los aeroplanos parecen papeles membretados y la pintura de las azafatas se ha lavado con el paso del tiempo. Mi primer vuelo no se parece en nada al que soñaba de pibe. En las jorobas de los 747 de la TWA había bares con pianos. Aparecían en los avisos de la revista Gente y en una serie que pasaba Canal 12 y se llamaba Las aeromozas. Algo así como El crucero del amor pero con alas. Un viejo chiste de tripulantes dice que los uniformes de las azafatas en las épocas de gloria eran tan diminutos que usaban biquinis para cubrirse. En los A380 de los árabes hay camarotes y pijamas de seda, pero mi bolsillo no da la talla y ya no tengo muchos sueños. Las cabinas de los fuselajes anchos tienen espacio para todo menos para las piernas y la sofisticación. Una cabina en la madrugada se ve igual que después de un accidente. Cuerpos en posturas imposibles. Mantas retorcidas. Abrigos, envases, mochilas, papeles, migas y almohadas en el suelo. Tengo cuarenta y cinco años. El rabino duerme y un par de bebés no. Escucho un disco que lleva por nombre el número de la habitación de hotel donde murió Howard Hughes, el primer magnate de la aviación comercial. Los primeros versos advierten que hay que mantenerse alejado del frigobar. Comienzo a acostumbrarme a trabajar a bordo. Mi cuerpo viaja hacia Italia y mi mente diez años más allá. Escribo un informe sobre rutas aéreas. En la próxima década habrá el doble de aeronaves en el mundo y la cantidad de pasajeros se multiplicará por tres. Mi hija menor tiene seis. Le gusta mirar las estrellas con su telescopio. Sabe el nombre de muchas. La imagino sonriendo desde una burbuja de plástico.

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