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Cuaderno de viaje

Cuaderno de viaje: Enamorado de La Habana

Un clima contradictorio y desconcertante se hace presente, como si fuera una metáfora de la sensación que invade cuando uno llega a Cuba. Con ejemplos y contraejemplos. Un país revolucionario y antirrevolucionario, rico y pobre, libre y oprimido. Lo único que parece no tener peros es el turismo, que sigue creciendo paso a paso. 

Por Pablo Bertorello (Especial).

La Habana, aun con sus miserias, magnetiza. Al menos eso le pasó a este viajero, que no pudo ser indiferente al embrujo del son que se escucha en cada esquina, a las fotos retros ilustradas por autos de los años ´50 y a tantas otras cosas. Por eso, en estas líneas, sin ánimo de aburrir, intentaré explicar el porqué de lo sucedido.

De primera mano, su rostro no necesita artificios ni retoques para ser una fascinante mezcla de colorido escenario, particular estado de ánimo e interesante museo a cielo abierto, donde las cosas y las casas color pastel tienen cierta pátina de irrealidad.

El primer contacto, a través de la ventanilla del transporte, pasa suavemente. Del otro lado del vidrio se ven pintadas, en paredes, las caras del “Che” y de Fidel Castro, edificios tipo soviéticos y largas colas de cubanos esperando la guagua.También mujeres enfundadas en calzas y remeritas apretadas. No importa si son gordas o flacas. Se menean al andar.

En este momento, podría decirse que la capital cubana es una ciudad en ebullición, donde los andamios y las calles levantadas van dejando paso a preciosas zonas de paseo para disfrute no solo de los turistas, sino también de los propios cubanos que, o bien abren negocios como pueden o disfrutan allí de sus momentos de ocio, convirtiendo el centro antiguo en un hervidero de actividad.

Patrimonios cubanos

A los edificios coloniales se suma la rehabilitación de un espectacular patrimonio de arquitectura art déco que recupera el ambiente de los años ´20 a los ´50, aquellos de los clubes de jazz, las estrellas de Hollywood y las visitas de escritores y artistas de todo el continente. 

Del Hotel Nacional muchos hablan como sacándose el sombrero. Y claro, es que éste es insignia del país y monumento nacional. Por él pasaron Frank Sinatra, Winston Churchill, Rita Hayworth, Luiz Inácio “Lula” da Silva y Diego Maradona. También fue el elegido por la mafia para la cumbre mundial de 1946.

En medio de ese escenario que no escatima en contrastes, el calor anima a tomar varios mojitos y daiquiris por día. En general, se preparan bien en todos los bares, pero los que más ganan con estos tragos siguen siendo los que tienen el “sello Hemingway”: La Bodeguita del Medio y el Floridita. 

Viajeros de todo el mundo llegan para seguir el precepto del escritor de El viejo y el mar: “Mi daiquiri en el Floridita y mi mojito en La Bodeguita”. Y mientras se degusta un aperitivo, en cualquier lugar, se escucha música contagiosa. 

Como buenos caribeños, a los jóvenes les gusta el reggaetón, pero el son siempre está. Los cuartetos de música espontánea recorren las calles y los bares y ponen de buen humor a la isla entera. Increíble, pero real. En Cuba, a la música no hay que buscarla, llega sola y no falta nunca. En los paseos por las calles apretadas de la Ciudad Vieja se escuchan charlas de balcón a balcón. O de vereda a verada. Las conversaciones callejeras son parte del viaje.

Charlas, libros y cañonazo

Cuando uno llega a La Habana, los cientos de interrogantes que en general tiene un viajero, se multiplican. Porque además de admirar esa arquitectura fabulosa y nostálgica, uno tiene ganas de saber, de preguntar y de escuchar. De encontrarse con la isla rebelde y única en el mundo. 

Cada pocos metros se esconden historias increíbles y personajes capaces de contarlas con lujo de detalles. A los cubanos les gusta hablar, son educados y también curiosos. La mayoría nunca salió del país, y si bien el acceso a Internet mejoró, todavía sigue siendo muy caro. Entonces, para ellos, los visitantes son una puerta de acceso al mundo.

Por aquí todo el tiempo hay librerías. Algunas son muy chiquitas y otras, para pasarse horas revolviendo libros amarillos y rarezas con olor a viejo. Se consiguen, entre otras, obras completas de José Martí por unos pocos dólares. 

Cada tarde el Malecón es una fija. A simple vista se entiende por qué es una visita obligada para sentir el pulso auténtico de la ciudad que quiere escribir un nuevo capítulo de su historia desde el deshielo. Es el lugar preferido para recibir la brisa marina y esperar el mítico cañonazo de las nueve.

Desde lo alto, desde las terrazas, aparece una ciudad monumental y sin grietas. Pero las fisuras están y generan la sensación de que muchas construcciones penden de un hilo. Imposible abstraerse de algunos espacios que asemejan al blanco de un bombardeo.

Repaso el contador de palabras del Word. Estoy en el límite de las pactadas para esta página y siento que recién se están calentando los motores. Créame, estimado lector: lo dicho es apenas una mínima, ínfima parte del aire que se respira en esta tierra.

Unos días en La Habana no bastan para conocerla, pero sí alcanzan para visualizar las dos caras de la moneda, moverse entre los extremos del péndulo y también, por qué no, para sentirse enamorado.

 

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