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Cuaderno de viaje: Dharamsala, el refugio del Buda en la India

A infinitas horas en tren desde Nueva Delhi y otras tantas en bus, se llega a Himachal Pradesh. En esta región se encuentra la ciudad que ostenta ser, entre otras cosas, la residencia del Dalai Lama.

Por Carlos Chércoles (Especial).

El aroma a café se filtra por las ventanas de un bar de paredes gastadas. Algunas charlas incomprensibles flotan con la fría brisa de la mañana. Subiendo por la empinada calle principal se pueden ver los arrozales centelleando con el brillo del sol, dándole movimiento al paisaje.

Bhagsu Nag es una villa de pocas casas, algunos comercios al estilo de nuestros almacenes de barrio, y varias posadas y restaurantes locales. En ambas orillas del camino se desparraman humildes hogares, algunos ashrams y varios templos, de donde mana una sutil vertiente de cristalinos mantras y tonos musicales. En un rincón bajo un inmenso árbol se aloja el pequeño comercio de un hindú, que con un letrero, orgulloso, proclama: “Aquí vive el inventor del dulce de leche”. Está respaldado por un diploma que certifica, bajo rúbrica y sello, dicha invención por el propietario del negocio. Además de esta curiosidad, sobre la que debatimos durante largo rato, se puede saborear una deliciosa Bhagsu Cake, también fruto de la prodigiosa mente culinaria del inventor, y que recuerda a una tarta Cabsha; ese manjar que, a tanta distancia de alguna profana vaca argentina, se agradece.

Cerca de ahí me hospedo, en una especie de ático de madera sobre una humilde casa, por el que pago la módica suma de 50 rupias; con las únicas desventajas de que el techo de la habitación es más bajo que yo y que es compartida, además, con una familia de cinco o seis roedores de buen tamaño, que van y vienen por una tela que separa la cama del techo. Con la intención de mitigar las contrariedades de mi nuevo refugio, improviso algunas notas en una flauta de bambú, pero contrario a calmar los mamíferos, parece enloquecerlos. Por las noches, sin embargo, utilizo la flauta para golpear la tela y así espantarlos del lado de mi cabeza.

A infinitas horas en tren desde Nueva Delhi y otras tantas en bus, se llega al distrito de Himachal Pradesh. Este estado se encuentra al noroeste de la India, en las estribaciones del Himalaya, al borde de la golpeada Cachemira y colindando con el suroeste de la China. En esta región se encuentra Dharamsala, una ciudad que ostenta ser, entre otras cosas, la residencia del Dalai Lama.

El nombre Dharamsala significa “refugio espiritual”, traducción aproximada del hindi, ya que no tiene un equivalente en idiomas occidentales. La ciudad fue bautizada así mucho antes de que en 1958 el décimo cuarto Dalai Lama cruzara la cordillera del Himalaya desde Lhasa, la capital del Tíbet, para encontrar un hogar donde el gobierno no atentara contra su vida ni la de su pueblo.

Hacia el norte de la ciudad se encuentra la villa de Mc Leod Ganj y desde ahí, a poco menos de una hora a pie, hacia las montañas, se halla mi hogar. El camino desde Baghsu Nag a Mc Leod desciende como una serpiente las montañas, que a esa altura dejan de ser los escarpados gigantes cubiertos de nieve eterna para dar paso a benévolas colinas cubiertas de un frondoso bosque de coníferas y cedros del Himalaya. La hora de caminata vuela entre el paisaje y la guerra. Sí, la guerra. Una suerte de combate que se desata entre humanos y monos por la comida que abunda en los bolsos de los caminantes. Una mañana, pude presenciar el momento en que un monje se liberaba de su voto de no violencia al perder su almuerzo a manos de un astuto primate.

Es la madrugada del 6 de julio, y la mañana no se ha posado aún sobre las altas montañas. Comienzo a caminar hacia la villa de Mc Leod Ganj, ya que en homenaje al natalicio de su santidad, se celebran seis días de enseñanzas y principios fundamentales del budismo tibetano (tántrico). 

Llego antes del alba y, en el templo principal, me invade el dulce perfume de inmarcesibles flores de loto que recorre el ambiente. La dorada figura del Buda posa su mirada en la gran sala, con la vista atenta al interior y su sonrisa que invita a una sensación de paz y tranquilidad. Cientos de monjes y laicos, sedientos de sabiduría, contemplan el altar y esperan con sus lápices en mano las instrucciones de la reencarnación de Avalokiteshvara, la diosa de la compasión.

Yo encuentro un lugar en el piso en medio de la gran galería principal. Los techos son altos y adornados con miles de figuras que ilustran desde las primeras vidas del Buda a demonios del mundo intermedio. A mi lado, un abstraído monje lee un cuaderno manuscrito. Me mira y señala a un grupo de personas que parece discutir sobre unos viejos textos, se vuelve y me dice, “el conocimiento limita la creatividad”. Afuera, una fina llovizna empieza a humedecer las tejas de las dependencias del templo, mientras algunos prevenidos paraguas trepan por la escalera principal. El aire de las montañas es fresco y el sol aún no ha despertado totalmente de su sueño.

A mi derecha, un joven guardia mira preocupado su reloj de pulsera. Levanta la mirada y ve a la multitud que ingresa tranquilamente al templo. Con un gesto de inquietud, recorre con la vista a los policías indios, ubicados en distintos sectores del recinto, aguardando la llegada del anfitrión. Llevan la cabeza cubierta por turbantes naranjas y el rostro velado tras un enorme bigote. De sus  hombros, una correa sujeta lo que parecen ser antiguos rifles británicos. Los guardias tibetanos no llevan armas de ningún tipo, lo que llama mi atención. Luego pude enterarme que aquella es la guardia personal del Dalai Lama y que las armas son sus mismos cuerpos. A un lado del altar se encuentran los monjes locales. Ataviados con túnicas color ciruela, esperan sin esperar, sentados en posición de loto con la palma izquierda sobre la derecha, ambas posadas en el regazo.

Frente al altar, una comitiva de budistas recién llegados de Hong Kong mira vehemente los thangkas o pinturas sagradas que cuelgan del techo. Cerca del altar, del lado izquierdo, un pequeño escritorio con viejos libros y una lámpara espera al traductor oficial de su santidad. 

Dos monjes sonrientes reparten té de leche de yak y tsampa. Con una enorme pava de metal llenan los recipientes de la gente que se apura a beberlo antes de que se convierta en mantequilla.

Tras el sonido de unas campanadas, seguido del más completo silencio, Tensin Gyatso aparece en la gran sala y sube al pequeño altar. Muy lentamente y con una amplia sonrisa, recorre con la vista el recinto, sus ojos divertidos resplandecen del otro lado de sus clásicos lentes. Suavemente, pero con voz profunda y vigorosa, comienza a entonar el mantra de la salvación “Om Mani Padme Hum”. Los días de enseñanza acaban de nacer y las palabras comienzan a retumbar en los rincones del templo con el implacable sonido de la sabiduría.

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