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Cuaderno de Viaje: Cuatro días de Carnaval

El segundo fin de semana de febrero en Jujuy tiene una sola palabra clave: Carnaval.

Llegar a San Salvador de Jujuy tiene un componente de sorpresa que mucho tiene que ver con el color. Camino a la puna, al corazón de la Quebrada de Humahuaca, cualquiera podría creer que los tonos ocre y rojizo serían comunes apenas unos kilómetros antes. Pero previo al paisaje árido de matices pasteles, en la zona en la que convergen el río Grande y el Xibi (uno de sus afluentes), aparece San Salvador: “la tacita de plata”.

Rodeada de selva montañosa (yunga) y cadenas de cerros, la ciudad está poblada por árboles y un follaje con altos valores de verdes oscuros. El impacto de ese color se extiende en sus diferentes áreas, desde las zonas cercanas a la costanera hasta barrios como Los Perales, plantados en plena montaña. Basta con elevar la mirada hacia cualquiera de los puntos cardinales para encontrarse con el horizonte atravesado por un cordón de sierra, con tanto de morro carioca como de paisaje andino. Se mire hacia donde se mire.

Sacar el diablo

El segundo fin de semana de febrero tiene una sola palabra clave: Carnaval. Jujuy es el epicentro de la celebración norteña por excelencia y el movimiento de turistas en San Salvador resulta evidente, más allá de una ocupación hotelera que amaga con dejar a la intemperie a aquellos viajeros que decidieron emprender camino a último momento. Purmamarca, Tilcara y Humahuaca son los destinos más buscados, por eso no sorprende la caravana interminable de autos en la mañana del sábado, justo cuando el desentierro del diablo carnavalero tiene lugar en diferentes puntos de la provincia. Algunos lugareños calculan que un viaje que debería demorar una hora y media termina siendo de cuatro o cinco.

Me toca ser testigo de la ceremonia en Lozano, pequeña localidad al norte de la capital y sede del anfiteatro de la Niña Yolanda. Aunque tenga nombre de personaje mítico, se trata de una referente de la zona que supo cobijar a las grandes figuras del folklore del último siglo y también a muchos otros cantores que han quedado en la memoria de unos pocos. Allí, cada año, se recuerda su nacimiento y la música es el condimento fundamental del festejo. Allí, también, la famosa Zamba de Lozano, escrita por el Cuchi Leguizamón y Manuel Castilla, nació entre medio de árboles tan altos como rascacielos.

Más allá de la oleada de desinhibición que supone el Carnaval, el desentierro permite ver el costado más tradicional y ritual de la festividad. En ese punto se mezclan costumbres milenarias con adaptaciones modernas. El talco y la nieve artificial cubren los rostros y las ropas, y las hojas de albahaca adornan las orejas de solteros (a la izquierda) y comprometidos (a la derecha). Los sombreros en forma de hongo y las sayas y los huaynos ambientan la espera. La “vacuna” (bebida alcohólica fermentada durante varios días) se bebe de un solo trago y, cuando nadie lo espera, las comadres se encargan de sacar el diablo y de ofrendarle los frutos de la cosecha. Niños y no tanto revolotean entre el humo de colores y los cantos. El Carnaval es un hecho cultural que atraviesa todo.

Sabor jujeño

Las callecitas del centro de la ciudad están vacías durante casi todo el fin de semana. Apenas algunos bares y restaurantes le hacen frente a la parsimonia del feriado. Vale la pena porque por estos días se multiplican las caras “gringas”, las miradas europeas y las palabras en italiano, francés, inglés o alemán en cada esquina. Viracocha, un comedor tradicional de la calle Independencia, espera paciente a cinco cuadras de la plaza Belgrano, punto neurálgico de San Salvador. Allí los sabores del norte congregan a jujeños, argentinos de todas las provincias y muchos extranjeros que buscan la quintaesencia de la cocina de la puna.

Los tamales, la humita y las empanadas son marca registrada y una puerta abierta al paladar andino. Para los más aventureros, también se pueden probar platos como el picante de llama, con quínoa (producto regional estrella) y la frescura de la cebolla morada, el tomate y el perejil. Aunque probablemente haya pocas cosas más jujeñas que un buen puñado de hojas de coca para mascar y atesorar en la boca como reserva energética. Durante los días del Carnaval, esa costumbre se vuelve todavía más omnipresente. Son cuatro (o más) jornadas de celebración errante y nadie se quiere perder algunas de las tantas fiestas que se pueden encontrar aquí, allá y en todas partes. Sea cual sea la elección, cualquier ocasión será buena para volver a cantar: “Viva Jujuy, viva la puna, viva mi amada / Viva los cerros pintarrajeados de mi quebrada”.