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Córdoba, la de Andalucía

La Córdoba primera, la de Andalucía, es tan antigua que lo ha visto todo; incluso aquello que aún no sucedió. Esta no es una guía de mesas y camas con tarifas y estrellas: es un espejo deformado. Similitudes y diferencias entre aquella y la nuestra.

Por Gastón Ribba (Especial).

El AVE no es un tren. Es una alfombra voladora a ras del suelo. La meseta castellana queda atrás a casi trescientos por hora para transformarse en el filo mellado de la Sierra Morena. A una hora cuarenta y cinco de Madrid, espera la ciudad que en la Alta Edad Media Baja fuera el equivalente de Nueva York, Berlín, Londres, París, Beijing y Tokio en conjunto. Tal vez suene exagerado, pero es un relato andaluz y en esa tierra íbera, fenicia, romana, goda y moruna, nada y todo es desmesurado.

Los cordobeses de acá conocemos poco la Córdoba de allá. Hace unos años, este cronista escribió la historia de la fundación de nuestra Córdoba y cantó en pocas palabras a aquella: “Allí el rabino, el imán, el patriarca y el obispo convivían con el médico, el brujo, el poeta, la odalisca y el alquimista, hasta la espada en cruz de Isabel y Fernando. Allí la guitarra tomó la forma que conocemos, la medicina se atrevió a los órganos y extirpó las supersticiones, los números comenzaron a dibujarse, sinuosos como dagas, tal como los hacemos hoy”. 

La capital del Emirato de al-Ándalus, entre los siglos VIII y X, fue el crisol de civismo, ciencia y técnica donde los sabios traducían a los grandes griegos; operaban con anestesia; canalizaban el río Guadalquivir para mayor gloria de olivos, vides y frutales; y mantenían a una población de un millón de habitantes con desagües, agua corriente y otros avances impensables en los feudos europeos. Se comulgaba la tolerancia; se enseñaban y se aprendían lenguas y costumbres venidas desde las cuatro esquinas de un mundo plano que comenzaba a curvarse.

El zoco de la medina, con su judería y su mezquita y su alcázar y su puente romano y su calahorra, acojona. Otra palabra no aplica. Entre ellos se enzarza hoy una ciudad moderna pero provinciana, culta como la que más y campechana, gentil y pagada de sí, de su pasado de cuero y plata. El cordobán, el cuero flexible como la seda que se usaba para que las leyes imperiales de todas las cortes fueran escritas para desafiar al tiempo, que todo lo roe, fue bautizado en su honor. La plata que llovía sobre Cádiz y Sevilla desde el Potosí se transformaba en alhajas en sus orfebrerías.

Industriosa y doctoral, capaz de manifestaciones de fe monumentales y pasionales hasta el exabrupto. Universal, tolerante y cerrada como las celosías y rejas que velan sus ventanas para que el exterior no entre en los patios. Sólo pasa la luz. Seguramente, el lector ya encontró puntos de contacto con nuestra Córdoba, sin necesidad de guía o mapa.

Todo cordobés debería caminar la Córdoba vieja una vez. Cordobeses de acá, de las “córdobas” y “córdovas” de Canadá, Alaska, Chile, México o Colombia. Este cronista apuesta a que nos une un hilo de plata, flexible y recio como trenza de cuero. Eso que algunos llaman altivez, y otros, orgullo.

VERSUS. Córdoba versus Córdoba.

Las mil y una córdobas

Este cronista no sabe guiar. Se extravía en su propia casa y eso, para un viajero, puede ser maldición o bendición. El lector encontrará direcciones, mapas y consejos a golpe de Google; así que, a lo importante. 

Primera noche en el casco histórico. Termino mi cena y decido adentrarme en el laberinto más allá de la Puerta de Almodóvar. Las raíces de Córdoba se hunden en el cielo. Callejas cuyos bordes pueden tocarse a brazo extendido entre muros que ahogan. Allí, los matadores del futuro aprenden a esquivar cuernos sacándole el cuerpo a los retrovisores de los autos. Balcones con geranios y palmas secas de las Pascuas por todo lo alto. En Córdoba, todas las fotos son verticales. La línea recta sólo está presente en los frisos y azulejos de los templos musulmanes. 

Escucho un sonido como de carro sobre la “chinería”, el empedrado de cantos rodados enfilados en geometría. A la luz de las farolas, el traqueteo retumba como un carro de caballos andaluces en el pasillo vacío. Una fila de turistas sajones cruza en procesión, embutidos en capuchas y gorras para defenderse de la ola polar que por esta época visita la tierra del sol. Los rostros van hundidos en las pantallas de sus teléfonos: parecen monjes de la “orden del viajar para encontrarse a uno mismo” con candiles GPS entre las manos. El ruido de cascos resulta ser el de las ruedas de un contenedor de residuos arrastrado por una empleada del Ayuntamiento.

Entre las murallas que separan aquella Córdoba vieja de la nueva, la magia acecha en cualquier resquicio. Paredes de arena. Uno pasa la mano y se queda con granos de tiempo entre los dedos. Hay naranjos hasta donde alcanza la vista. Millones de naranjas iluminan como soles la noche más negra. Tejados de cerámica azul entre palmeras. Estatuas de sabios que sonríen desde los siglos a relumbre de semáforos y neones (Séneca susurra al firmante que uno es dueño del tiempo sólo un segundo). El agua canta y llama a la oración desde los cántaros de los patios, las fuentes y los canales. En las estufas, olor a leña de olivo y a comino y a menta y a té y albahaca y romero. 

Las camareras te ponen un “fino en rama” y te llaman “tesoro mío”, o este escriba encontró a la única. Las cordobesas te miran hasta los huesos, o las pocas que lo hacen se cruzaron con quien firma. Ojos negros. Almendras de roca. Como las chinas del pavimento.

Córdoba limita al este con Córdoba

Air Europa vía Asunción une nuestro Arco con la Puerta de Alcalá. Pronto habrá noticias excelentes para los interesados en hacer cabeza de playa en Córdoba para seguir hacia la Alhambra, el Generalife y otros tesoros andaluces. De “Madriz” a los “verdes mares” de las suaves colinas es un ratito en esa alfombra voladora disfrazada de tren. Tierra blanca cruzada por franjas de olivos centenarios. Toda la campiña parece la casaca del Betis o el Córdoba Fútbol Club.

La mejor época es la segunda quincena de mayo, a salvo del verano sahariano y los cierzos del invierno. No verá naranjas pero olerá azahares y jazmines. Los patios abren sus puertas en todo su esplendor; reserve entrada pero no permita que le cobren el ticket. 

No deje de visitar las Caballerizas Reales; los Pura Raza Española son los caballos más lindos del mundo y bailan sevillanas que da gusto. El Museo Arqueológico está construido sobre los restos de un teatro romano y condensa, en pocos mármoles, las raíces de la civilización occidental. La Judería brilla de día y de noche con sus tiendas de regalos, joyas, cueros y tablaos.

En toda España se come como en el Paraíso, pero en Córdoba aperitivos y sobremesas se extienden y el paseo digestivo se hace en la máquina del tiempo. Si extraña las milanesas, pida flamenquines, bifes enrollados sobre jamón del bueno, empanados y fritos. Si echa de menos el bife de chorizo, el lomo de buey repara y con el cochinillo uno lo olvida. Más sobre la gastronomía cordobesa en voydeviaje.com.ar.

Esto ya lo viví

Córdoba ha vivido el esplendor y la decadencia, la luz y la sombra, la pluralidad y la persecución religiosa. Córdoba fue el eje del globo y su barriada más lejana, la capital del mundo plano y la puerta de entrada al redondo. Fue en el Alcázar de los Reyes Cristianos donde Cristóbal paró el huevo. Entre restos de Roma, el mundo árabe floreció alimentado por la filosofía helénica, la tradición y los libros de Judea, las especias de Asia y los metales del Nuevo Mundo.

Córdoba ha vivido lo que queremos para nuestros hijos: la pluralidad, el consenso, el respeto y el aprendizaje entre culturas aparentemente antagónicas. Ha producido belleza y nos ha legado avances y enseñanzas. Hoy, cuando todo lo árabe deja sabor metálico en la boca y la palabra muro oscurece los cielos como la Sierra Morena al caer el sol, es un buen plan visitar el jardín donde hace doce siglos floreció una Córdoba del mañana.

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