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Cómo es nadar entre los temibles tiburones blancos

Durante 30 minutos, una excursión acuática en las cercanías de Mossel Bay, Sudáfrica, permite estar en contacto con los famosos tiburones blancos. 

Por Marcelo López (Especial).

Antes de salir, antes de subir al avión… diría, para ser honesto, antes de todo eso y cuando decidimos ir a Sudáfrica nos propusimos con unos amigos “bucear con tiburones blancos”. Tras llegar al país africano, después de Ciudad del Cabo, pasamos a la Ruta Jardín, un camino que va de la misma Ciudad del Cabo hasta Puerto Elizabeth, bordeando el océano Índico. 

En ese trayecto nos detuvimos en Mossel Bay. Al igual que casi todo el sur de Sudáfrica, incluyendo a Ciudad del Cabo, este lugar está alejado de la imagen que uno tiene, en general, de África. La mezcla de historia inglesa con holandesa hace que el ambiente se parezca mucho a un pedazo de Europa.

DATOS ÚTILES. Información útil para conocer Ciudad del Cabo.

Mossel Bay es pequeña, sumamente tranquila y prolija. Está asentada en una diminuta península. Esta ciudad portuaria y turística es uno de los lugares más accesibles y cercanos a Seal Island, sitio conocido por la importante presencia de tiburones blancos. 

En busca de aletas

Existe un sinnúmero de operadores que ofrecen el buceo con el único great white shark, en español el “tiburón blanco”. Sin embargo, es importante reservar antes por una cuestión de cupos. Así lo hicimos. Al día siguiente, nos pasaron a buscar por el hotel para llevarnos al puerto. Cuando llegamos, temprano, completamos la ficha personal, firmamos la indemnidad para la empresa en caso de accidente o ataque del famoso tiburón y nos invitaron con un sencillo desayuno, mientras empezamos a esperar por el resto de los pasajeros. 

Cuando se completó el cupo, nos dieron una concisa charla de seguridad y partimos al barco. El viaje hasta el punto de encuentro con los tiburones demandó unos 15 minutos. Luego, la tripulación tiró el ancla. Nos entregaron nuestros trajes de neopreno y máscaras para que estuviéramos listos. 

Mientras nos cambiábamos, parte de la tripulación se dedicaba a tirar por la borda cantidades increíbles y nauseabundas de cabezas de pescado, entrañas, órganos, escamas y sangre. Este cebo no se hunde y forma una “película” que flota y se traslada según el día, “buscando” de alguna forma a los tiburones cercanos. 

Cara a cara

El capitán dijo: “Se puede tardar entre dos minutos y dos horas para que un tiburón se acerque lo suficiente, o puede que no se acerquen nunca”. Pasaron más de 45 minutos en los que comenzamos a creer que el viaje fracasaría, hasta que en un momento los gritos y los alaridos de todos arriba del barco nos indicaron que algo se estaba acercando. 

A unos 40 ó 50 metros se alzaba una de esas aletas de película de color gris oscuro, de aspecto suave y cortando el agua en dirección a nosotros. La calma desesperanzada pasó a locura y vértigo. Entonces, la tripulación sacó la caja de acero ubicada al costado del barco para sumergirla en el mar. La jaula quedó dentro del agua casi completamente, excepto por su parte superior, donde está la entrada. 

Sin dudarlo, nos abalanzamos hacia la jaula y fuimos los primeros en ingresar al agua helada. La adrenalina coloniza el cuerpo y todo se reduce a tomar aire y empujar con los brazos para hundirse. El agua verdosa tardó un segundo en aparecer y ante las tinieblas insondables del mar surgió un tiburón de un tamaño descomunal. Nunca había visto un animal tan majestuoso y tan grande a la vez. 

El tiburón tenía el tamaño de un auto mediano (más de cinco metros) y la elegancia de un modelo de Dior. Se paseó un par de veces frente a nosotros buscando los trozos de carnada que le seguían tirando desde la cubierta. Con el corazón a mil revoluciones, casi nos olvidamos de respirar. 

El espectáculo es sobrecogedor porque, en general, el tiburón se acerca bastante. Como la carnada flotaba y se movía, una hembra chocó la jaula en la que estábamos un par de veces. Lo hizo con la cola y una vez con la nariz. Al salir del agua, uno de mis amigos comenzó a gritar “¡lo toqué, lo toqué!”, una afirmación difícil de comprobar pero que quedará como leyenda de este viaje.

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