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Cuaderno de viaje

¿Cómo es la experiencia de dormir en un volcán?

Un relato en la primera persona de una estadía en el Pululahua, en Ecuador. Vegetación tropical, senderos estrechos y ancianos que cuentan leyendas.

Por Carlos Chércoles (Especial).

Como un personaje prófugo de la mente de Julio Verne, desde la cima del volcán Pululahua (Ecuador), atónito y sobre los restos de la gran chimenea, observo algunas casas rodeadas de verdes rectángulos saturados de sembradíos y varios domos, como el mítico Pan de Azúcar, que recuerda al famoso cerro carioca pero es más pequeño.

En un momento lejano de nuestra historia, la furia de una gigantesca erupción destrozó la cima del volcán e hizo volar su chimenea por los aires. Hoy, esos trozos de montaña yacen regados dentro del enorme cráter, y una manta de densa vegetación tropical, que es alimentada por una infinidad de minerales volcánicos, recubre sus figuras, veladas a su vez por una fina bruma que huele a un mar no muy distante.

Un estrecho sendero se retuerce desde la cima y se pierde en las fauces del cráter. Por él, observo el ascenso cansino y lento de una mula, con el lomo cargado con frutas y verduras, seguida de cerca por un octogenario que la azuza pacientemente con una vara de madera. 

La huella descendente está cubierta por rocas volcánicas con sus prismas centellando al sol. Innumerables fisuras, por donde discurren vertientes cristalinas, hieren la senda. A medida que voy bajando, la pared comienza a crecer deteniendo los rayos de luz; a mi izquierda, un precipicio cubierto por frondosos arbustos insinúa el camino restante hasta la base. 

Llevo más de una hora caminando cuando encuentro a un lugareño sentado en una piedra al borde del abismo. El tiempo está detenido en su mirada y sus ojos vagan perdidos por la oscura ladera del frente. Su imagen en sepia parece más una fugitiva fotografía del pasado que un producto de la realidad. Con un ademán, me invita a sentarme a su lado. Aprovecho el descanso para tomar agua; el calor y la humedad que vienen tras de mí se me pegan al cuerpo como una lámina de plástico. Compartimos en silencio el mismo horizonte y luego me revela algunas historias de un volcán con temperamento nostálgico; historias que ilustran un nuevo lienzo de mis recuerdos.

La leyenda

El anciano cuenta que, en la época en la que todavía habitaban los tsáchilas, un viejo brujo bautizó al volcán con el nombre de Pululahua, que en lengua tsafiki significa “que produce nostalgia”. En aquel ritual, el chamán convenció a los dioses paganos para que ahuyentaran las enfermedades que azotaban a su comunidad y, a cambio, estos dejaron caer dentro del cráter una nube cargada de nostalgia que se propagó por todo su interior. 

Con los años, un médico se instaló en la base para atender las necesidades de la comunidad. Esperó durante décadas la visita de algún paciente. El tiempo y su ilusión se fundieron en un cielo cada vez más lejano. Una mañana decidió trepar a la cima y, con una salud de hierro pero con el alma corroída por la melancolía, desapareció en la superficie; aunque algunos aseguran que aún hoy visita las laderas del volcán donde se sienta a esperar la esquiva muerte. 

Algo confuso, me despido y continúo descendiendo. Tras varias horas de caminata llego a la base. Enormes plantaciones con los colores del arcoíris, enmarcadas por árboles frutales que rebozan de vida, se tiñen con las notas malvas y rojizas del atardecer. Algunos animales que están paciendo vuelven la cabeza al verme pasar.

Detrás de un gran árbol de prominentes raíces hay un letrero que me indica el lugar donde voy a pasar la noche. La habitación es oscura y el piso de madera cruje tras mis pasos. Una pequeña pero confortable cama, repleta de mantas, revela madrugadas frías. Detrás de las cortinas la noche es espesa y el cielo está oculto tras una gruesa capa de nubes. El silencio, amo del lugar, es desgarrado de vez en cuando con el aullido de algún animal. 

Dentro del cráter

La noche vuela al galope del cansancio. De día, me despierta el golpeteo de unas mariposas en el empañado vidrio de la ventana. El cielo, diáfano, se viste de un celeste profundo y brillante, cargado de luz. Plantas de todas formas y tamaños parecen agradecer la abundancia de sol. Un perro se acerca moviendo la cola y me siento en el umbral a acariciarlo mientras aprecio la maravillosa alborada. Después de un glorioso desayuno, salgo a caminar acompañado del amistoso animal.

La mañana se deshace entre el abanico de verdes y las enormes hojas que aún gotean el rocío de la noche. Camino hasta uno de los domos principales, donde las aguas que lo rodean arden burbujeantes por el calor de las entrañas de la Tierra. Sumerjo mi mano en el agua y siento la temperatura y el pulso que emanan de nuestra enorme piedra flotante; siento su sangre, silenciosa, paciente, dolorida.

En medio de la selva encuentro una familia construyendo su casa. Me siento a conversar con la mujer mientras un niño rubio, desnudo y con la cara manchada de tierra se acerca tropezando. Ella cuenta que cada varias décadas, una pequeña erupción de lava arrasa con alguna casa, algún animal o incluso familias enteras. Ante la obviedad de que a ella no le preocupan esos desafortunados eventos, le pregunto por el motivo que la impulsa a vivir en ese lugar. Con una sonrisa, me explica que en el Pululahua las personas viven sin pensar en cataclismos. Son parte del volcán; respiran con él, viven su presente, cosechan sus verduras orgánicas y cuidan sus pocos rebaños; no temen por robos, asesinatos ni enfermedades. Al contrario, se descansa plácidamente por las noches, sin ruidos, sin noticias sobre política ni economía y sin pensamientos más que los fugaces sueños de un mañana parecido al ayer, pero con colores y sonidos sutilmente diferentes.

Ellos viven así, inmersos en la abundancia de lo natural y la simpleza de lo efímero, con días brillantes y noches oscuras, con el canto de pájaros libres y el sabor de tomates deliciosos, en la perfecta relatividad del tiempo y el espacio, entreviendo, muy de vez en cuando, que un inadvertido pero inevitable día, un estornudo de la vieja montaña puede engullirlos con el fuego de su vientre.

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