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Ciudades

Colombia entre casas de colores y palmeras eternas

Salento es un pueblo pintoresco que forma parte del Eje Cafetero. En los alrededores se puede conocer el Valle de Cocora, con árboles de hasta 60 metros.

Por José Santiago (Especial).

Salento pueden ser siete letras, un nombre propio, el pueblo con casita de colores. Contemplarlo desde el mirador El Alto de la Cruz implica estar en silencio a la espera de palabras que expliquen su magnetismo. Pero a la magia hay que vivirla, y adivinar el truco de su encanto es perder el tiempo.

En el departamento de Quindío –a 300 kilómetros de Bogotá, la capital colombiana– aparece dicho municipio. Aquí el tiempo transcurre lento. Sus habitantes saludan en cada esquina con sus típicos sombreros blancos y los cafetales crecen en los valles siempre verdes. No en vano este sitio conforma el Eje Cafetero junto con los departamentos de Caldas y Risaralda.

MÁS DATOS. Información útil para disfrutar Salento.

La naturaleza seduce por todos los rincones. En la cordillera central, el clima templado genera calidez y el diamante en bruto no tardó en pulirse y hacerse conocido: existía un pueblo pintoresco con atractivos naturales. El boom turístico hizo que extranjeros ofrecieran hasta el 500% del valor de las casas y fincas del lugar para instalar sus emprendimientos o bien para tener un sitio de descanso. Incluso uno puede dar con personas de Salento que vendieron sus propiedades y después debieron regresar de las grandes urbes –ya sin dólares– y pasaron a ser empleados en nuevos proyectos en muchas de sus ex viviendas.

Caminarlo hasta el final

El Valle de Cocora es uno de los lugares para visitar. En él sobrevive el árbol tradicional de Colombia, denominado palma de cera, con alturas de hasta 60 metros. Dicen las leyendas que allí se esconde el alma de una princesa quimbaya llamada Cocora, que quiere decir “estrella de agua”. Dicen, también, que en la mañana algunos pájaros al trinar cantan por ella porque la extrañan.

La visita comienza al tomar los famosos jeeps de colores –característicos de la zona y usados para el trabajo en cafetales– en la plaza Simón Bolívar. El circuito implica 11 kilómetros de montañas imponentes y bordeando el río Quindío. Convendrá llevar reparo porque la lluvia amenaza seguido, y calzado adecuado para el barro. Algunos eligen recorrerlo a pie y otros, a caballo.

La tonalidad de verdes deja boquiabierto a cualquiera. Aparecen cascadas y una biodiversidad digna de estudios científicos, biológicos y fotografías por montones. La niebla le da un toque aventurero y cada puente colgante desemboca en senderos con vegetación abundante y mariposas de colores. Las palmas de cera –llamadas así porque su tronco rezuma una especie de cera que se usaba para hacer velas– impactan porque parecieran rascar el cielo y uno debe levantar el cuello para verlas hasta el final. Su problema actual radica en la avidez por hacer dinero a costa del turismo, lo cual, junto con la necesidad de obtener más terrenos para cultivar café, la dejaron en extinción. Un plus del tour: adentro hay una reserva de colibrís y estudio de aves y puede tomarse un chocolate caliente con queso y dulce.

El café más suave

Muchos coinciden que en Salento nace el café suave lavado más rico del mundo. Y si bien la apreciación es discutible, una opción recomendada es visitar las fincas para conocer de cerca y en la voz de sus trabajadores el proceso del café desde su cultivo hasta que acaricia las gargantas. Las haciendas –la de Don Elías puede ser una– permiten un recorrido por cada instancia e incluso se puede observar la transformación del grano hasta que se lo muele, muchas veces a mano. Además, relajar allí no tiene precio si al final se degusta una taza bien cargada.

Hace 20 años pocos hablaban de este destino paisa. La mayoría de los nativos eran campesinos y luchaban por una vida digna. El 25 de enero de 1999 un terremoto volteó varias casas y despertó el miedo. Pero después del sacudón todo cambió –como si los locales hubieran desafiado el reto de la naturaleza– y desde entonces empezó a crecer. Tanto que hoy está entre los sitios más visitados del país, y fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 2011.

De vuelta en el pueblo, pasear por la calle Real es puro gozo. En ambas aceras hay restaurantes para degustar truchas servidas con patacones y la arquitectura expone casas antiguas de bahareque, todas muy coloridas, varias de ellas con puertas grandes de madera y los tradicionales balcones que se llevan los elogios.

“Fue como entrar en un cuento de García Márquez. Una magia inexplicable”, le cuenta Romina Decima, docente y viajera argentina, a Voy de Viaje. Quizá ella lo haya entendido: a los lugares así no hay que adivinarles el truco, sino dejarse llevar por ellos sin importar cómo se sale después.

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