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Cuaderno de viaje

Colombia: del río al mar arriba de un gomón

Los estuarios, donde el río se encuentra con el mar, pueden ser lugares mágicos donde confluyen también diferentes personas. Relato de una experiencia en Palomino.

Por Andrea Molina (Especial).

Estuario: accidente geográfico que se produce cuando un río amplio desemboca en el mar, donde el agua dulce se mezcla con el agua salada.

Desde hace un tiempo quería conocer estuarios en el mundo; la palabra misma me resultaba maravillosa. De viaje por Colombia con una amiga, decidimos hacer en Palomino una excursión de tubing, en la que se va por el cauce del río en gomón hasta su desembocadura en el mar.

Con ojotas, bikini y ropa que se podía mojar partimos en su búsqueda. Llegamos a un local sobre la ruta donde se contrataba la excursión; afuera, estacionadas, había muchísimas motitos tipo Zanella esperando. Apenas pagamos, tres chicos se subieron a las motos y las pusieron en marcha, mientras otro nos entregó a cada una su respectivo gomón. 

Arrancamos y nos adentramos en una zona verde y boscosa, un camino de tierra con piedras y árboles altísimos. Disfrutamos el trayecto mientras agarrábamos el gomón con una mano y a nuestro conductor con la otra.

Desde donde nos dejaron, hicimos un pequeño trecho a pie y llegamos al río, que era más grande de lo que había imaginado. Aparentemente, sólo había que colocar el gomón en el agua y sentarse: la corriente haría el resto. Había un grupo de niños que, a cambio de una propina, ayudaba a los viajeros subir y empezar el recorrido. Le dimos a uno el único billete que teníamos y largamos.

A los pocos metros, una especie de remolino nos dejó atascadas en una orilla, pero el niño se metió al agua sin dudar y nos puso en marcha nuevamente. Desde ese momento, decidió acompañarnos durante el resto del viaje, agarrado con sus pequeñas manos al gomón. Se apodaba “Pechuga” y tenía unos 13 años, aunque parecía mucho más chico.

El paisaje era hermoso y tranquilo, y el río, ancho y poco profundo. Tanto así que Pechuga en algunos tramos caminaba en vez de nadar. Fue bueno percatarme de eso, ya que mi gomón estaba pinchado y se iba desinflando de a poco. Pechuga era flaco y moreno, y tenía unos hermosos tatuajes hechos con lapicera. Nos contó que quería volver al colegio pero que ese año no lo habían matriculado. Nos habló de su vida, de su familia y de lo que le gustaba hacer esos días con sus amigos.

En un momento pasamos por debajo de un puente donde había gente lavando ropa en la orilla, y el niño saludó a su tía. Por momentos charlábamos y otras veces nos quedábamos en silencio, disfrutando el paisaje y el viaje por el río. Cuando se nos secaba el cuerpo, Pechuga nos echaba agua. Había una dulzura muy especial en sus modos, su voz y sus palabras. 

Finalmente, luego de una hora y media del calmo recorrido llegamos al mar, donde nos recibió el ruido de las olas. Nos bajamos y dejamos los gomones junto a una pila que, según Pechuga, recogerían esa noche. Ahí, en el punto donde se encuentra el río con el mar, nos despedimos con un abrazo sincero.

Volvimos caminando por la costa. La playa, con palmeras, era bañada por un mar agitado y furioso, muy distante del río tranquilo del que se alimentaba. Me quedé pensando en estos lugares como espacios de encuentro y sitios mágicos de intercambio; como el del río con el mar, como el de Pechuga conmigo.

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