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Chichicastenango, antes del día

La mañana de los domingos comienza en las todavía penumbras de Chichicastenango.

Por Redacción LAVOZ.

La mañana de los domingos comienza en las todavía penumbras de Chichicastenango. Las explosiones de bombas, de factura casera, alertan sobre los movimientos de los cofrades que recuerdan el santo del día a la comunidad, aún entregada al sueño.

Las calles adoquinadas aledañas a la Plaza Central, muestran el ajetreado movimiento de mercaderes que bajan de los cerros y acomodan variopintos artículos de su cosecha: verduras, frutas, semillas, animales vivos, hongos, huevos, leña, máscaras y coloridas artesanías, que van desde abalorios y textiles en telar a cerámicas, cestería y cerería (velas), entre muchos otros.

Esta suerte de ritual secular, que se cumple jueves y domingos, da vida al mercado indígena más importante de Guatemala el que, dicen, casi no registra cambios desde sus albores.

La Plaza Central de la ciudad ubicada a casi 2.000 metros de altura, está flanqueada por dos iglesias católicas.Una es la capilla del Calvario, en la que los k´ichés hacen sus ceremonias alrededor del fuego. Los pisos muestran una espesa capa de cera derretida, que habla del constante  encendido de velas ofrecidas a los dioses.

Al frente, calle de por medio, la iglesia Santo Tomás, del siglo XVI, es un monasterio dominico construido sobre un sitio sagrado k´iché.

El atrio está precedido por una escalinata que se adivina bajo el denso humo del ardiente copal pom (especie de resina en piedra) y numerosas velas.

Con ramas de encinas y de milpa (maíz) llega el grueso de fieles para asistir a la ceremonia religiosa que, mitad en español y mitad en k´iché, ofrece un cura católico en un cabal sincretismo cultural y religioso.

El coro, ubicado frente al altar, convoca con salmos en el suave idioma k´iché y el recinto sagrado es invadido por una atmósfera escapada quizá de la alucinación, por tanto incienso.

La feligresía aborigen es rotundamente mayoritaria y la componen niños, jóvenes y adultos de edad indefinida, con manos y almas curtidas por siglos de despojos e injusticias.

En los bancos laterales del templo hay también “gringos”, turistas norteamericanos, cuya presencia significa entre el 35 y 40 por ciento de la masa de visitantes de Guatemala.

Afuera, la vida bulle en una tenue vocinglería que, sin estridencias, discurre por aromas de comida al fuego, abundantes especias, frutas y verduras, mezclados con incienso.

A pocas cuadras, el arco-puente Gucumatz y las angostas calles muestran el panorama de una ciudad colapsada por coloridos ómnibus y taximotos que a gran velocidad ignoran la serena espiritualidad que reina en  la Plaza Central.

Ceremonias ancestrales. El cerro Turcaj no es uno más de los tantos que rodean a Chichicastenango. Su cima guarda un altar donde chamanes o sacerdotes mayas, celebran ceremonias en honor a Pascual Abaj, dios indígena. Lo hacen comisionados por peticionantes, que buscan intercesión divina para recuperar la salud perdida, mejoras en el trabajo o los favores de un amor esquivo. Se reúnen en torno al sacerdote, quien hace ofrendas de velas de distintos colores, incienso, flores, ramas de árboles resinosos, comidas, bebidas y a veces aves.

Museo y morería. En la base, el Museo Pascual Abaj abre sus puertas a un mundo de máscaras, antiguas vasijas, textiles y otros elementos que hablan de antiguas tradiciones.

A un costado, la Morería de Santo Tomás desde hace más de 120 años tiene la responsabilidad de confeccionar los trajes de moros y las máscaras para la Fiesta de Moros y Cristianos, que cada diciembre, rinde honores a Santo Tomás, patrono de Chichicastenango.

Luiz Ricardo Ignacio forma parte de la dinastía morera, mezcla de sastres y orfebres, que confeccionan los luminosos trajes con vasta pedrería, que lucen en danzas y desfiles los varones ya que las mujeres no tienen participación activa en la celebración.

La larga jornada llena de emociones y el frío por la altura, apuran al descanso.

Chichicastenango tiene dos grandes hoteles: el Santo Tomás, de ambiente colonial con tarifas desde U$S 90 (habitaciones dobles) y U$S 120 las suites, en temporada baja, y el Mayan Inn, que ocupa lo que fue un viejo mesón (almacén) de comienzos del siglo 20. Tras su restauración, fue inaugurado como hotel en 1932 por el norteamericano Alfredo Clark quien luego de trabajar en Panamá y en Costa Rica, se radicó en Guatemala como pionero del turismo.

El antiguo establecimiento muestra a las claras su factura colonial, en muros, techos, aberturas, pisos, mobiliario y patios llenos de vegetación, alegrados por coloridos guacamayos, tan comunes en tierras guatemaltecas.

Un grupo de músicos locales,  con los suaves acordes  de la marimba, instrumento heredado de los esclavos africanos, anuncia la noche en Chichicastenango.

Mozos y conserjes, con los trajes típicos, circulan entre las galerías y el restaurante, unos para atender la cena, otros para recibir o despedir viajeros, ante la atenta mirada del gerente Carlos Keller.

El alojamiento en el Mayan Inn cuesta U$S 109 la habitación simple y U$S 134 la doble.

En este punto del derrotero guatemalteco, uno podría sentir que vivió suficientes emociones, pero desde las entrañas del país centroamericano hay mucho más por recorrer.

Aún quedan, el inmenso lago Atitlán con el temido viento Xocomil; Panajachel y San Juan de la Laguna, algunas de las poblaciones que lo rodean; el Parque Nacional Tikal, testimonio vivo de la cultura maya, declarado por la Unesco Patrimonio Natural y Cultural de la Humanidad, y Antigua Guatemala, en la que el pasado colonial es presente, en las pintorescas callejuelas, museos, conventos e iglesias.

Guatemala es un viaje intenso, lejos de banalidades de otros destinos mundanos. Es un reto a ahondar raíces, las mismas que alguna vez dominaron estos suelos. Es conocer creencias y rituales que conjuran adversidades y es la oportunidad de conocer las raíces de América.

Temas: #Guatemala

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