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Cuaderno de viaje

Campo de concentración de Auschwitz: el hombre, verdugo del hombre

Construido tras la invasión de Polonia por los alemanes, este complejo fue el mayor de los establecidos durante el régimen nazi. Sensaciones, en primera persona, de un recorrido por el lugar. 

Por Candelaria Panadero (Especial).

Caminaron por acá. Víctimas y victimarios. La idea me revolotea incansablemente en la cabeza mientras cruzo de un lado a otro. Todos condenados, sin importar las rayas o no del uniforme. Por una ideología, por un hombre, por la historia.

"El trabajo los hará libre", reza un irónico cartel sobre el ingreso principal. Lo atravieso, todos lo hacemos. El aire se corta, a partir de ahora ya sentimos por otras personas.

"El trabajo los hará libres". Puerta de ingreso a Auschwitz. (Candelaria Panadero)

El ex campo de concentración Auschwitz se ubica a 70 kilómetros de la hermosa ciudad polaca de Cracovia. El sol de pleno invierno, más las cinco capas de ropa que me cubren, no son escudo suficiente para apalear los escasos grados que hacen a media mañana.

El primer edificio oficia de informante. Unas prendas de una fina tela rayada se exponen detrás de una vitrina. “Los uniformes de los reclusos, en verano o invierno, daba igual”, comenta la guía. De pronto, mi vestimenta se convierte en un resguardo inigualable.

Observo las rectangulares construcciones, una al lado de la otra. Las grietas de estos ladrillos han visto la vida esfumarse día tras día. Han sido testigo de cómo miles de miradas se iban apagando y con ellas el sentido de la existencia.

Junto a los uniformes, sobre un pequeño mueble se simula la dieta de los presos. Un insignificante trozo de pan, una taza con agua sucia simulando café –también estaba sucia en aquella época– y un plato con agua que con suerte alguna vez contenía un trozo de carne (vencida) haciéndola llamar sopa.

La cámara de fotos le cedió el puesto a los ojos, y al resto de los sentidos. No es capaz de captar lo que la mente y el corazón intentan entender. Salas colmadas de artículos personales hacen erizar cada centímetro de la piel. Eran despojados de todas sus pertenencias al momento de entrar al complejo, lo último que les quedaba, porque la dignidad se la habían extirpado mucho tiempo atrás.

Han pasado más de 60 años, sin embargo las paredes aún hablan. Olores e historias hacen estremecer hasta la última célula. Cuartos de torturas, paredones de fusilamiento, horcas populares, cámaras de gas, crematorios. Todo orquestado por una mente humana. Mente que alguna vez fue de un pequeño e inocente niño. Mente que, por algún motivo social, mutó a siniestra.

Ruinas del crematorio. El 70% de cada vagón era enviado a los crematorios, mayormente mujeres y niños. (Candelaria Panadero)

En 1945 se intentó borrar toda la atrocidad ocasionada destruyendo las edificaciones. Nada pudo callar la historia. Las ruinas siguen hablando, gritando que esto, ni ningún genocidio, deben ser permitidos.

Hoy vi lágrimas rodar. Las sentí. Se deslizaron por almas desconocidas. Estaban cargadas de impotencia. De interrogantes también. ¿Qué tan lejanas fueron? ¿Hasta dónde es capaz de llegar el humano sin ser juzgado?

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