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Playas

Buzios e Ilha Grande: un combo tentador

A un lado y a otro de Río de Janeiro, dos opciones de playa con naturaleza y glamour para disfrutar lo mejor del litoral brasileño.

Por Graciela Cutuli (Especial).

Al borde del mar, y en el mar mismo, dos estatuas simbolizan la esencia de Buzios. Las dos llevan la firma de la escultora brasileña Christina Motta: el conjunto de pescadores de bronce que recogen sus redes de pesca cerca de la playa Armaçao (la que va desde el muelle de Rua das Pedras hasta el muelle de Porto Velero), sujetos a las mareas; y la que representa a una mujer solitaria de remera a rayas con la vista perdida en el horizonte.

Ella es BB, Brigitte Bardot, la sex symbol francesa de los ’50-’60 que descubrió Buzios gracias a un novio brasileño, y lo puso en el Olimpo de los lugares de moda. Hasta entonces, el pueblo no era más que una aldea desconocida que veía cada mañana y cada tarde la partida y el regreso de los pescadores. Después, fue un ícono turístico. Y le sobra con qué.

 
 
 
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(@voydeviajeok) el18 Dic, 2018 a las 10:02 PST

Península y playas

La Orla Bardot es el paseo costero de Buzios, el que se emprende apenas se desembarca en la ciudad, para dejarse acariciar por la brisa del mar e inundar por su sinfonía de colores y aromas playeros. Y hay para todos los gustos: si en temporada alta la franja que va de la costa a las callecitas céntricas y las playas llega a ser una romería, basta alejarse un poco hacia las orillas más remotas, o elegir épocas menos concurridas, para sentirse dueño de amaneceres y atardeceres exclusivos. 

Buzios ocupa un lugar geográficamente privilegiado, sobre una península extendida a lo largo de ocho kilómetros, declinada en 23 playas y bañada por corrientes cálidas de un lado y frías del otro. Por eso, vale explorar una playa distinta cada día, según se busque viento para hacer windsurf, aguas tranquilas para los chicos o buenas olas para las tablas.

Geribá es una de las más conocidas y la favorita de las celebrities, porque hay buena música, muchos jóvenes, restaurantes y bares que le ponen animación a toda hora. Y sin embargo se está cerca de la tranquilidad: basta tomar el camino que lleva hacia Ferradurinha, una “herradurita” entre las rocas que invita a la intimidad.

Hay más: las playas contiguas de Azeda y Azedinha son dos hermanas románticas y solitarias de aguas verdes y transparentes que hacen olvidar la franja de arena angosta, mientras la de Ferradura es de aguas tranquilas gracias a la protección natural de su ubicación, aunque, si sopla algo de viento, se vuelve perfecta para el stand-up paddle, ese deporte que se está volviendo un nuevo clásico.

Algo más alejada, João Fernandes tienta con agua tranquila (y más tranquila aún en la vecina João Fernandinho), en tanto que la playa de Tartaruga, rodeada de vegetación, es de las más “instagrameables” a la hora de la puesta del sol.

Lo cierto es que, con el disco dorado ya hundido en el mar, habrá que ir a dar un paseo por la Orla Bardot y la Rua das Pedras, el corazón comercial de Buzios, que se extiende a lo largo de unos animados 600 metros donde se suceden negocitos de recuerdos, bares, cafeterías y restaurantes, además de bonitas posadas y hoteles boutique. No muy lejos, la plaza Santos Dumont es la sede de una feria artesanal que también invita a caminar y tentarse.

Paraíso natural

Un buen plan brasileño es combinar Buzios, que está al este de Río, con Ilha Grande, que está al oeste (entre el balneario y la isla hay unos 250 kilómetros). La isla, que suele ser conocida como “el Caribe brasileño”, depende del municipio de Angra dos Reis y tiene “capital” en la pequeña Vila do Abraão.

Están bien lejos los tiempos en que fue hospital y luego prisión: a mediados de los años ’90 se libró de ese destino y se volvió la nueva vedette de los turistas y cruceristas en busca de playas deliciosas como la hoy famosa Lopes Mendes, además de Dois Rios, Aventureiro, Parnaioca, Feiticeira, Saco do Céu, Laguna Azul, Laguna Verde, Araçatiba, Ubatubinha, Abraozinho y Das Palmas.

Pero no se trata sólo de playa, aunque el canto de sirenas de la costa tiente a la mayoría: los territorios montañosos de la isla y la mata atlántica también son dueños de una naturaleza que bien vale descubrir. Sobre todo porque en los senderos y caminos de Ilha Grande se puede andar únicamente a pie o en bicicleta (o bien moverse en lancha y goletas –barcos de madera– de playa en playa), ya que no están permitidos los autos ni otros vehículos a motor.

¿Un plus? En las aguas menos concurridas por los turistas bien se puede salir a nadar y cruzarse con tortugas marinas.

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