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Playas

Bienvenidos al paraíso, Bocas del Toro

Bocas del Toro, al norte del país más angosto de Centroamérica, atesora playas desiertas de arena fina y aguas cristalinas. Corales, delfines y osos perezosos.

Por Guido Piotrkowski (Especial).

“Me pasé una vida entera buscando este lugar”, dice Joan Bergstrom, una de las primeras extranjeras en llegar a Bocas del Toro a fines de los años ’90. Joan lo hizo navegando, desde su Florida natal, en Estados Unidos. Y fue así que construyó Casa Acuario, una posada rústica y chic sobre la playa, en la apacible isla Carenero, con habitaciones con decks sobre pilotes sobre el mar. Un mar cristalino, transparente, turquesa y esmeralda. Un mar Caribe.

Veinte años atrás, el Caribe panameño era una incógnita. Allí, muy cerca de la frontera con Costa Rica, solo vivían los nativos ngobe y los descendientes de los afro-antillanos que llegaron a trabajar en los cultivos de bananas. 

Los albores del nuevo siglo trajeron vientos de cambio a estos islotes indómitos que trascendieron al mundo entre susurros de viajeros. Y así, detrás de Joan, comenzaron a llegar extranjeros ávidos de sitios vírgenes donde empezar una nueva vida. Poco a poco, fueron transformando estas costas donde se entretejen manglares y emergen playas desiertas de arena fina y aguas cristalinas, repletas de corales, peces de colores y delfines. Una tierra donde conviven osos perezosos y monos variopintos. Una tierra que atesora un linaje cultural que se preserva a pesar del turismo.

DATOS. Información útil para viajar a Bocas del Toro.

 

El surf y las playas

“Me quedé en Bocas por el clima, la naturaleza, las olas. Porque había cosas por hacer en desarrollo turístico. Y porque es tranquilo, tal vez demasiado”, afirma Luis Bertone, surfista argentino oriundo de Mar del Plata. Cuando llegó, puso una escuela de surf y enseguida conoció a Penny, una mujer bocatoreña, su pareja y madre de su hija. Juntos montaron el restaurante Bibi’s on the Beach, uno de los mejores del lugar, que regentea Penny. Está ubicado en la playa de Carenero, con vista al mar y deliciosos platos locales.

Los mejores lugares para surfear, según este especialista, son las playas de Carenero, Paunch, Bluff, Playa Larga y Playa Primera. “Considerando que es el Caribe, tiene más de lo que uno espera”, apunta Luis. Son muchas las playas para disfrutar que hay por estas costas. Para conocer los cayos Zapatilla, la mejor alternativa es tomar una excursión de día completo. Avistaje de delfines y osos perezosos en los manglares; snorkel y relax en los cayos. Un día largo entero más que aprovechado.

El resto de las playas son accesibles por cuenta propia. Las más renombradas son Wizard y Red Frog en isla Bastimentos; Bluff y Playa Estrella en isla Colón. A Wizard se llega por un sendero en medio de la jungla, y a mitad de camino está Up in The Hill, un cafecito en la montaña, ideal para hacer un alto en la caminata. Acá sirven jugos naturales, brownies de chocolate y elaboran productos con aceite de coco. Todo de su propia finca.

Para ir a Red Frog, también en Bastimentos, hay que tomar una lancha y luego caminar un sendero donde, con un poco de suerte y buen ojo, se puede ver la famosa rana roja que le da el nombre. La playa es extensa y con buenas olas, a diferencia de Carenero, que se caracteriza por sus piscinas naturales. Para llegar hasta Bluff, una de las mejores para surfear, hay que tomar un taxi en Colón.

[video:https://www.youtube.com/watch?v=5jSHZOcrp9M]

 

Surfear los corales

Alejandro Tello es argentino y su mujer Cloé, francesa. Ambos regentean la posada Isla Chica, en la isla Colón, el corazón del archipiélago de Bocas del Toro, donde está la calle principal con barcitos, boliches y restós. Fueron ellos quienes tomaron la iniciativa del coral surfing, o “surfear los corales”, una actividad novedosa.

Se trata de ir tomado de dos aletas que se mueven independientemente y van amarradas a una soga de la lancha, una forma entretenida de conocer el riquísimo fondo marino, sus arrecifes y peces multicolores. La actividad se puede combinar con snorkel alrededor de un barco hundido y parada en playa Estrella, un itinerario de día completo. “Organizamos la salida en función de lo que nos piden los pasajeros, los grupos siempre son pequeños”, dice Cloé.

Ahora es de noche, el cielo está plagado de estrellas y el mar Caribe, planchado. Me recuesto en mi hamaca, desde donde puedo ver las luces de la isla Colón, la estela de luz de las lanchas que van y vienen, y la Luna creciente. Se acerca Joan, que es tan amable y buena conversadora que uno podría pasarse horas, la noche entera, conversando con esta mujer, apasionada por su lugar en el mundo.

Joan dice que se enamoró de su gente, de su naturaleza indómita, cuando el paraíso bocatorense aún estaba intacto. “La mayoría de mis amigos son nativos e indios, paso mucho tiempo con ellos. Aquí podés vivir con lo que cultivás y pescás. Hay pocos lugares en el mundo donde se puede hacer esto. Los que vienen de afuera piensan que le van a enseñar a los de aquí, y son ellos los que tienen mucho que enseñarnos a los de afuera”, dice, mientras el único sonido que se escucha es de las lanchas que transportan pasajeros, nativos, turistas, ida y vuelta de una isla a otra. “Yo quería reencontrarme con mi niñez, la naturaleza, los nativos, el mar y los animales -recuerda Joan- y cuando llegué a Bocas, supe que era aquí”.

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