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Cuaderno de viaje

Los bailarines en rollers del Central Park

Desde 1978, gente de todas las edades se junta en Dead Road los fines de semana para bailar y patinar.

Por Marcelo López (Especial).

Si puedo elegir día, elijo sábado. Si me permiten, prefiero abril, y, si sigo con chances de ponerme exigente, sol y a media mañana. Con los requerimientos concedidos caminamos por 96th east con dirección a 5th avenue; nos dimos la mirada contra unos árboles enormes que formaban un frente parejo de ramas, verde y sombra y de ahí doblamos por la misma vereda recostada junto a una pared interminable de piedras grises, que juega a marcar la diferencia con la calle que la acecha, para bajar rumbo a 90th street. Ahí se abre la pared vigilante y, como si fuera una entrada al futuro, los caminos se bifurcan en el sentido más concreto. Estamos adentro. Bienvenidos al Central Park de Nueva York.

Elegí abril porque ese mes es otra cosa en Nueva York y en el Central Park. Para ser sinceros, lo es en todo el hemisferio norte, pero a mí no me importa: pueden quedarse con el resto del hemisferio, a mí me dejan con el cherry blossom del Central Park. Si no lo vieron, si no lo vivieron, véanlo, vívanlo: en fotos, en video, en Instagram, en persona o en Discovery, pero no se lo pierdan. El florecimiento de los cerezos es mágico; es una explosión de hermosura atada a cada ramita de un millón de árboles; es estar rodeado de colores suaves, de aromas armoniosos, de belleza y asombro.

Decidí que lo mejor era ir un sábado porque ese día el ritmo es otro: es el de la ciudad que se ha vaciado un poco de la gente que va y viene pasándose el día en un trabajo. Quedamos los que paseamos, los que viven allí y pasan la semana esperando que la ciudad se quede sola y los que no tienen otra opción. El Central Park el sábado es placentero, suave, con gente suficiente y con ruidos que no se escuchaban el viernes.

Vamos, seguimos caminando entre los árboles, entre la gente que pasea, los que leen o escuchan música sentados en los bancos, los que trotan y los que buscan algo, como nosotros. Nosotros buscamos “la foto”, que no es otra que esa que vieron mil veces: la del lago, el bosque y los edificios enormes detrás como rígidos Godzillas. Bajamos por los senderos, por las calles limpísimas, mirando las ardillas, admirando los árboles y descubriendo la gente. Vamos buscando “la foto” porque con una no es suficiente y con dos tampoco. Es como si cada vez que viniéramos necesitáramos esa foto en la que lo único que cambia somos nosotros.

Ya estamos a la altura de 72th street y no hay forma de saberlo a no ser que sigan por 5th avenue o que tengan el GPS encendido, como en nuestro caso. Lentamente la música nos invade: dance, música disco; cada vez más fuerte. Seguimos un poquito más y doblamos a la derecha por Dead Road –así se llama la calle que no está muerta ni cerrada– y unos metros más adelante comenzamos a ver gente, mucha gente, y a escuchar la música más fuerte, cada vez más potente.

Nos vamos acercando hasta que llegamos a un prolijo vallado que cierra la mayor parte de la calle y entonces nos encontramos rodeados de todo tipo de gente: jóvenes, viejos, niños y adolescentes envueltos en una locura de baile, música disco y rollers… sí, rollers. Bailan, patinan, comparten; están disfrazados con sus ropas más comunes; van y vienen al ritmo de un dj que le pone la mejor onda y el combustible exacto para que todos giren y dancen. Para qué negarlo, ya no pudimos irnos. ¿A dónde más podríamos ir? ¿En qué otro lugar nos encontraríamos con algo semejante?

Ahí, hablando con otros espectadores nos enteramos de que hay una asociación de bailarines de rollers del Central Park (no es broma) que desde el año 1978 se reúne en ese pedacito mágico de calle los fines de semana para bailar, girar y divertirse. En cada uno de sus encuentros los acompañan dj’s reconocidos y sus eventos son, sin ninguna duda, diferentes. Ese día quedamos magnetizados por el sonido y conocimos al renombrado dj de Harlem Andre Collins, que le puso color y un ritmo endiablado a personajes que sólo la imaginación puede crear.

Debo confesar que me pidieron que escribiera sobre un paseo por el Central Park pero, como aquella vez en la que no llegué a donde iba, no pude evitar quedarme en el Skating Day de la Central Park Dance Skaters Association de Dead Road. Búsquenlo, en el parque o en la web: cpdsa.org.

En cuanto a “la foto”, quedó para otro día.

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