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Cuaderno de viaje

Bahía de todos los sones

Vivir el carnaval de Bahía, sumergirse en la música y la alegría de quienes bailan te hace vivir una experiencia inolvidable.

Por Natalia Lazzarini (Especial).

Quizás porque nos conecta con nuestro ser primitivo, la música tiene ese poder transportador. Cuando estamos lejos de casa, nos devuelve los recuerdos en los que fuimos felices. Y cuando regresamos, volamos directo y sin escalas hacia ese lugar donde las canciones fueron protagonistas.

Volver a escuchar el tema Catendê de Vinicius de Moraes me regresa hacia el carnaval de Bahía de Todos los Santos, en el norte de Brasil. Para ser más precisa, a la plaza adoquinada de Río Vermelho, el pintoresco barrio de casas de colores donde el escritor Jorge Amado vivió sus últimos años.

Era un febrero en vísperas de carnaval y en la plaza que daba al mar los bahianos tomaban cerveza. El aroma a camarones fritos salía directamente del puesto de doña Diña, en la que la negra de vestido blanco preparaba los más deliciosos acarajés, albóndigas de poroto molido rellenas con frutos de mar.

Cuando las campanas dieron las 12, un grupo de músicos comenzó a congregarse frente a la Iglesia de Santa Ana, situada en el corazón de esa plaza. La mayoría promediaba los 70 pero conservaba su espíritu de niño. Vestían camisetas amarillas con una larga corbata colorada. Estaban disfrazados de payasos. En la cabeza, sombreros de colores escondían canas y calvicies.

Los músicos comenzaron a puntear acordes con las guitarras y luego siguieron con la percusión: tambores, pandeiros y palmas. Continuaron canciones con letras, aquellas que hablan del mar, de su diosa Yemanyá y de la nostalgia que aquí se define con la bonita palabra saudade. Soltando las cervezas y esquivando las mesas, la gente se fue plegando a la banda.

Me sorprendió eso: en Bahía, las plazas son lugares de encuentro. En mi ciudad, en cambio, epicentros de protestas. En unas se bailan sambas. En otras, se esquivan bombas de estruendo. La procesión fue girando alrededor de la iglesia, como en épocas primitivas se daba vueltas al fogón. “¿Por qué lo hacen?”, le pregunté a una señora que cantaba con los brazos en alto. “Porque la intendencia no nos deja cortar la calle”, contestó.

Los músicos aceleraron el pulso castigando los tambores. La intensidad iba en aumento, el ritmo se aceleraba. La gente bailaba extasiada con los ojos cerrados y así se adentraba en los oscilantes estados de ánimo del ser humano. Si el artista se alegraba, el público reía. Si se inquietaba, ellos también. A veces, se improvisaba y eso daba un apetito insaciable por lo impredecible.

La señora, que hasta hacía un rato hablaba conmigo, se puso a llorar. Cuando sonaron las estrofas de la canción Catendê, yo también me transformé. Cerré los ojos y me sumergí en mi mundo. Para entonces, el carnaval ya me había entrado por los oídos. Dio un par de vueltas en el estómago y salió por la piel. Erizándola.

Sin divisiones

El costado más comercial de estos festejos se palpita en tres circuitos distribuidos por toda la ciudad. El de Barra Ondina es el que atraviesa la avenida Oceánica, que también mira al mar. Los artistas pasan cantando arriba de camiones con parlantes llamados trios elétricos.

El lugar desde donde se ve a estos escenarios móviles depende de cuánto se esté dispuesto a pagar. Lo más costoso son los camarotes, balcones de dos pisos con vista preferencial. Una especie de discotecas all inclusive. Adentro, aparecen las más deliciosas comidas. Afuera, el pueblo. También existen los blocos, conformados por la procesión de fanáticos que pasa bailando por la calle portando camisetas coloridas llamadas abadá. Un séquito de guardias los acompaña sosteniendo sogas con las que se separan de quienes no pudieron pagar. Adentro, los privilegiados. Afuera, el pueblo.

La cantante Daniela Mercury comenzó a luchar en 1999 por un carnaval más inclusivo y popular. Luego, le siguieron otros, como Carlinhos Brown. El músico que enseñó a tocar a los chicos de la favela, según consta en el documental El Milagro de Candeal, se sumó a la lucha por la eliminación de las divisiones cuando, en 2006, pasó frente al camarote en el que se encontraba el entonces ministro de Cultura Gilberto Gil y pidió que se acabara con el “apartheid” de la fiesta.

Seis años más tarde, el rey del Candeal prometió pasar sin cuerdas por la avenida Oceánica, justo la noche en que yo estaba allí. Lo estaba esperando. Todo el mundo lo esperaba. En la calle había una mezcla de olores: frutas tropicales, pollo frito y orín. Tres policías aguardaban por un lío que nunca se armó. Y así fue cómo a la una de la madrugada, justo cuando mis ojos comenzaban a cerrarse, el locutor anunció la llegada de Carlinhos Brown.

El negro escultural apareció en su “camarote andante” porque, a diferencia de los demás, cantaba en la calle y no arriba del camión. Estaba desnudo del torso hacia arriba, a excepción de una corona de flores. Vestía un taparrabos con plumas rojas y botas blancas con resortes para rebotar. Una asistente le dictaba las letras, dos travestis hacían el coro y una maestra de ceremonias del candomblé -la religión afroamericana- tiraba pétalos de rosa.

Cuando cantó Garoa (“garúa”) se largó la lluvia. Nadie intentó cubrirse. Es que en Bahía, hombre y entorno conforman una unidad. Si llueve, no importa porque el agua purifica. Y si alguien siente la llamada de la naturaleza, hará lo que deba hacer en la calle misma. Otra vez la música nos unió en un camino sin retorno hacia la aceptación de la diversidad. Y si hubo un “apartheid”, éste fue espiritual. Afuera, los problemas. Adentro, la vida.

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La Voz.