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Cuaderno de viaje

Ámsterdam, el sabor de lo prohibido

La ciudad tiene mucho para sorprenderte. Desde sus casas inclinadas, su historia, sus multicolores tulipanes hasta sus míticos coffee shops. Probar un muffin con ingredientes secretos fue toda una aventura. Para recomendar, los tours gratuitos a pie que presentan el destino con la mirada de los que tienen "la posta". 

Por Milagros Martínez.

Un guía italiano, con acento español, nos acercó a la vida de Amsterdam. “Vamos familia. ¿A qué no adivináis cómo se pronuncia el nombre de esta plaza?”, nos desafiaba al llegar a Spui, un rincón céntrico donde miles de libros esperan a los viajeros. Y sumó otro reto: “Entrando por esta callecita, vais a ver el coffee shop De Dampkring, donde apoyaron sus nalgas los mismísimos George Clooney, Brad Pitt y Matt Damon en una escena de La Nueva Gran Estafa. Podéis volver más tarde”.

Imposible no retener la invitación y las recomendaciones que traía desde Córdoba para probar esos sabores que ya son una marca registrada. En las casas de recuerdos y junto a los zuecos de madera o los molinos de viento, las golosinas y galletas con cannabis se exhiben con la misma soltura. Ni hablar en los coffee shop, donde los extractos de esta planta aparecen en un abanico de posibilidades y los alimentos que la llevan como ingrediente son el plato fuerte de la carta.

Existe un vacío legal en la ciudad respecto del consumo de cannabis, y socialmente está permitido. Para muchos viajeros, este es uno de sus mejores atributos, aunque me generaba sentimientos encontrados: no siempre las experiencias más audaces de un destino pueden ser la mejor idea cuando estamos lejos de casa. Pero la curiosidad ganó la pulseada.

Sin haber probado antes algo similar y desconociendo que la sustancia es más fuerte cuando se la consume en alimentos que en cigarrillos, fui por la opción de buena reputación: un muffin de banana, chocolate y cannabis. Me creía una rebelde sin causa por haberme animado al desafío.

Las reseñas de otros usuarios advertían que al entrar al local De Dampkring me iba a encontrar en la barra con un personaje bizarro: un gato de mirada pesada y tranquila, parpadeando más lento que cualquiera, como para anticipar los efectos del lugar. Las nubes de humo dejaban ver pocas mesas, grupos de amigos mezclados y, claro, murales que inmortalizaban la visita de Clooney, Pitt y Damon. Ya no había margen de arrepentimiento.

Unos llamativos carteles se ocupaban de prevenir mezclas extrañas: prohibido fumar tabaco. En el “prospecto” del muffin, que llevaba envoltorio de atmósfera controlada, se repetía el consejo, junto con no beber alcohol y esperar dos horas para su efecto. Probé sólo un cuarto de esa porción que costaba 7,50 euros y al salir a caminar por la noche de Amsterdam, además de calor en las orejas, me creía una suerte de pájaro sobrevolando la ciudad.

Teníamos hambre y buscamos una pizzería. Mientras charlábamos, nos perdíamos y nos costaba volver a la conversación. Me asusté con el olvido repentino y con mi poca capacidad de reacción. Quería volver a ser yo y no podía.

Ya en el tranvía hacia el hotel, un medio siempre impecable y práctico para recorrer la ciudad, me sentía en el samba del Super Park. Una señora me tocó el hombro y me dijo que se me había caído el sombrero y ni me inmuté. A los 10 minutos, la misma mujer me avisó que se me había caído un collar: todas las piedritas se desparramaron en el tranvía, varios pasajeros me ayudaron y yo seguía con el freno de mano puesto.

Se me vino a la mente rezar y una larga catarata de arrepentimientos. Cerraba los ojos y más que una oración, me salía contar cuadraditos amarillos. Entonces fui por la promesa, cual niño en penitencia: no andar en bici en lo que quedaba de estadía, la actividad más copada que había guardado para el final. “Te pegó mal el viaje”, me dijeron muchos al escuchar la anécdota. Ese estado sería una vuelta en calesita que no volvería a dar.

POSTALES. Recorré la galería.

"Tour" a la gorra

Al margen de la experiencia, Amsterdam es un destino fascinante. Después de Copenhague, es la segunda ciudad más bicicletera del mundo. Entre algunos datos interesantes que nos contó Manuel, muchas bicis son revoleadas al agua y ocupan una tercera parte de los canales (se retiran de los mismos entre 10 mil y 12 mil al año).

Allí el agua es el mejor espejo de la ciudad y el marco de película para esas miradas de enamorados que se cruzan al pedalear. Postales difíciles de olvidar, difíciles de volver a encontrar.

A las casas “muy chulas” las llaman bailarinas, porque se han inclinado increíblemente con el paso del tiempo. Como antiguamente pagaban impuestos según el ancho de la fachada, se las ingeniaron para construir viviendas muy angostas, con escaleras sumamente empinadas y de cuatro o cinco pisos en promedio. Hasta hay viviendas barco sobre el agua, que están ahí estáticas y pagan impuestos como cualquier hijo de vecino.

Conocimos varios detalles como éstos gracias a Sandemans, una empresa que ofrece tours gratuitos a pie en diferentes países del mundo. El modelo está basado en propinas que ponen el poder en manos del viajero.

Los tours de Amsterdam empiezan en la plaza Dam y duran unas tres horas. Entre los principales puntos a recorrer están el puente más ancho y la casa más estrecha, el Palacio Real, el Barrio judío, la zona roja, las iglesias católicas escondidas, el nuevo mercado, el Begijnhof, la casa de Ana Frank y un largo etcétera.

Entre las recomendaciones de los guías nos propusieron conocer la ciudad desde la mirada de los patos. Allá fuimos a un recorrido imperdible en lancha por sus calles de agua. Y entre los momentos que erizan la piel a cualquier viajero está imaginar la vida en un sótano, como lo escribió Anne Frank. Desde ese rincón, ella describía las campanadas de Westerkerk, la iglesia protestante más grande. Parados frente a la torre y al escuchar ese sonido que para ella era su conexión con el mundo real, esa parte cruenta de la historia toma otra dimensión.

Además, no hay que irse sin probar sus exquisitos chocolates, sin visitar su mercado de flores, alguno de sus museos y sus famosos “templos del queso holandés”. Todo, pedaleando. Dicen que siempre es bueno dejar pendientes para volver. En mi segunda visita no habrá muffins, pero sí un candado para asegurar la bici en cada lugar donde me frene la curiosidad.

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