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Cuaderno de viaje

Amado Salvador

Salvador de Bahía, en Brasil, es un lugar para amar. Las razones son muchas. Acá, alguna de ellas. 

Por Pablo Bertorello (Especial).

Salvador de Bahía. El todo y la suma de las partes. Salvador es Jorge Amado, el escritor que plasmó como pocos el espíritu de esta urbe. Nadie duda que Doña Flor y Vadinho todavía deambulan por los distintos rincones. Las páginas perfumadas de vivencias son la mejor guía para desandar la “célula madre de la cultura brasileña”, tal como apuntó el autodenominado “novelista de putas y vagabundos”.

Salvador es su herencia. Puro mestizaje cultural, incluyendo a los negros descendientes de esclavos, a los portugueses mixtos con criollos y mulatos, y también los inmigrantes de diversas latitudes. “La mezcla de sangre es muy grande y en su conciencia poca gente podrá negar al abuelo negro más o menos remoto”, señaló Amado. Incluso, le dedicó un capítulo al Mestre Vicente Pastinha, ese “mulato pequeño, de asombrosa agilidad, de una resistencia no común”.

Las raíces africanas se reflejan en el barrio más tradicional de Bahía. (Pablo Bertorello)

Salvador es sus playas y también su religión y superstición. Con límites difusos. “Están las dos casi siempre confundidas y casi siempre predominando la última. Los ritos religiosos adquieren aquí extrañas modalidades, los cultos católicos se mezclan con un aura fetichista”, advirtió.

Salvador es, por supuesto, el Peló. El legado de las enormes riquezas que generó la exportación de azúcar a Europa en sus años de bonanza de la Corona de Portugal. El caserío colonial de fachadas encantadoras que compite con varias iglesias de los siglos XVI, XVII y XVII.

“No hay ciudad como ésta, por más que se busquen los caminos del mundo. Ninguna con sus historias, con su lirismo, su pintoresquismo, su profunda poesía”, subraya una de las frases más populares del novelista.

Salvador es saborear unos ricos acarajé, los buñuelos fritos en aceite de dendé que se acompañan de salsas picantes y camarones secos. Es sus favelas y también las llamadas fitinhas atadas al rejado de Bonfim.

A simple ojo de viajero, Salvador de Bahía es fusión. Por eso, tal como sentenció el literato, “si amas a tu ciudad, si es Río, París, Londres o Leningrado, Venecia, la de los canales, o Praga, la de las viejas torres, Pekín o Viena, no debes pasar por esta ciudad de Bahía porque un nuevo amor se prenderá en tu corazón”.

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