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Cuaderno de viaje

Alaska, la última frontera

Un viaje entre osos, alces y glaciares por el otro extremo del continente.

Por Candelaria Panadero (Especial).

El barco comienza las maniobras para zarpar rumbo a Juneau (Alaska). Cientos de turistas, cámaras en mano, se preparan: el espectáculo está a punto de empezar.

En la popa, la bandera estadounidense flamea con fuerza. Desde el tercer piso de la embarcación los sentidos se afinan a la par de los lentes fotográficos. Montañas pintadas de blanco enmarcan la película que se rueda con la caída del sol. Pequeños islotes añaden un tinte verde a la imagen. De pronto, bloques de hielo irrumpen la escena. Los cientos de trozos de glaciares flotan en el agua a pocos metros de la costa, anunciando la llegada del verano.

El altoparlante ensaya una voz en inglés y la tripulación y los pasajeros corren hacia las esquinas del barco. Todos con la mirada fija en el agua, aguardando. De repente, el número comienza en el escenario de agua. Cinco aletas se asoman, seguidas por sus colas. Un grupo de orcas presume su marcha a pocos metros. “Vienen migrando desde el Estrecho de Bering”, afirma un longevo pasajero desde detrás de sus binoculares. 

Comprado por monedas

Alaska fue el estado número 49 en anexarse a Estados Unidos. El hecho se produjo en 1959, aunque el territorio había sido comprado por el secretario de Estado, William H. Seward, al Imperio Ruso 92 años antes. El traspaso se realizó a cambio de 7,2 millones de dólares, suma exageradamente menor a los beneficios que le trae este territorio al país del norte gracias a su petróleo, minerales, frutos de mar y atractivo turístico.

Se lo llama “la última frontera”. En ningún momento sus contornos tocan parte del país, por lo que su cultura es diferente a la del resto de los estadounidenses. Su única conexión terrestre es con Canadá, al este.

Un glaciar en el patio de casa

En Alaska existen aproximadamente 100 mil glaciares, aunque solo unos 600 tienen nombre. Juneau, la capital estatal, es un perfecto punto para explorar estos muros de hielo.

Descendemos del barco y un cartel nos da la bienvenida. Ryan, un joven capitalino, se ofrece como guía turístico improvisado y salimos con el equipo de mate bajo el brazo. Tomamos la Glacier Highway con destino al glaciar Mendenhall. Quince minutos en auto y el tráfico de gente en la calle nos indican que llegamos.

La postal es magnética. Un sendero permite acercarse un poco más a los pies del glaciar, cuyos colores y texturas hacen alucinar a cualquiera que lo observe.

Un llamativo cartel advierte sobre la presencia de osos e indica cómo debe actuar el visitante ante esa situación. El letrero expone: “Siga caminando tranquilo”. No sabría decir si es buena o mala suerte, pero ningún oso sale a nuestro encuentro.

Juneau es el gran anfitrión de Alaska: temporada tras temporada recibe a turistas de diferentes partes del mundo –desde el puerto se puede observar cómo se amarran y parten cruceros del tamaño de un rascacielos–. Como buen anfitrión, deleita a sus visitantes con comida típica como el fish and chips (pescado frito con papas fritas).

Además, debido a que no hace mucho Alaska era tierra rusa, su cocina aún despide un aroma que recuerda a ese país. Ryan nos invita a terminar el recorrido con pelmeni, una pasta de origen ruso rellena con carne de vaca, buey y cordero. Nos la sirven con crema de leche, cilantro y bastante curry. Su sabor es delicioso.

Valdés, la del folleto

Para ir al resto de Alaska es necesario atravesar el inhóspito norte canadiense. Son las diez de la noche y pareciera que, en esta ruta, el sol tiene pocas ganas de irse a dormir. Al estar cerca del Polo Norte, en primavera-verano prácticamente no existe la noche, por lo que el día se aprovecha al máximo.

Luego de largas horas de espera, una pareja se detiene ante nuestros pulgares levantados. Primero dudan pero unos minutos después dan el sí, dejando su conciencia tranquila ya que por el camino no pasa ningún otro auto. Se dirigen a Anchorage, la ciudad de mayor importancia del estado. Nosotros, sin rumbo fijo, decidimos seguirlos.

En medio del viaje se visualizan parajes: algunos están abandonados y otros luchan contra la escasez de público. Público humano, ya que durante el trayecto alces, osos y ciervos posan incansablemente para la foto.

En una parada técnica, el dueño de una tienda de comida rápida sale a nuestro encuentro. Es un mexicano radicado hace veinte años en estas latitudes; nos extiende una revista y se retira a continuar con su trabajo.

Zigzagueamos por cuatro horas la Alaska Highway, la ruta más importante del Estado. En el camino vamos dejando atrás puñados de casas, como por ejemplo el Downtown Chicken (en español, el “pueblo del pollo”), un poblado que sobrevive gracias a la venta de todo tipo de suvenires alusivos a su nombre.

Hojeamos la revista del mexicano. La ciudad de Valdez aparece con sus imágenes de ensueño. En una sola maniobra tomamos la ruta nacional número 4 y el letrero de bienvenida a Valdez aparece algunas horas después.

El folleto no miente en sus fotos: Valdez es la ciudad más bonita de Alaska. Fue fundada por un navegante español siglos atrás y, hoy en día, me animo a decir que es la mejor opción para el turista. Cercada por glaciares y cascadas, alberga una vida silvestre de otro mundo.

Aún intento ubicarme en mi planisferio mental, pero fracaso. Alaska es de otro planeta.

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