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Al ataque para hacer cumbre en el Carstensz

Hay que caminar con mucho cuidado por el filo, con precipicios que asustan a ambos costados y concentrarse para no dejar que el miedo nos paralice. De pronto, allí estaba el famoso corte de montaña, de unos 20 metros. 

Por Redacción LAVOZ.

Así fue como a las 3 estábamos iniciando la marcha, con tantas ganas de lograr el objetivo que la concentración era increíble. Marchaba al final de aquella fila de luces de las linternas frontales y al cabo de un par de horas de ascenso, nos ubicamos al pie de la pared de 600 metros, de roca empinada, que había que escalar para conquistar la cumbre del Carstensz.

Último tramo de escalada, unidos con cuerdas sujetas a mosquetones, antes de llegar a la cima de la pirámide de Carstensz, el “techo de Oceanía”.

Asegurados a unas cuerdas fijas, iniciamos lentamente el duro ascenso. Como era el último, tenía el riesgo permanente de ser golpeado por las piedras que desprendían en su ascenso los escaladores que se encontraban encima.

De pronto, salió el sol cuando nos encontrábamos allí, en el filo de la pirámide, con un paisaje inolvidable: a lo lejos la selva; a nuestros pies, la roca caliza de la montaña, y al frente un enorme glaciar cubierto de nieve. La cumbre estaba cerca.

Hay que caminar con mucho cuidado por el filo, con precipicios que asustan a ambos costados y concentrarse para no dejar que el miedo nos paralice. De pronto, allí estaba el famoso corte de montaña, de unos 20 metros, en el que hay que recurrir a la confianza en el arnés y en las cuerdas que cuelgan para cruzarlo.

La difícil marcha por la impenetrable selva, bajo la lluvia.

Cuando me tocó el turno, sin dudar ni un segundo coloqué mis mosquetones de seguridad en la cuerda y me lancé al vacío, para quedar colgado en esa tirolesa. En ese preciso momento, empezó a caer una suave nevada y el frío decía presente.

Superado ese paso, me encontré con un par de situaciones más, de similar generación de adrenalina; pero poco importó, porque ya sabía que estaba a poca distancia de coronar mi quinta cumbre.

Colgado sobre el abismo, antes de la cumbre.

Finalmente, resolvimos todos los inconvenientes y a las 9 pisamos todos la cumbre.

Allí estaba, en el techo de Oceanía, en esa diminuta cumbre donde aparecen los recuerdos de los seres queridos y de todos los que brindan su apoyo para llegar hasta ahí, como los amigos, que siempre empujan, y los que colaboran económicamente, como las empresas El Constructor, Buen Pique y el sindicato de municipales (Suoem).

Regreso con gloria

Retornar hasta Sugapa nos significó cuatro días más de largas caminatas, con las mismas dificultades que la jungla nos había presentado en el ascenso.

Pero, al fin llegamos a ese poblado pintoresco, con sus habitantes que aún viven con normas y hábitos milenarios; que llevan vestimentas como las de sus ancestros, semidesnudos y lucen sólo unos harapos y una calabaza denominada koteka que cubre sus penes.

Al regreso, un merecido descanso en la isla de Bali, cuyas playas se conocen como el “Caribe asiático”.

Los mayores portan arcos y flechas para la caza y los más jóvenes, ya influenciados por otras culturas y modas, visten remeras y pantalones cortos, pero todos andan descalzos, para trasladarse más fácil por el permanente lodo de la selva.

En esta ocasión, antes de tomar el vuelo internacional de regreso, hice escala en la isla de Bali, perteneciente también a Indonesia, pero con la particularidad de contar con una infraestructura hotelera y de servicios apta para recibir a numerosos turistas que llegan en búsqueda de sus paradisíacas playas, conocidas como el “Caribe asiático”.

Allí pude disfrutar de un buen descanso de dos días, para luego iniciar los vuelos de retorno que me depositaron en mi querida Córdoba.

Ahora estoy trabajando en la preparación de la logística y en la búsqueda de los apoyos necesarios, tanto empresariales como institucionales, para continuar el proyecto Siete Cumbres con las dos que restan: el monte Everest, techo de Asia y del planeta, y posteriormente coronar el objetivo en el monte Vinson, en la Antártida.

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