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Playas

72 horas en Santorini

Esta isla griega sabe cómo satisfacer a los viajeros con pueblos blancos, mar azul y arena de todos los colores. Qué no te podés perder en una escapada.

Por Florencia Vigilante (Especial).

De las miles de islas que forman parte de Grecia, Santorini es por estos lados una de las que mejor encarna el arquetipo que tenemos en mente sobre ese destino turístico. Tiene con qué: el azul profundo del Egeo contrasta con los tonos oscuros de la caldera y sobre ella se aferran los típicos pueblitos blancos con puertas y ventanas de colores.

Para recorrer los 73 kilómetros cuadrados de esta isla volcánica (cuya forma es producto de una erupción de hace 3.500 años), lo mejor es alquilar un auto. Sobran razones: se pueden conseguir mejores precios que en otras islas, las distancias y los caminos sinuosos son más fáciles de atravesar en auto que en “cuadri” o moto y el aire acondicionado permite descansar de las altas temperaturas. Eso sí: hay que estar atentos a los carteles porque la señalización es escasa. El GPS no está de más.

DATOS ÚTILES. Información útil para admirar Santorini.

El atardecer más famoso del mundo

Como probablemente no haya mejor forma de empezar a recorrer una isla que metiéndose al agua, el primer día puede arrancar en una de las numerosas playas de arena volcánica (léase: negra) de Santorini. Perivolos, con acantilados que parecen nacer a un lado del mar, es una de las más conocidas. Otra opción similar es Vlychada. Ambas se encuentran en el sur y están equipadas con sombrillas, mesas y reposeras para alquilar, además de contar con una variada oferta gastronómica. Al este está Monolithos, una de las preferidas por las familias por sus  aguas tranquilas y bajas. La arena es más fina que en las otras playas y resulta ideal para descansar. Ahí, el alquiler de dos reposeras y sombrilla cuesta 10 euros (unos 320 pesos).

A la tarde, el plan es dirigirse a Oia, el pueblo que descansa al noroeste de la isla, al borde de la caldera. ¿Por qué? Se dice que es el mejor punto para ver cómo el sol se esconde en el mar. Ante la vista, Oia aparece como un entramado de líneas curvas y blancas que sólo se ve interrumpido por las cúpulas celestes de las iglesias ortodoxas. Y si bien la postal es hermosa, hay que aclarar que el lugar está invadido por turistas, lo que vuelve la experiencia de presenciar el atardecer algo agotadora. Si la idea es buscar un callejón o restaurante con vista directa al sol, hay que ir cerca de las 17 (atardece sobre las 20.30). Si se prefiere pasear, se puede recorrer la calle principal, que concentra joyerías, locales gastronómicos y tiendas de lujo no aptas para todos los bolsillos.

Paisaje marciano

El segundo día aparece con dos pesos pesados: la Playa Roja y Fira, la capital. Para llegar al primer destino, se deja el auto al final de la ruta y se camina unos ocho minutos por un sendero pedregoso. El entorno es impactante y está formado por enormes acantilados rojizos junto al mar turquesa. Hay dos opciones: tirar la toalla al pie de las piedras o alquilar por 10 euros (unos 320 pesos) un juego de sombrilla y reposeras. Teniendo en cuenta que la superficie está cubierta por piedritas, se impone la segunda alternativa. Si bien es uno de los lugares más turísticos de Santorini, se puede pasar el día en calma, escuchando cómo rompen las olas cerca de los pies. Plus: por 10 euros más, es posible ir en barco hasta la Playa Blanca.

Para terminar el día, nada mejor que una vuelta por Fira, en el centro de la isla. La arquitectura blanca vuelve a decir presente en este sitio, que también goza de vistas a la caldera y buenos atardeceres. Más poblada y menos vistosa que Oia, es el mejor lugar para comprar suvenires y comer por buenos precios.

Al borde del abismo 

Un excelente plan para quienes pasen más de dos días en la isla es hacer el trekking que va de Fira a Oia. Es una caminata de tres horas de ida, por lo que conviene dejar el auto en uno de los puntos y tomar un colectivo (a 60 pesos el pasaje) para volver. Con el mar como guía a unos 300 metros por debajo, la ruta discurre entre pueblitos pintorescos, hoteles exclusivos, paisajes desolados y caminos de piedra hasta sumergirse en medio de la caldera volcánica. El camino incluye algunas lagartijas, iglesias que aparecen en medio de la nada y olor a pino mezclado con sal. Al final esperan Oia y su blanco infinito. Tres recomendaciones clave: salir temprano (cerca de las 8), usar zapatillas deportivas y no olvidar protector solar, agua ni frutas.

Antes de despedirse de Santorini, vale viajar al pasado para conocer Pyrgos, un asentamiento medieval que funcionó como capital de la isla. Se trata de uno de los secretos mejor guardados de un destino al que ya no le queda mucho por revelar. Las construcciones de este laberíntico pueblo trepan la montaña y rodean los restos de un castillo veneciano. Callejones, iglesias antiguas, túneles blancos, casas con ventanas azules y un puñado de alojamientos y restaurantes dan vida a este sitio, donde lo inesperado está a la vuelta de una esquina o al final de una escalera. Si se lo compara con Oia, pierde en espectacularidad pero gana en autenticidad: ver el atardecer tranquilo en un lugar en el que no abundan los turistas es un placer.

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