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Cuaderno de viaje

48 horas en Kuala Lumpur

La ciudad tiene mucho para ofrecer, pero en dos días bien aprovechados se puede conocer lo básico. Cómo hacer para optimizar los tiempos.

Por Noelia Maldonado.

Lo que más me atraía de Kuala Lumpur (la capital de Malasia) era su nombre exótico. Tenía sólo dos grandes datos: que allí estaban las Cuevas de Batu y también las Torres Petronas. Dos puntos sin ninguna conexión entre sí: uno es un templo hinduista y el otro, un templo al capitalismo asiático, que pasó de moda cuando los países de la península arábiga comenzaron su carrera para ver cuál tenía el edificio más extravagantemente alto. Contra ellos, Malasia perdió.

Llegué a Kuala Lumpur por tierra desde Singapur, y el abrupto cambio entre la pulcra ciudad-estado del sur y la desordenada Malasia fue la primera gran sorpresa. Durante los días siguientes iría estrellándome a cada segundo contra otras cosas que no conocía y que tampoco me esperaba. En eso radicó su magia.

El primer desafío consistió en ir desde una estación de buses hasta el barrio de Maluri, donde había reservado un hotel bajo la falsa promesa de que se encontraba “a 10 cuadras del centro”. Cuando llegué, entendí que estaba muy lejos, y que eso que acá llamamos “centro” es muy diferente en la capital malasia. Le sugiero que haga la prueba de buscar a Kuala Lumpur en el mapa y señale los puntos importantes: el trazado de calles es tan inentendible que mete miedo.

Pero, ¡a no entrar en pánico! Para sobrevivir hay que saber que todos los caminos conducen a la KL Sentral (se escribe así, con “S”). Se trata de la estación más importante de la ciudad, de donde salen trenes de media distancia, subtes que se transforman en trenes elevados, colectivos de línea y los tan bien ponderados buses gratuitos, pensados para trabajadores locales pero súperutilizados por turistas. Sólo hay que llegar hasta allí para que el resto del viaje se acomode.

Optimizar los tiempos

Si sólo tienen 48 horas para beber de las aguas de Kuala Lumpur, le recomiendo que arranque temprano (lo más temprano que le dé el cuero) con destino hacia las Cuevas de Batu. Es el mayor templo hinduista del país y se encuentra enclavado dentro de una caverna a la que se accede subiendo casi 300 escalones.

No importa cuánto le guste el calor ni qué tan buen estado físico tenga: si llega cerca del mediodía, no va a disfrutar la subida. Mientras escala la pendiente, no se pierda la colonia de monos que cuidan el lugar. Son verdaderas estrellas de rock.

Como la visita se resuelve en una mañana la tarde nos quedó libre para volver al punto central (al KL Sentral) y enfilar para la zona de las Torres Petronas. Salir hacia la superficie desde la estación de subte contigua a los edificios me provocó un inesperado  mareo. Aunque giré el cuello, no logré abarcar con la mirada la estructura completa. Sentí durante varios segundos que esa mole de acero y vidrio se me iba a caer encima. Entonces entendí que tenía que alejarme.

Para eso está el parque KLCC justo al frente, un espacio verde que los malasios custodian con policías. Es un lindo lugar para descansar un rato e inclusive tiene una fuente para que los niños se mojen. Pero, ¡ojo! No intente dormir una siesta en su colchón de pasto prolijamente cortado porque inmediatamente será advertido por las fuerzas de seguridad. Cuando el calor se torna insoportable, hay dos opciones a mano: meterse en el shopping o ir al acuario. Recomiendo la segunda.

Una vez pasadas las tórridas horas de la siesta, subí los 452 metros que separan la tierra del parque con el cielo malasio. Es ideal hacerlo al anochecer, para apreciar la ciudad en su máximo esplendor. La visita tiene dos paradas para aclimatar los oídos y la cabeza al pánico de encontrarse en las alturas, sobre un edificio que oscila todo el tiempo unos pocos pero muy perceptibles centímetros. En todos lados encontrará menciones al arquitecto tucumano César Pelli y no podrá evitar pensar si hizo bien los cálculos y por qué el edificio se mueve tanto. La entrada cuesta unos 750 pesos.

Entre templos y suvenires

Hay que dejar el segundo día para perderse dentro del Little India y el China Town, que están entre los más exóticos y divertidos de toda Asia. En la zona, donde se mezclan productos baratos de todo el continente, hay también importantes templos de distintas religiones. El Sri Mahamariamman (hinduista) y el Guan Di (taoísta) están entre los más bellos. Al primero lo encontré en plena ceremonia y, después de sacarme el calzado, pude disfrutar de su música y sus inciensos. Al segundo lo descubrí en horario de  limpieza y fue hermoso ver cómo sus devotos acicalaban el lugar reemplazando sahumerios, velas y ofrendas.

Cuando llegó la siesta –otra vez ese horario maldito– tomé la sabia decisión de resguardarme en el Mercado Central. En el edificio, que mezcla estilos de todo el mundo, encontrará exquisitas artesanías malasias conviviendo con lentes de sol truchos y ropa traída de la India. Siempre que pueda, mire hacia abajo: sus pisos son de un valor patrimonial incalculable. Tanto el suvenir de primera como los regalos baratos se consiguen dentro del mercado, mientras que en los puestos del exterior podrá tomar una merienda. 

Entre los imperdible de Kuala Lumpur quedan el edificio del sultán Abdul Samad, de estilo árabe, que se puede apreciar desde los bancos que rodean al río Gombak. Justo enfrente se encuentra la afamada y bella mezquita Masjid Jamek. Desde el mismo banco a la vera del río pude ver caer la anaranjada tarde y sentir que dos días en la vida no son nada, excepto que los pase en Kuala Lumpur.

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