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Cuaderno de viaje

Un pedacito de Japón en Córdoba

Crónica de la versión local del festival Bon Odori, un rito ancestral del país nipón. La mística de Oriente a sólo un colectivo urbano de distancia.

Por Juan Manuel Pairone (Especial).

Es un domingo de octubre como cualquier otro en la ciudad de Córdoba. El colectivo de la línea 28, contra todo pronóstico, viene lleno y la parada ubicada en la ex plaza Vélez Sarsfield es un hervidero de ansiedad. El 90% de los pasajeros tiene algo en común: la curiosidad.

Camino a San Carlos, a trescientos metros del anillo de la Circunvalación, el destino final aparece en el último tramo de la avenida Celso Barrios. La asociación japonesa recibe a los visitantes que llegan en busca de un poco de cultura oriental en forma de espectáculos tradicionales, patio gastronómico y productos típicos.

Lo que sucede en el predio del Jardín Japonés (un oasis en medios del caos urbano) es la versión cordobesa del festival Bon Odori, un rito ancestral que mezcla la celebración de las costumbres niponas con la divulgación y la apertura por parte de los nikkei (los emigrantes y sus descendientes) en la diáspora.

De esta manera, lo que podría ser un evento pensado para el interior de una comunidad es, en 2018, una invitación a vivir en persona algunos retazos de la cosmovisión artística, cultural y social de la tierra del sol naciente. En tiempos de redes sociales y fronteras difusas, Bon Odori abre sus puertas a otakus (fanáticos del manga y el animé, cómic y series animadas, respectivamente), interesados en la peculiar cocina japonesa y buscadores de aventuras en general.

Son las seis de la tarde y el predio rebalsa de gente de todas las edades. En el escenario principal se suceden coreografías de danza, tambores y también karate. Los anfitriones lucen trajes típicos (yukatas, similares a los kimonos pero más sencillos, y de algodón en vez de seda).

En los puestos de comida, los colores y las texturas se empiezan a mezclar. Hay opciones de ramen (un caldo de fideos preparado a base de carne, pasta miso y salsa de soja), tempura de vegetales (trozos rebozados), el cada vez más común sushi y delicias dulces que descolocan paladares occidentales. Entre la gente en busca de nuevos sabores, también está Diran Arslanian, chef sirio de ascendencia armenia que cocina en el Mercado Norte.

Baile de luz

En Japón, el Bon Odori es un festival de danza tradicional que se celebra en cada ciudad y aldea pequeña del país entre julio y agosto, durante el verano boreal. Tiene su origen en un ritual budista en el que los participantes bailan para honrar a sus ancestros (“Bon” es antepasado; “Odori”, baile). Actualmente es un encuentro que funciona como símbolo cultural de toda una filosofía de vida que se esparce a lo largo y a lo ancho del mundo. Según se dice, incluso, el mayor Bon Odori del planeta se celebra en La Plata, en la zona de Colonia Urquiza, que cobija a una buena parte de los cerca de 70 mil japoneses (entre nativos y descendientes) que viven hoy en Argentina.

El momento más especial del Bon Odori tiene que ver con una relajada y delicada danza inspirada en los movimientos de la cosecha, que se baila girando alrededor de la yagura, una torre en la que los tamboreros haiku hacen lo suyo y una cantante orienta el ritual colectivo. Eso sucede en Córdoba luego de las 19, cuando empieza a bajar el sol y las tradicionales lámparas o linternas de papel pintan el cielo y sus primeras penumbras. Las luces representan a los chochin, los espíritus de los ancestros que descienden para celebrar la prosperidad junto con los mortales.

El baile es iniciado por mujeres que forman parte de la comunidad. De a poco se suman curiosos e interesados con un poco más de experiencia. La música es alegre y transmite un relajado bienestar, que se ve reflejado en las caras de quienes tratan de aprender los movimientos mientras que avanzan entre el guión de giros y gestos. Parece fácil pero tiene una pequeña complejidad en su estructura, que termina con aplausos cada vez más coordinados. Cuando se logra fluir junto a la música la sensación es gratificante. Quienes bailan realmente están disfrutando como si fueran niños, aunque hay quienes lo realizan con una profunda concentración.

Cae la noche, la comida se termina y las filas parecen kilométricas. Hay unas 5 mil personas que llegaron hasta ese sector alejado de la ciudad en busca de un poco de aire fresco en términos de experiencia. Algunos sabían a lo que iban, muchos otros no tenían idea de lo que significaba el Bon Odori, pero todos querían probar un pedacito de Japón.

La fiesta es un éxito y su popularidad asciende gracias a historias de Instagram y el infalible boca en boca. Desde 2010, la expectativa crece año a año a pasos agigantados. Para quienes no pueden viajar, vale la pena incluirlo en el calendario propio de 2019. Un pedacito de Japón, su mística y sus costumbres, a sólo un colectivo urbano de distancia.

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