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Escapadas

Un guiño al recuerdo y la simpleza en Villa del Totoral

Ubicado a unos 80 kilómetros al norte de Córdoba capital el pueblo tiene el privilegio de alojar el legado de grandes personalidades.

Por Pablo Bertorello (Especial).

Es domingo y el reloj apenas marca las 8:30. La caminata por el último tramo sin asfaltar del boulevard Allende, entre añejos árboles, regala una foto que compensa cualquier esfuerzo de temprano amanecer. Mate en mano, y a tranco lento, hay que ir inhalando pureza mientras la vista se deja absorber por los verdes y ocres del túnel natural.

A Villa del Totoral, un rincón del norte cordobés, vale la pena dedicarle una visita. No sólo por sus atributos naturales, marcados por un clima seco, abundante vegetación y un río nutrido por deshielos cordilleranos, sino también por el lugar central que ocupa en el Camino Real, que llevaba de Buenos Aires al Alto Perú, y su patrimonio, envidiable para un destino de su porte.

En este refugio de unos diez mil habitantes y conocido polo de extranjeros que llegan a cazar palomas, la vida social y comercial se organiza a partir de la plaza San Martín, corazón de la localidad. Allí, en ese espacio público en el que Neruda y Urrutia solían caminar sin que nadie los molestara, llama la atención la estatua de un San Martín viejo, con capa y bastón, difícil de reconocer sin su caballo y orden de mando.

DATOS. Información útil para una escapada a Villa del Totoral.

Hacia “el Kremlin cordobés”

Enfrente, sobre calle 25 de Mayo, el alto es para apreciar la impecable y colorida iglesia Nuestra Señora del Rosario, vigente desde 1872 con sencillas líneas en la fachada, dos torres laterales y un campanario. Ahí nomás, a unos veinte pasos, se debe volver a poner freno de mano e ingresar al Museo Octavio Pinto, un antiguo edificio que forma parte de la Manzana Cultural, donde se encuentra buena parte de la obra del pintor. Reinaugurado en 2003, el lugar se abre en un patio interno, en el cual se realizan actividades culturales y espectáculos a lo largo del año.

Entre las 25 casonas que en su mayoría pertenecieron a descendientes de las familias fundadoras de Villa del Totoral, merece un párrafo aparte la morada de Rodolfo Aráoz Alfaro, apoderado del Partido Comunista y hospitalario de algunos de los intelectuales y artistas exiliados más importantes del siglo pasado. Durante cuatros años, el gran poeta andaluz Rafael Alberti, junto con su esposa, María Teresa León, habitaron la casa huyendo del franquismo tras el fusilamiento de su inolvidable amigo Federico García Lorca. De allí nació el apodo de “el Kremlin”.

También, en su solar, el autor de Canto general concibió durante su estancia entre 1955 y 1957 varias de sus Odas elementales, tomando como musas al paisaje serrano y sus pobladores. Más allá de Neruda, el desfile por aquí fue interminable: David Siqueiros, Joan Miró, León Felipe, Raúl González Tuñón y Ernesto Sábato, entre otros, además de la mención latente y no comprobada de Ernesto “Che” Guevara.

Para seguir explorando

Aunque el valor histórico y cultural es un llamador con mucho potencial, en el recorrido por este pueblo del norte provincial se observa que la naturaleza también saca a relucir sus atractivos. El Cajón de Piedra es un recodo que se forma en el cauce del arroyo, que genera un balneario natural y ofrece un manso paisaje. Sobre sus orillas se destacan los morteritos, huellas de los primeros habitantes de la zona: los comechingones.

La mano del hombre también es protagonista en el Paseo de los murales, espacio que aloja más de 30 obras realizadas por artistas reunidos en los Encuentros Nacionales de Muralistas que se llevan a cabo anualmente.

Antes de regresar, vale la pena subir hasta el cerro La Cruz. Desde la cima, el suvenir no es menor: la mejor vista de toda la villa y los poblados aledaños. Una vez abajo, la visita es a los clásicos alfareros para probar las colaciones caseritas típicas y para que el sabor del beso de despedida sea bien dulce.

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