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La cordobesa que a los 89 sigue trabajando en su agencia de viajes

Norah de De la Colina abre todos los días Ulyses, la empresa que refundó su marido. “Trato de ser útil”, dice la mujer que llevó la tecnología a la agencia y que a los 80 hizo un crucero al Caribe con amigas.

Por Florencia Vigilante (Especial).

Todavía no son las 9 de la mañana y la luz de la oficina de Ulyses Viajes y Turismo, en una galería en pleno centro de Córdoba, ya está prendida. Detrás de un escritorio se asoma una mujer de 89 años que sonríe con la mirada: Norah Mercedes Sánchez Oviedo de De la Colina.

Ella es la que abre, todos los días, esta agencia de viaje conformada por mujeres. “La gente que tiene que venir temprano ya sabe que estoy yo”, dice. Norah se encarga de atender a los clientes y de hacer la previa mientras su hija, Patricia De la Colina, y la socia, Olga Fernández de Velasco, hacen trámites. Una vez que ellas llegan a la oficina, les entrega el bastón de mando y vuelve a su casa. “Eso sí, a la tarde no aparezco”, aclara.

¿Qué la motiva a seguir trabajando a esa edad? Sus amigas también se lo preguntan. “Es la costumbre; amo la agencia y amo los viajes. Me gusta y trato de ser útil”, explica Norah.

Y lo de la costumbre no lo dice por azar: incursionó en el mundo del turismo en el año 1976, en la agencia que en ese entonces manejaba Luis Alberto De la Colina, su marido. Madre de cinco hijos, empezó a compartir ese espacio de trabajo cuando el más chico tenía cuatro años, “porque a Luis le hacía falta”.

Así, más allá de su entrega durante décadas a la Asociación RH Negativo (hoy disuelta) y a Cáritas, Norah siempre apoyó a Luis en el ámbito turístico. Según su hija, él era “la cabeza fuerte” de la empresa, el creativo, y ella “su secretaria privada”, la que buscaba soluciones. “Eran súper unidos, iban y venían juntos en los eventos. La gente los veía como referentes”, afirma Patricia De la Colina.

De a poco, Norah se fue consolidando en la agencia, y llegó un punto en el que todas las semanas viajaba en ómnibus (a veces con Luis, a veces sola) a La Rioja y a Catamarca a ver a la clientela que tenían en esa parte del país. “Me quedaba dos o tres días en un hotel, y había cola en la sala de espera. Yo me iba con los manuales para ver qué quería la gente”, recuerda, en referencia a los pesados libros con información sobre diferentes destinos que se utilizaban en la época. En esas escapadas, iba y venía con 20 o 30 operaciones.

Años más tarde, cuando las agencias de viajes empezaron a emplear sistemas para efectuar las reservas (antes se hacían telefónicamente), la empresa se inclinó por la compañía Galileo. Le tocaba a algún miembro viajar a Buenos Aires para capacitarse en el uso de la herramienta, y, con unos 55 años, Norah fue quien decidió ir. “En el curso, toda la gente era más joven. Hacían pruebas, y después me decían ‘Norah, la felicito’. Cuando vine a Córdoba, les enseñé: el comienzo del uso de la tecnología se los enseñé yo”, cuenta orgullosa.

Más adelante, la muerte de su marido fue un golpe del que le costó recuperarse, y la presencia de su familia es tan fuerte en su discurso que sigue acudiendo a ellos a la hora de definirse: “Hace años era la señora de don Luis, y ahora soy la mamá de Patricia”.

Pero Norah también es una mujer que, pasados los 80 años, se animó a embarcarse en un crucero al Caribe con sus amigas. Cuenta que, en la península de Barú, en Colombia, sus amigas tomaban sol en la playa cuando se dieron cuenta de que no estaba. “No me encontraban, había desaparecido. Es que siempre hay en las playas un profesor que te enseña a bailar distintos ritmos, y ahí estaba yo: bailando”, dice entre risas.

Y es esa persona que, una mañana cualquiera, se puede llevar una grata sorpresa cuando vuelven a entrar a la oficina clientes de hace 30 o 40 años. En sus palabras: “La vez pasada vino un matrimonio y me dijeron: ‘¿Cómo le va, señora, se acuerda de nosotros? Usted nos hizo la luna de miel’. ¡Me emociono tanto! Y volvieron”.

En definitiva, es una trabajadora que, cerca de los 90 años, se sigue levantando todos los días y, cuando muchos locales aún permanecen cerrados, prende la luz de la oficina y la computadora para continuar con su propia odisea.

Los elegidos

Un lugar en el mundo: Jerusalén. Hay cosas muy emocionantes, como el lugar en el que lo vistieron a Jesús cuando murió; el río Jordán, donde lo bautizaron; el camino que hizo.

Un lugar en Argentina: Catamarca.

Un lugar en Córdoba: Athos Pampa, en Calamuchita. Teníamos casa y pasábamos todos los fines de semana.

Una playa: las de la Polinesia son las que más me gustaron.

Un destino para ir en familia: Nueva York.

Un destino para ir en pareja: Canadá.

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