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Escapadas

Entre las postas del Camino Real

Un recorrido por algunas de las postas que unieron el Virreinato del Perú con el Río de la Plata. 160 kilómetros de historia en los que conviven nombres de próceres, caudillos, arquitectura colonial y un paisaje inolvidable.

Por José Santiago (Especial).

José Luis Basualdo tiene 12 años y después de la feroz matanza ya no será el mismo. Es el testigo clave que mira asustado cómo asesinan al caudillo Facundo Quiroga en Barranca Yaco. Aunque no podrá el postillón –así les decían a los trabajadores de las postas– contárselo a su madre. Santos Pérez, capitán de la emboscada, lo degüella. El almanaque indica el año 1835 y la historia se escribe entre el polvo del camino.

Esa escena ocurrió allá lejos y la narra apasionado a Voy de Viaje Matías González, guía y encargado de la Posta de Sinsacate. Unos kilómetros antes ya se inicia el trayecto que unió el Virreinato de Perú con el Río de la Plata. El circuito tiene más de 400 años y recorrerlo implica mirar todo en color sepia.

DATOS. Información útil para una escapada por el Camino Real.

El itinerario convida 16 sitios y postas –no todas se pueden visitar– donde originalmente los viajeros descansaban, hacían recambio de caballos y se alimentaban para continuar viaje. Algunas eran estancias privadas y otras, aposentos rústicos al paso. En Sinsacate, a 56 kilómetros de Córdoba capital, surgió en 1762 una de las primeras. Su importancia histórica tiene dos vertientes: la ubicación geográfica y el hecho de que en la capilla velaron los restos de Facundo Quiroga, uno de los líderes del federalismo.

Ese apellido conduce al norte. Es un camino de tierra seca, rodeado de espinillos y algarrobos. A nueve kilómetros de allí, en Barranca Yaco, 28 soldados ordenados por los hermanos Reynafé –poderosos del Gobierno de Córdoba– emboscaron al militar y acabaron con su vida y la de nueve hombres un caluroso 16 de febrero de 1835. Al costado del periplo –a veces de ripio, otras pavimentado– yacen las nueve cruces y un monolito del riojano. El silencio ahí es nítido y lo acompaña un cielo limpio.

Más adelante aparece la Posta Los Talas, la más descuidada para la visita turística y habitada por una familia que poco cuenta de aquella tradición. Lo que conmueve en su cercanía es un algarrobo inmenso; dicen los historiadores que bajo su sombra descansaron José de San Martín (1816) y el propio Quiroga (1835).

A 20 kilómetros de Totoral está la Posta de Macha, convertida en tal en 1809. Ejércitos libertadores hacia el Alto Perú y de unitarios y federales pasaron por allí discutiéndose triunfos y derrotas. Ahora sólo quedan vestigios de esa antigua construcción.

Pasos misteriosos

Una iglesia admirable y el museo de los Reynafé, quienes ordenaron el “crimen político” de Facundo Quiroga, indican que se llegó a Tulumba. A 13 kilómetros de ahí, la siguiente posta es Intihuasi, que traducido del quechua quiere decir “casa del sol”. A pesar de batir palmas, nadie responde, y un candado oxidado lo deja claro: es propiedad privada. Ese fue un punto clave debido al cruce de vías hacia Catamarca y el Alto Perú.

A 13 kilómetros aparece la Posta de Santa Cruz. Un puente de troncos y una escalera de piedras desembocan en el casco construido de adobe y piedra. Afuera hay un aljibe y resiste la típica galería de aquellas construcciones.

Después de 22 kilómetros asoma la Posta de San Pedro Viejo. “Acá se siente una energía especial. Se comenta de ruidos extraños, como de carretas o pasos”, le dice Lucía a Voy de Viaje. Ella es integrante de la familia Ferreyra, propietaria de dicho casco. Las piezas llevan los nombres de quienes forjaron la historia: San Martín, Belgrano, entre otros. Tiempo atrás funcionó como un hotel exclusivo aunque ahora ya no brinda el servicio. Se destaca allí la capilla, construida en honor al patrono San Pedro. El templo, levantado en 1689, representa un punto religioso trascendental para los habitantes de la zona.

Más adelante aparecerán San Pedro Norte, San Francisco Viejo, Posta Las Piedritas y la Posta Pozo del Tigre. Esos sitios quedan para otra vuelta. Por ahora alcanza con imaginar los ojos curiosos de Josesito Basualdo, quien no pudo dejar un mejor registro de la historia real del Camino.

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