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Cuaderno de viaje

En auto: un recorrido por las Sierras

Un paseo de un día que incluye el Camino del Cuadrado, un chapuzón en la Cascada de Olaen, una breve visita a la capilla Santa Bárbara y la vuelta por la E53.

Por Nancy Farias (Especial).

El fin de semana de Semana Santa, decidimos dar una vueltita por las Sierras de sólo una jornada, con la idea de regresar a casa a dormir. 

Salimos sin plan previo y apuntamos para el Camino del Cuadrado. Villa Los Altos acompaña los primeros tramos y ya me emociona divisar desde allá arriba mis pagos quebradenses. Un poco más adelante, las lomitas se suavizan y aterciopelan, paradójicamente, gracias a la paja brava que cubre sus laderas. El viento es permanente, y ese suave ir y venir va cambiando la tonalidad a medida que uno se desplaza.

Sombras de nubes se proyectan ocasionalmente y se posan con suavidad sobre la vegetación. Quiero sacar una foto pero me parece más intenso seguir mirando. Pienso además que ni mi pulso torpe ni mi cámara de celular de escasa calidad lograrán hacer justicia a tanta belleza. 

Cuando el Valle de Punilla va asomando, a pesar de ser un paisaje tantas veces visto, deslumbra. De pronto, el tránsito se va estacando hasta detenerse, varias cuadras antes de que el camino desemboque en la ruta. Me recuerdo a mí misma que estamos paseando, para sacudir esa sensación de enojo tan conocida y naturalizada por quienes estamos acostumbrados a las calles de ciudad. Habrá que esperar nomás.

Paréntesis en la ruta

Entonces, puedo notar a la vendedora de pan casero que estratégicamente ubicó su puesto en la zona donde la congestión es mayor. Puedo sonreír con el perro que le robó a su amigo de raza no sé qué trofeo y salió disparando ante la mirada indignada del damnificado. Puedo ver, de espaldas, a la nena con vestido amarillo como de otra época, rozando con sus manos una enredadera cubierta de flores blancas (y la imagen es tan irreal que por un momento pienso que tal vez sea una visión).

Por fin, la fila desemboca en la ruta esperada y antes de que el semáforo se ponga en verde nos preguntamos: ¿izquierda o derecha? Atropellados, nos dejamos ir hacia el sentido más lógico de acuerdo con nuestra ubicación en el camino y enfilamos para La Falda. A los pocos metros, nuevamente el río de vehículos se detiene y pinta para seguir así por varios kilómetros. Será hacia la izquierda entonces.

La panza hace ruido y el olorcito de las parrillas al costado del camino es una perdición. Un comedor finalmente nos convence: almorzamos una parrillada para dos con papas fritas de-li-cio-sas. Y de yapa, música en vivo, a cargo de un cantante de voz dulce, repertorio variado y guitarra afinada. Antes de partir decidimos nuestro destino: Pampa de Olaen.

Aguas serranas

Los autos comienzan a ralear y el espectáculo natural es más que lo prometido. Como el día se presta para un chapuzón, nos dirigimos hacia la famosa cascada. Desde lo alto del camino, se divisa una capilla blanca que atrae desde su simpleza; la dejamos para la vuelta.

200 pesos nos permiten el acceso y el estacionamiento del vehículo. En ese emplazamiento resulta difícil imaginar una cascada: un pequeño arroyo surcando el terreno relativamente plano no concuerda con lo que esperamos. Pero, a medida que descendemos, pequeños miradores permiten contemplar los sucesivos saltos previos.

No sé si somos nosotros los de impacto fácil, pero la vista de ese caudal de agua cristalina y de ese piletón espectacular nos conmueve. Tanto, que hacemos caso omiso de la enorme cantidad de turistas que ya se nos adelantan. Rápido, nos acomodamos en un lugarcito libre y nos dirigimos con gran decisión hacia el agua. Rápido también, su temperatura, hábilmente tanteada con el dedo gordo del pie, nos frena. 

Pero el llamado de esa profunda transparencia es más fuerte. La conocida sensación de quedarse literalmente sin aire me lleva a remotas incursiones de la infancia y la adolescencia junto con mi hermano, familiares y algunos amigos en aguas varias de La Quebrada: Cascada de Tello, Los Hornillos, Los Cóndores y el lago del dique mismo. El ahogo dura poco y, entonces sí, empieza el disfrute de esa extraña energía que ofrecen las aguas serranas.

El regreso

Como somos un poco odiosos, la multitud nos ayuda a emprender el regreso rapidito. Pasamos por la capilla Santa Bárbara, bonita y simple, y continuamos hacia Characato. Desde lejos, el Pinto parece un río de cortaderas; la sequía de este verano es evidente en las Sierras. El pueblito me gusta pero sólo lo recorremos con el auto; quedará para otra ocasión explorarlo.

La vuelta es bastante serena ya que decidimos no retornar muy tarde, para evitarnos las congestiones lógicas de esas fechas. Eso nos permite transitar un entorno bastante diferente al que observamos a la ida.

El atardecer lo cambia todo, y este atardecer en particular tiene lo suyo. Nubes oscuras filtran algunos rayos del sol colorado y eso embellece nuestro recorrido. Sombras de nubes otra vez, acompañándonos en el regreso. Es tan hermoso el Camino del Cuadrado como la ruta E53. 

Están las fotos como testimonio. Y eso que las saqué yo, con mi pulso, mi celular rudimentario y el auto en marcha.

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