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Diarios de motocicleta: refugios cordobeses en plena pandemia

Podría decirse que el punto de conexión entre tres paradores de Córdoba son la ruta, las motos y las “bicis”. Pero lo que las une, en realidad, es la calidez y amabilidad de su gente.

Por Car Chércoles (Especial).

La rutina puede convertirse en el recipiente donde se amontonan las cenizas de la pasión. La pandemia ha desgastado el brillo de las emociones y cubierto el invierno con un manto de ansioso letargo. La esperanza de volver a lo que llaman nueva normalidad se ha depositado en los caprichos de un ente sin sombra y en el oficio de laboratorios. Andamos como un preso pocos días antes de ser liberado. Ansiedad, sueños y porvenir se mezclan en un borroso Guernica que trae impresa la promesa de revalorizar lo importante: familia, amigos, tiempo, salud, amor y un momento al aire libre.

Entonces, cuando el COE agita la bandera del permiso, se enciende la música de válvulas y pistones, las bicicletas nos guiñan sus ojos de gato y los cascos reciben el primer rayo de luz del sábado por la mañana; el malcriado teléfono ahora estorba con sus mensajes: “¡sólo envíen el punto de encuentro!”. Y la luz del día es más luminosa, el viento fresco del invierno ya no congela, la resaca no pesa y la alegría palpita en las venas.

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La armonía mecánica empieza a sonar y el corazón baila su danza, no importa que su canto sea agudo o grave, balanceado o desbalanceado. Si es silencioso como el engranaje muscular o estridente como una pava hirviendo, ¿qué más da? Sobre gustos no hay nada escrito; acá lo importante es que la letra de la canción es siempre la misma… y se llama libertad.

Conectados con ancestros que cabalgaron veloces por campos inexplorados, montamos nuestros caballos de acero, como las llamó alguna vez la mítica banda de Nueva Jersey, y resucitamos la emoción dormida con el viento en la cara, el sol en la espalda y en una ruta que muere en el horizonte, intoxicada de montañas y ríos.

Este virus no afecta sólo el cuerpo, también languidece nuestros sueños velando las legendarias rutas del oeste norteamericano, las asfálticas serpientes que se enroscan en la cintura de la Gorgona griega, el camino de la muerte en la yunga boliviana, los acantilados de la costa amalfitana o los aserrados fiordos noruegos. Pero el tiempo de valorar las cosas perdidas ha expirado y ahora es momento de valorar lo que aún tenemos: nuestras rutas y paisajes cordobeses.

Podrían escribirse volúmenes enteros sobre el mundo de las motos, bicicletas y rutas. Pero la intención de esta nota es más humilde: contar sobre aquellos lugares en los que cigüeñales descansan, los discos de freno se enfrían, las piernas se relajan y nuestro estómago se complace.

Estos lugares ofrecen silencio, descanso y las mejores vistas de los paisajes cordobeses. (@carchercoles)

Los paradores

Muchos merecen mención. En cada valle cordobés hay una ruta salpicada con la sonrisa perenne de aquellos que viven al costado del camino. No podemos abarcar a todos, pero hay tres, sin embargo, que destacan para quienes aman la ruta: El Quito, en Falda del Carmen; El Cóndor, en el camino a las Altas Cumbres, y El Cuadrado, en el camino del Cuadrado.

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El Quito

Si existe una mística rutera que impregna lugares con historias, personajes y momentos, sin duda está presente en el almacén del Quito. Decir que el lugar lleva funcionando más de 120 años es un buen prólogo. Conocido quizás por tener los mejores sándwiches de Córdoba, se convirtió en una parada obligada para los bichos de ruta. Juan Manuel Arias, o el Quito, trabaja el almacén desde 1977. Al principio alquiló y luego compró este centenario parador que aún conserva el sótano que almacenaba vino y aceite en tinajas de barro, algunas paredes de adobe y una colección de objetos antiguos que incluye hasta el hueso de un dinosaurio. Mientras mateamos, le pido a Quito que me cuente algunas historias del lugar y, sin querer, recorro mentalmente un cuento de Borges. Silvana, la hija de Quito, me muestra sonriente las tablas de madera gastadas de tanto cortar el pan, mientras me cuenta sobre los famosos que llegan en busca del Santo Grial del sándwich cordobés. Por tratarse de un almacén, no tuvo que cerrar durante la cuarentena, aunque la imprevisibilidad de las medidas no le permite proyectar y varias veces sufrió pérdidas de mercadería. La nueva ruta 34 y la prohibición de trasladarse han bajado mucho las ventas. Aun así, al azulejo de la entrada se lo sigue viendo gastado.

El Quito, El Cóndor y El Cuadrado son algunos de los paradores que invitan a los viajeros a hacer un alto en el camino. (@carchercoles)

El Cóndor 

Hace poco más de 40 años que Ramona Lescano atiende el parador del Cóndor en el camino de las Altas Cumbres. Es sin duda uno de los más conocidos y míticos de nuestra provincia. Sus sándwiches de jamón crudo y bondiola y queso llevan deleitando a ruteros desde hace décadas en uno de los parajes más hermosos de la provincia. Su pan y alfajores caseros preparados en el horno del parador y acompañados de un cafecito caliente, son combustible para el alma. La pandemia perjudicó a este parador más que a cualquier otro por encontrarse en un lugar solitario en una ruta que está virtualmente desierta. El Cóndor vive de la gente que transita la ruta a las Altas Cumbres: colectivos, motoqueros, ciclistas y trabajadores. Si bien tienen permitido abrir, la poca gente que circula no le rinde para afrontar los gastos y está cerrado desde marzo. Ramona y sus hijos subsisten gracias a ahorros y ayudas familiares. “Hay que aguantar, no pensar en uno sino en todos, aunque si el mes que viene no abrimos se va a complicar”, comenta Ramona. Este parador es el refugio oficial en la ruta Córdoba-Traslasierra. “Antes, cuando nevaba más seguido, muchas veces quedaba gente varada y pasaban la noche acá, nosotros les dábamos abrigo y algo de comer”, recuerda.

El Cuadrado

Es el parador más reciente de los tres, pero ya está forjando mística a su alrededor. Marcos y Matías llevan siete años trabajando a pulmón. Su carta incluye platos que, por su exquisitez y abundancia y combinados con el entorno, obligan a sentarse a una mesa al sol para disfrutarlos. El murmullo de risas, el cantar de los pájaros y el eco del viento se callan para apreciar el motor de una chopper que estaciona en su puerta. Desde la mesa, veo la ruta que continúa subiendo dándole al parador un aire casi fílmico. Me cuesta elegir entre tantas cosas ricas, pero en un arranque de objetividad gastronómica pido un sándwich de jamón crudo que es la gloria. Cuando pregunto por la pandemia, Marcos contesta con una sonrisa de optimismo y perseverancia bajo el barbijo: “Nos afecta bastante, pero somos afortunados porque el lugar es nuestro y no tenemos tantos costos fijos. Entendemos la situación y todos debemos perder un poco”. Estos dos amigos tienen muy buena onda con su equipo y eso se nota en la atención. A algunos empleados, como viven en Córdoba, se les complica llegar, pero se las arreglan para cubrirse. Leen el protocolo oficial y acatan las nuevas medidas que van surgiendo, cuando una mueca de resignación descubre la dificultad que atraviesan estos lugares.

La gastronomía en estos lugares merece un capítulo aparte. (@carchercoles)

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