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Escapadas

Colonia Caroya, tierra de placeres

Aún laten con fuerza las costumbres friulanas en esta parte de Córdoba. Se trata de un pueblo que, con esfuerzo, logró transformar la tierra en productivos viñedos y frutales.

Por Gabriela Sibilla (Especial).

La zona que ocupa hoy Colonia Caroya fue en sus comienzos tierra de sanavirones. Sin embargo, su historia está estrechamente vinculada con los jesuitas: fue allí que en 1616 la Compañía de Jesús construyó la primera de una serie de estancias en Córdoba destinadas al sustento económico de la orden. Años más tarde, la hacienda fue adquirida por el fundador del colegio Monserrat, el presbítero Ignacio Duarte y Quirós, quien potenció la producción de maíz, trigo, frutas y vino. Con estos ingresos sostenía el colegio y además aprovechaba la estancia como lugar de esparcimiento para los alumnos durante el verano.

El valor histórico de esta propiedad es notable. Durante la Guerra de la Independencia, las instalaciones sirvieron para crear la primera fábrica de armas blancas del país que abastecía al Ejército del Norte. Posteriormente, la estancia pasó a manos del Gobierno nacional. Durante 1876, el por entonces presidente Nicolás Avellaneda lideró una fuerte promoción de la inmigración europea a nuestro país. Avellaneda, quien había sido alumno del Monserrat, dispuso que se alojaran en la estancia Caroya las familias provenientes de la región de Friuli, comunidad del norte de Italia. De esta manera, los inmigrantes se afincaron allí y trabajaron la tierra. Con esfuerzo y tenacidad modificaron el desolado y seco monte, generando canales de riego que dieron lugar a sembradíos y frutales.

Sin dudas, desde hace algunos años Colonia Caroya se viene consolidando como uno de los principales recorridos que integran el Camino del Vino cordobés. Fueron los mismos jesuitas quienes impulsaron la producción de esta actividad en la provincia, cuando generaron el primer vino americano que se servía en la corte española allá por el siglo XVII –el “lagrimilla”–. La llegada de los friulanos le dio continuidad a la tarea vitivinícola de la zona, que actualmente completa el recorrido del turismo enológico junto con los valles de Traslasierra y Calamuchita y la región de Ansenuza.

Bodegas para conocer

Dentro de la denominada región Norte se encuentra la emblemática bodega La Caroyense, cuyos comienzos se remontan a 1930. Llegó a ser una de las más importantes del país y hoy, además de continuar con su producción, abre sus puertas a los interesados en recorrerla. Está en avenida San Martín 2281.

Otra opción por la zona es Terra Camiare (Santos Nobile 505), una propuesta que incluye el área de producción vitivinícola, gastronomía, hotelería y turismo. Se pueden realizar visitas por sus instalaciones y disfrutar de su wine bar. Cuenta también con un salón de convenciones. 

Chacra de Luna, por su parte, es un emprendimiento agro-turístico con animales, frutales y viñedos. Allí producen su propio vino casero y tienen un restaurante donde se preparan platos con materia prima propia. Ubicado en Pedro Patat sur equina calle 140, es ideal para una visita en familia.

Finalmente, Di Candi –antiguamente llamada El Peral– es una bodega artesanal con una larga trayectoria familiar. En el 2005 reactivó su producción y abrió sus puertas a visitas turísticas y educativas. Está situada en calle 76 Norte y 40.

Al final de la ancha avenida San Martín, rodeada de frondosos plátanos, descansa el monumento al inmigrante, una pareja que simboliza la llegada a la tierra prometida luego de un largo viaje. Los friulanos se esfuerzan en mantener aún hoy las costumbres de sus ancestros, y ejemplo de esto es el sinnúmero de fiestas populares entre las que se destacan la Fiesta Provincial de la Vendimia y la Nacional de Frutihorticultura, junto con los populares Carnavales caroyenses.

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